domingo, 26 de febrero de 2017

In memoriam. La quinta del biberón.

DIGNIDAD.



Siempre que hacemos teatro hacemos política. De una u otra forma. Al menos así debería ser.
Tras el golpe de estado de Franco, si España ya estaba dividida, se dividió más. Una guerra entre hermanos, vecinos y amigos. En este espectáculo nos recuerdan lo que ocurrió en 1938, cuando el ejército republicano "reclutó" de manera forzosa a chavales de 17 años, "la quinta del biberón", unos niños inocentes "como los niños de 12 años de ahora". 
El punto de partida de este trabajo parece ser que fue una lectura entre el director y los actores de testimonios reales de los supervivientes de aquel horror. Esos testimonios reales unidos al ingente material recabado sobre el tema han acabado por llevar a los escenarios este espectáculo necesario y brutal.   
Un tío de Lluís Pasqual fue uno de esos críos muertos de esa quinta. En su casa nunca se habló del tema. Parece ser que tras analizar los testimonios de los pocos supervivientes hay tres ideas que sobrevuelan todos los relatos: el sentimiento de amistad surgido entre ellos, el miedo que pasaron y una especie de pacto para no hablar de la muerte.
Aquí se habla de amistad, se habla de miedo y se habla de la muerte.
La memoria es de las pocas cosas que nadie nos puede robar. El recuerdo de lo vivido, la herencia de lo sufrido y el poso de lo gozado. Durante cuarenta años los golpistas ganadores vivieron a sus anchas y acallaron las otras voces, las de los perdedores, las de las víctimas del golpe de estado. Muerto Paco la lucha por recuperar el sitio y el recuerdo de los perdedores está siendo una lucha titánica y casi imposible. Son los hijos, son los sobrinos y son los nietos los que están empezando a hablar, a contar en voz alta lo que sus padres, sus tíos o sus abuelos no pudieron decir. En eso consiste la memoria, en colocar cada pieza en su sitio, en devolver la dignidad al que no tuvo derecho a tenerla y en poder hablar del pasado y de su crueldad. 



En los Óscar, en los Goya, en cualquier gala de este tipo hay un "In memoriam". En los Óscar quitan el sonido de la sala para que no sepamos a quien se aplaude más. Aquí, en los Goya es descarado cómo aplaudimos más a los conocidos y directamente NO aplaudimos a los que no conocemos. Somos así. Por eso en este "In memoriam" se les da voz a los muertos, a los perdedores, a los niños enviados a la muerte. Era necesario devolverles la dignidad.
Este espectáculo nos cuenta los horrores que tuvieron que soportar estos críos, enviados a una guerra de la que, en muchos casos sabían poco. En este caso fue el ejército republicano el que mandó al matadero a estos niños. Aunque esto pasó y pasa en todos los bandos en todas las guerras en todo el planeta. 

"In memoriam. La quinta del biberón" es una especie de teatro documental. Datos, fechas, imágenes mezcladas con testimonios y con algún episodio de una dureza tan bestial como los propios hechos (el atisbo de simpatía haca el enemigo cercano, las carreras de piojos, el tabaco...). El texto es una maquinaria de relojería que consigue sin que nos demos cuenta y bajo una falsa sencillez, ir subiendo en intensidad hasta hacerse irrespirable. Varios momentos culminan esta montaña rusa emocional; la primera muerte y el punto final. Tres partes: el reclutamiento, la convivencia y la despedida y dos respiros necesarios. El primero cuando los actores "salen" de sus personajes y nos cuentan sus afectos reales y el segundo... no lo puedo contar, pero es un minuto en el que el aire se relaja, respiras hondo, te tragas las lágrimas y el teatro entero RECUERDA a aquellos chicos. 



A este prodigio de texto hay que añadir una puesta en escena bellísima. Unos músicos: violines, violonchelo, clave y órgano y un cantante, Robert González acompañan en todo momento a los actores. Monteverdi o Purcell nunca habían sonado tan dolorosos. Detrás, una pantalla gigante en la que se proyectan las imágenes reales y los discursos reales. Unas estructuras que son puente, trinchera, tienda de campaña, casa y refugio. Los actores entran y salen con una comodidad asombrosa. Ritmo, solidez, maestría y sobre todo, un punto de vista plagado de respeto, de calor y de amor a lo que se cuenta. Lluís Pasqual da otro recital de maestría como director de escena. Se coloca en el centro de la Historia, en medio de la trinchera, se mezcla con los soldados, con los críos y nos cuenta su matanza desde el respeto absoluto, desde la dignidad, desde el recuerdo y desde la reivindicación de la memoria. De sus mejores trabajos. Y decir esto de un director que colecciona obras maestras es decir mucho. 
Fabuloso trabajo de Alejandro Andújar plantándoles unos uniformes sucios, medio rotos, unas alpargatas imposibles y una imagen salida de una foto de Capa. Pascal Merat ilumina la escena pasando por todas las horas del día y todas las emociones de una vida. Magistral. Como el trabajazo de Franc Aleu y sus vídeos. Memoria y emoción. Roc Mateu e Igor Pinto nos meten en medio de la trinchera. Es imposible que una explosión suene más real. 



Y ahora, todos en pie porque voy a hablar de los actores.
El primer minuto confieso que me resultó desconcertante. Mis oídos no sabían qué opinar. Hasta que a los 50 segundos comprendí lo que pasaba. En ese momento empecé a flipar con lo que estaba viendo. Los seis intérpretes, actuantes, mutantes, seres vivos, niños, soldados, actores que viven durante hora y pico encima del escenario hacen un trabajo de esos que se ven pocas veces en la vida.  Han estudiado en profundidad las acentos concretos de los lugares de nacimiento de sus personajes. Evidentemente no se habla con el mismo acento en un pueblo que en otro. Ellos consiguen que cada uno suene totalmente diferente al otro. El efecto que se consigue con esto es prodigioso, porque puedes notar en el escenario varios planos de realidad o de recreación vital. Está el plano en el que hablan en castellano pero con sus acentos concretos, cuando hablan en catalán y cuando hablan en castellano sin acento. Estos tres planos de realidad dan una dimensión asombrosa y casi invisible que es parte del poder demoledor de esta trabajo.
Pero no sólo eso que ya de por sí es bestial, sino que emocionalmente construyen unos seres vivos únicos y distintos. Amas a los seis y quieres saltar al escenario y abrazarlos para cuidarlos y curarles. Hacen un trabajo que sale del interior. Conseguir que cada uno tenga una expresividad distinta, que su gestualidad sea única, que su centro emocional sea uno distinto en cada uno, que reciban cada uno de una forma, que a cada uno le nazcan las palabras de un sitio, que sientan el dolor en una parte diferente es producto de un trabajo emocional profundísimo. Eso sólo pasa si uno realmente se convierte en el otro, si das vida al otro. Así nace sobre el escenario un ser real. Los seis están absolutamente perfectos y estremecedores. Por si no te has dado cuenta durante la función, en los monólogos finales terminarán de mutar en esos chicos reventados por la guerra. 
Joan Solé y su vozarrón te traspasa el corazón y hace que te de hasta vergüenza estar escuchándole. Es un mastodonte en el escenario. Fuerza y solidez.



Enric Auquer es el chaval simpático, macarrilla, tierno y descarado. Todo un recital. Mil matices en una sonrisa socarrona.



Joan Amargós es tierra. Es dolor, es sacrificio y sufrimiento digno. La amargura del dolor. Un dios. 



Quim Ávila tiembla y tiembla tu corazón con él. Es la debilidad, el miedo y la soledad del distinto. 



Lluís Marqués es como una grieta en el suelo, como los restos de un terremoto, es ruinas y es desolación. Un cuerpote desconchado. 



Eduardo Lloveras es desgarro. Es una raíz arrancada de la tierra. Es la sabiduría de un refrán y la verdad de un abuelo.    



Recital interpretativo de estos seis monstruos generosos y valientes. Gracias a todos ellos. Gracias a todos los participantes en este necesario y brutal espectáculo. Y gracias a Lluís Pasqual por dar sitio y voz a estos jóvenes, a los olvidados, a los perdedores, a los que no habían tenido derecho a hablar. Recordar es devolver la vida y devolver a la vida y recordando a este grupo de chavales les devolvemos una parte de la vida que les robaron. 


   

Las fotos que he compartido son del grandioso Ros Ribas. Obras de arte, como siempre.

lunes, 30 de enero de 2017

El cartógrafo. Sala Fernando Arrabal.

Juan Mayorga ha escrito el texto y además se pone al mando para ponerlo en pie, para darle vida. Claro, nadie mejor que él para saber exactamente qué quiere decirnos, cómo y desde dónde.
No sólo sale airoso del empeño sino que consigue dar vida a una historia de muerte de forma brillante. Aunque para ser sinceros, esta aventura es una aventura a tres bandas. Mayorga, Blanca Portillo y José Luis García Pérez. Tres pilares bestiales.



Mira, para no hacer lo de siempre voy a empezar por lo que menos me ha gustado. 
Intentaré no destripar nada del argumento, cosa difícil. Así que el que no quiera saber, que no lea. Bueno, no, qué coño, voy a destriparlo todo, así que NO sigáis leyendo si no queréis que os reviente la función.
Esta función para mi gusto tiene un hándicap. Es demasiado buena. Me explico: la historia del abuelo y la pequeña en el gueto es sobrecogedora, descomunal, interesantísima y emocionante. Tanto que mi cuerpo me pedía más desarrollo todavía. Creo que esa historia se merecería una función para ella sola. La historia del matrimonio en crisis me interesa tanto y es tan rica que se merecería una función para ella sola. Y la historia de la cartógrafa errante me interesa tanto y es tan dura que se merecería una función para ella sola. La pena es que al juntar y mezclar todas estas historias estremecedoras e interesantísimas el espectáculo que y dura dos horas y pico se pondría en cuatro horas y claro, no es plan. 
En serio, el texto es una maravilla, una joya de esas de relojería en las que cada pieza, cada elemento, cada frase dicha significa algo dentro del orden universal. Una bomba. 
La puesta en escena es igual de sólida. Un espacio delimitado por unos actores que incluso antes de empezar ya dejan claro que son dos actores, que lo que cuentan es una historia escrita. No crean "verdades" falsas, las interpretan. Salen, pegan una cinta adhesiva en el suelo, hacen señas a los técnicos y comienza el rito. Un rito falso en el que ellos solos interpretan todos los papeles. Sin "meterse" en el personaje, ni haciendo ninguna ouija, tal cual, poniéndose una boina o arqueando la espalda. Incluso en un momento dado el dolor es tan insoportable que los propios actores paran la función y "confiesan" que es tan tremendo lo que cuentan que han sido incapaces ni siquiera de ensayarlo y montarlo. No sé si es cierto o si es parte del "montaje" , en cualquier caso podría ser perfectamente cierto, lo primero porque efectivamente lo que cuentan es tan duro que es insoportable y lo segundo, porque ya han establecido la premisa de que lo que vemos es ficción y ellos dos actores. Que de pronto paren la función entra dentro de lo posible. Además, qué quieres que te diga, pero hasta yo como espectador necesitaba un momento de oxígeno y distanciarme aunque fuera unos segundos me ayudó a sobrellevar tanta intensidad. 
Mayorga mueve a sus actores con total impunidad por el espacio, les coloca, les descoloca, les da poder y les hace vulnerables con un simple oscuro. Y a veces ni eso. Por tol morro. Y ellos, como dignos emisarios de su mensaje en el escenario, actúan, recrean, crean, viven y sufren  por tol morro también. Todo el engranaje es sólido y funciona a la perfección. Cada piececita. Eso convierte a "El cartógrafo" en un ejemplo de TEATRO así con mayúsculas bien hecho. Sincero y bien hecho. Sí, el tono es el drama mezclado con pinceladas de melodrama, pero es lo que es, es sincero y como tal funciona. Y yo como espectador me seco las lágrimas que me provoca ver las lágrimas de Blanca y quiero consumirme viendo cómo se consume José Luis. 



Alejandro Andújar ha creado un espacio mágico y lo ha vestido y decorado de rojo. Todo es rojo. Sí, rojo. Rojo sangre, rojo pasión, rojo muerte o rojo rojo. Pero rojo. Y lo que parece un recurso antiguo no lo es porque milagrosamente cobra vida y lo evidente pasa a ser mágico y el sufrimiento, la duda, el dolor y la búsqueda se hacen cuerpo. Cuerpo rojo. Maravillosos vestuario y espacio escénico.
Las luces de ese mago que es Juan Gómez Cornejo son sencillamente magistrales. Son unas luces salidas del interior de los personajes. Los únicos momentos azules y blancos. Frío, muerte, soledad y vacío. 
Mariano García creo un espacio sonoro y una música vibrantes y estremecedores. Puras sombras. 

Blanca Portillo y José Luis García Pérez son indiscutiblemente dos de los mejores intérpretes de este país. Y de cualquier país. Así, en general. 
Aparecen, se arrancan, desnudan su alma, ponen en medio de la sala los lugares más dolorosos de sus propios seres, cambian, intercambian, suben, se tiran, nadan, bucean, se flagelan, se hieren y se dejan morir. Si piensas en dos actores hiperdotados, con una capacidad infinita de convertir en "real" cualquier texto y de dar vida y cuerpo a un puñado de personajes apenas con dos pinceladas, esos son ellos dos. Además del texto, ellos son los máximos responsables de que la función sea una apisonadora. Son una pantera y un león enjaulados y pasan del grito estremecedor de la muerte a la dulzura de una caricia pequeñita. Dos prodigios. 



Fabuloso espectáculo que merece una muy larga vida. Texto fantástico (quizá demasiado), luces dolorosas, vestuario perfecto, espacio de diez, música estremecedora, muy buena dirección y sobre todo, dos ACTORES prodigiosos regalando unos trabajos comprometidos, dolientes y generosos.        

La Villana. Teatro de la Zarzuela.

La verdad es que es un gustazo ir a la Zarzuela y ver que le público es cada vez más variopinto. Distintas edades, vestimentas, peinados y predisposiciones. Un gustazo y un mérito grandioso de los responsables de este Teatro, quizá uno de los más bellos de Madrid. 

Lo que más me ha gustado de "La villana" ha sido la inmensa partitura de Vives. Es de una magnitud abrumadora y Miguel Ángel Gómez Martínez saca un rendimiento de la ORCAM asombroso. Casi diría que la orquesta de la Comunidad de Madrid nunca ha sonado mejor. Quizá en algunos momentos faltara un pelín de homogeneidad pero la potencia, la dulzura, el salero y la picardía estuvieron presentes en todo momento. 
Como destacable es también el trabajo del coro. Aunque actoralmente estuvieran algo quietos (problema general de todo el espectáculo) cantaron como dioses. Especialmente el segundo acto fue apoteósico. 




En cuanto al elenco, nosotros vimos al segundo reparto. Debo decir que el resultado era bastante desigual. Javier Tomé está espléndido haciendo al ciego. Buena voz y buen trabajo actoral. Manuel Mas y Sandra Ferrández cantan bien y mientras él compone bien su personaje (bastante desdibujado en esta versión, todo hay que decirlo), Sandra trabaja en un tono paródico que no ayuda nada. Su forma de andar es exagerada y nada natural. Es cierto que los personajes no dan para mucho, pero de ahí a querer buscar rasgos pintorescos donde no tendría por qué haberlos, hay una distancia. Milagros Martín canta que es un gusto, con una voz grande, poderosa y expresiva y es muy buena actriz. NO así su compañero Ricardo Muñiz que canta bien pero está perdidísimo actoralmente.  
Rubén Amoretti es un figura indiscutible. Tiene un vozarrón impresionante y un peso escénico sólido y brutal. Pero así como en el rey Enrique III está fabuloso, sobrio y con una gran presencia, el judío es también bastante paródico y su afán por moverse todo el rato le lleva a pecar de caricaturizar demasiado ese personaje. Carlos Lorenzo es un valor seguro. Es un pedazo de actor como la copa de un pino, se ha movido por mil estilos y géneros y domina la palabra con una facilidad pasmosa. Así que cada vez que abre la boca todos flipamos con su soltura y naturalidad diciendo ese verso tan enrevesado. Grandioso. César San Martñin es un Peribañez fabuloso. Tiene una voz grandiosa, llega perfectamente a cualquier sitio y su presencia es agradable, simpatiza con el público y quieres que sólo le pasen cosas buenas. Aunque cantó todo de maravilla, su romaza final, "Señor, aunque villano, tengo sangre cristiana", la famosa romanza del perdón fue absolutamente perfecta.    
Maite Alberola tiene una buena voz, su timbre sin ser especialmente único sí resulta seductor y además posee una buena técnica y llega bien a todas las notas. Quizá ataque los agudos con demasiado esfuerzo. Quiero decir, que es como si pegara un apretón de diafragma para encarar ciertas notas. Eso sí, la composición de su villana Casilda me pareció poco certera. Y no digo que ella esté mal, Maite Alberola está dulce, fina, elegante y no se arruga con nada. Pero claro, se supone que el personaje es el de una campesina, con lo cual, ser fina, dulce, elegante y no arrugarse no son cualidades demasiado acertadas. 




Y para mi gusto el triunfador de la noche fue de lejos Andeka Gorrotxategi. Su Comendador fue histórico. Yo le conocía únicamente de un Requiem de Verdi que cantó con Amoretti, María Luisa Corbacho y la grandiosa Carmen Solís. Yo ahí ya flipé vivo. Tiene un timbre bello, una seguridad cantando pasmosa, es guapo, galanazo y tiene una presencia escénica asombrosa. Principalmente es que canta como dios y encima actoralmente está siempre en su sitio y en el tono en el que debe estar. La famosa endecha, "Tus ojos me miraron" fue sencillamente estremecedora. Se llevó la mayor ovación de la noche con diferencia y en los saludos se le veía sonreír pletórico, satisfecho de las sensaciones que él mismo había sentido. Emocionantísimo.

Ahora voy con los aspectos negativos. Y esta vez sí los hubo. Natalia Menéndez es una sabia de los escenarios. Ha trabajado toda la vida en todas las ramas y desde hace bastantes año dirige el Festival de Almagro. No hay rincón de la profesión que no conozca. Sin embargo en esta ocasión creo que ha cometido varios errores. Creo sinceramente que no ha dirigido actoralmente lo suficiente sus actores. O no ha logrado mejores resultados. Las escenas de amor entre los dos campesinos son excesivamente estáticas e incluso a los momentos entre Casilda y Don Fadrique les falta dinamismo. Se limita a colocar a los actores de cara al público (supongo que para que se les oiga bien) y se limita a colocar al hombre en la parte de atrás y a Casilda en el proscenio y dejar que se canten de espaldas. En el momento en el que dicen los textos hablados se multiplican las carencias. Y eso debería haber estado trabajado más en profundidad. Porque hoy por hoy no basta con cantar bien. Hay que ser buen actor y ahí alguno falló. 
Por otro lado, aunque desconozco la versión original, en esta versión parece que se han reducido los personajes o al menos el desarrollo de varios personajes. Blasa y Roque por ejemplo quedan desdibujadísimos. O mejor digamos... nada dibujados. Como Juana Antonia y Miguel Ángel. Quizá, y digo sólo quizá el apostar por la figura del lazarillo de Carlos Lorenzo no hay sido acertada. Y no por Carlos, que está fantástico, sino porque quizá al incluirlo la duración se multiplicaba y han acabado por cortar de otros lados. Seguramente estas dos parejas aporten poco al meollo de la historia y sean fácilmente prescindibles, pero... han quedado quizá demasiado poco definidos.




Buena escenografía de Nicolás Boni y correcto vestuario de María Araujo. Aunque insisto en que Casilda no es muy villana. Está demasiado elegante y parece mas la marquesa  de la zona que una humilde campesina. Destacables las preciosísimas luces de Juan Gómez Cornejo. Son mágicas y bellísimas y realmente es como si vieras pasar las horas del día en el escenario.    

Resumiendo, no es la mejor producción de la Zarzuela. Sinceramente creo que el trabajo de Natalia Menéndez no saca todo el provecho que podría haber sacado del elenco en general y que el tono "clásico" no ayuda tampoco a dar una visión novedosa de la obra. Y si en el siglo XXI no damos un toque distinto a los espectáculos no avanzamos. Grandes voces, especialmente el grandioso Andeka Gorrotxategi y un Carlos Lorenzo brillante. 

sábado, 28 de enero de 2017

Las brujas de Salem. Valle Inclán.

Es una pena que en su momento no se conservara el título original de la obra, "El crisol". El crisol es un aparato que sirve para separar las impurezas de los metales puestos a enormes temperaturas. Pero bueno, ha sido así creo que siempre y así lo han mantenido.

La clave de este espectáculo me la ha dado una amiga bastante más lista y perspicaz que yo: al entrar, la acomodadora que te corta la entrada te dice con cara como de pedir perdón que la función dura dos horas y cuarenta minutos sin descanso. Pobres. Pobre tú que estás a punto de entrar y pobre ella que si lo dice con esa carita... será por algo. Y claro, ya como que te aprietas. 

Pero no, falsa alarma. Lo malo no es que dure dos horas y cuarenta minutos sin descanso. Eso sólo es un dato. Y realmente no pesa. 




Arranca la función y Lluís Homar sale y nos explica lo que tenemos que sentir y qué vamos a ver. Dando por hecho que todos somos gilipollas, nos cuentan cómo y por qué escribió esta función Arthur Miller, sobre qué trata y cuál es la moraleja. Y un servidor entró automáticamente en un torbellino de indignación del cual no fui capaz de salir. No hay cosa que peor me siente que el que los que me cuentan una historia crean que soy imbécil. A ver, el autor escribió ese texto con una intención, evidentemente. Tú, como director de escena lo que tendrás que mostrarme será la metáfora  que usó el autor para contarnos lo que él pretendía. Pero nunca jamás salir y antes siquiera de empezar, explicarme la metáfora dando por sentado lo primero que no la voy a entender si no me la explicas y lo segundo que es necesario explicar una metáfora porque como espectador, obviamente soy bobo.
Empezamos mal. 
Pero a lo largo de la función han intercalado varios momentos en los que inciden en esto y periódicamente salen y te explican en qué punto tienes que estar, qué has visto, qué viene a continuación y cómo te lo tienes que tomar. ¡Toma ya!

El texto es innegable. Bestial, brillante y lleno de magia y recursos poderosos. Eso es valor y mérito del señor Miller. A sus pies. 

Voy a separar y a poner por un lado lo que no me ha gustado y por otro lo que sí.

Empiezo por lo que NO me ha gustado.




José Luis López Muñoz firma la "versión literaria" y Eduardo Mendoza la "adaptación teatral". Vamos, que Mendoza ha partido de la traducción de López Muñoz, considerada una de las más fieles al original. Entonces deduzco que los añadidos explicativos son idea de Mendoza. No me gustan y me indignan. Por cierto, quizá yo tenga mis fallos sintácticos, no digo que no. Pero sobre un escenario no se puede decir "estoy seguro que...". Uno está seguro DE algo, "estoy seguro de que mientes". O si no, "Seguro que mientes", pero nunca "estoy seguro que mientes". 
Beatriz San Juan firma el vestuario y la escenografía. Pues a Proctor le ha puesto una chaqueta siete tallas más grandes que la que necesita. Y los tirantes se le caen continuamente. El resto del vestuario es... normalito. Y la escenografía es moderna, actual y funcional. Si estuviéramos en los años 70.
Andrés Lima hace algo que a mí no me gusta nada. Crea unas pautas que utiliza a ratos y cuando le resultan incómodas deja de usarlas. Me explico: marca un espacio con la escenografía; un espacio delimitado por el suelo de madera y hace que los personajes entren por un sitio determinado donde coloca la premisa de que ahí y justamente ahí está la puerta de acceso a ese espacio. Y todos entran y salen por esa "puerta". Hasta que de repente le viene mal que entren por ahí y los personajes empiezan a entrar y salir por las "paredes" que él mismo había decidido marcar. A ver, ¿no será mejor NO marcar la puerta en ningún sitio en concreto y así luego no tienes que someterte si es que te viene mal? 
Es como lo de que los cambios de escenografía los hagan los propios actores. Vale, bien, es bastante habitual. Pero de pronto hacen falta más manos y entonces utiliza a los técnicos del teatro. De nuevo crea una convención que se salta cuando le viene mal.
En el dossier de la obra, en el apartado dedicado a él, pone: "actor y director teatral, está considerado como uno de los grandes directores de la escena española". ¡¡¿¿??!!  
Los actores están afectados, llorones y usando recursos sencillos y simples. Incluso Lluís Homar parece que "pasaba por ahí". Muy poca implicación, algún grito así de vez en cuando y un gesto de mirar al público continuamente como si quisiera que nosotros fuéramos el jurado aunque es el único que lo hace.       
     
Para no hacer más leña lo dejaré ahí. 

Ahora paso a lo que SÍ me gustó:  

domingo, 22 de enero de 2017

Eroski Paraíso. Sala Max Aub.

Confieso, aunque es fácil comprobarlo, que la compañía Chévere nunca me han terminado de convencer. Aunque los disfruté, no salí convencido de los dos espectáculos que había visto hasta ayer. Sin embargo confieso que "Eroski Paraíso" es su trabajo más certero. 

El mejor punto de partida para enfrentarse a las cosas es el respeto. "Eroski Paraíso" plantea una defensa bestial de la dignidad humana desde el respeto más absoluto a su protagonistas. 




Sinopsis: mejor copio literalmente el texto del dossier, porque mejor que ellos no lo podría explicar nadie.
"Eva Martínez y Antonio Formoso se conocieron casualmente en la sala de fiestas O Paraíso de Muros en 1989. Ella tenía 19 años, el 25. Se casaron al quedar ella embarazada y su hija Alejandra (Álex) nació al año siguiente, justo cuando cerró la Paraíso. Al poco tiempo emigraron y anduvieron dando tumbos de un lado a otro dejando que la vida decidiese por ellos. Veinticinco años después, encontramos a Eva de vuelta en Muros cuidando de su padre enfermo de alzheimer y trabajando en el supermercado que abrieron en el mismo local que ocupaba la sala de fiestas. Antonio sigue en Canarias. Álex acaba de terminar un máster de cine en Barcelona, donde vive, y viaja a Muros para hacer su primer documental. Una película sobre sus padres, sobre la distancia que sus vidas abrieron entre aquel paraíso y este supermercado, un retrato del desarraigo vital de una generación que aún conoció lo que era la sociedad tradicional y que vivió en su juventud la irrupción de la sociedad de consumo. Eroski Paraíso es el título que le puso a su película. Esta obra es una invitación para asistir a una de las sesiones de rodaje."




El texto resultante es de Manuel Cortés, aunque parece que nació de los testimonios reales de vecinos de Muros y de Mazaricos. A partir de eso testimonios han creado una historia natural, normal, habitual, cercana y humana. La vida de este matrimonio y de su hija son el reflejo de los cambios en la sociedad gallega y española en los últimos 30 y pico años. En cualquier pueblo o ciudad de España hemos visto cómo el paisaje ha mutado y donde había un prado ahora hay un hotelazo y donde antaño hubo una discoteca de cubatas de garrafón y sofás para magrearse ahora hay un gigantesco supermercado, símbolo del cambio de horizonte de la gente. Nuestro. Antes, te vaciabas un jueves, viernes y un sábado. Hoy aprovechas el sábado para hacer la compra grande. Los sueños de muchos jóvenes viajaron por el mundo buscando un futuro y acabaron de pescaderas en el mismo sitio donde nació un proyecto de vida. Eva desde su naturalidad y su drama interior ha buscado y hoy regresa y mira una estantería vacía en la que realmente tampoco ve gran cosa más allá de una estantería vacía. Antonio ha querido cambiar pero tampoco ha podido; él se plantea ahora, a estas alturas regresar a la casa paterna, medio derruida, tan derruida y vacía como su propia vida. Los sueños frente al consumo, la realidad frente a los posibles.
Los sueños que no consiguieron alcanzar sus padres los ha heredado Alejandra, la hija. Aunque ella es algo más libre (acaba de terminar un máster de cine en Barcelona), necesita rodar una peli contando la vida de sus padres para que no se pierda. Igual que el padre quiere conservar determinadas expresiones para que no pasen al olvido. Alex ha ido con los tiempos, no se ha resistido, los ha vivido según han ido llegando. Como sus padres, como todos. Nadie se lamenta de que hayan desaparecido las verdes praderas. Es así. Ha sido así. Y así lo hemos vivido todos. 
Eva y Antonio, los Eva y Adán que se conocieron en el Paraíso (un microcosmos en el que hasta los habituales se sentaban por pueblos). Y aunque hace 28 años ellos bailaron emulando a la parejita edulcorada de "Dirty dancing", lo cierto es que acabaron dale que te pego en un cementerio, al lado del resto de jóvenes del pueblo. Glamour cero. Un realidad bastante más terrenal que la de la peli esa horrible. Aquí Swayze es Suárez. Y se folla donde se puede. Y se emigra a donde se puede. Y como no se puede se vuelve. Y el Paraíso que nunca estuvo lleno de árboles frondosos y plagados de frutos ahora es un supermercado en el que puedes pagar por casi todos tus sueños adquiridos. Y donde hasta la merluza es de las Malvinas. 




Xron dirige este espectáculo triste y gris con muy buena mano. Utiliza el rodaje de una peli que nunca vemos para jugar con una realidad que puede parecer recreada o reinventada pero que no lo es en absoluto. No hay melancolía ni se añoran las verdes praderas. El avance de la sociedad ha sido eso, hemos cambiado unos sueños edulcorados e irreales por una estantería llena de posibilidades. La sociedad de consumo nos ha invadido y este matrimonio ha cambiado los bocatas de calamares congelados por una estantería vacía. El avance ha sido ese y eso es el progreso. ¿Triste? Puede ser. ¿Inevitable? Seguro. Hasta el abuelo, origen de este recuerdo está ahora oculto en la nube de la falta de recuerdos. La autoprotección máxima del olvido y de la falta de lugares y rostros. Como su hija no recuerda nombres y apellidos, sólo un cabecero azul marino y poco más. Cada uno se defiende como puede.
Xron ama a estos cuatros personajes y los presenta desde el respeto y la dignidad. No hay lamentos ni tristezas, sólo sonrisas y amabilidad. La dignidad de lo sincero. 
Y desde esa misma dignidad y sinceridad Patricia de Lorenzo, Miguel de Lira y Cristina Iglesias, acompañados por Fidel Vázquez y Ricardo Lacámara componen unos personajes comestibles, amables y achuchables. Todos están descomunales aunque reconozco que el trabajo de Patricia de Lorenzo me parece de orfebrería fina. Detalles, naturalidad de la de verdad, complicidad y un amor extremo por Eva. Grandísimo trabajo. 

Y encima me pasó una cosa curiosa: cuando la pareja se queda mirando la estantería vacía, mi mente se trasladó a una casa que teníamos en el pueblo de mi padre y en la que pasábamos muchos fines de semana cuando yo era pequeño. Ese fue mi paraíso. Entonce sentí el paso de los años y la muerte de muchos sueños. Y una felicidad escondida en mi mente y perdida para siempre. 



El público acabó entusiasmado. Normal. El trabajo hecho con amor y respeto merece un aluvión de aplausos. Y si os queréis hacer un favor, no os perdáis este fabuloso y emotivo trabajo de una de las compañías más interesantes e implicadas de España.  ¡¡¡Todos corriendo a Matadero!!!   

domingo, 15 de enero de 2017

Edith Piaf. Taxidermia de un gorrión. Sala Margarita Xirgu.




Hace y tres años que me morí de gusto y de tristeza viendo "André y Dorine" de la compañía Kulunka, especialistas y virtuosos del teatro físico y de máscaras. Aquel trabajo ya fue una maravilla y pasará a los libros de historia del teatro. De hecho, siete años después de su estreno sigue girando por todas partes y la gente se mata por verlo. "Solitudes" confieso que no he tenido la suerte de poder verlo. Cuando vi anunciado "Edith Piaf. Taxidermia de un gorrión" creí morir de gusto. Puse alertas de todos los colores para que NO se me pasara. El día que salieron las entradas a la venta yo estaba con el dedo en el ratón esperando para hacer "click". ¡Toma ya! Fila 1, butacas 1 y 3. Y a esperar.
Ayer sábado era el día. Kulunka, Lola Casamayor y Fernando Soto al mando. Imposible fallar.   



Se apagan las luces, comienza el espectáculo. Digo la magia, digo... la vida.
Y mi corazón se estremece con la primera imagen, con el primer sonido, con la primera luz, con la primera nota. Y no deja de latir de forma posesiva hasta que intuyo el final de esta obra de arte. Cuando siento que el círculo se va a cerrar, las luces se van a apagar y Lola se va a levantar... en ese momento doy las gracias a la vida por haberme puesto al alcance uno hora y media como esta. 
Bueno, a ver si soy capaz de escribir algo sin que se me salga el alma en las palabras...

El texto de Ozkar Galán es una maravilla. No solo por cómo maneja los tiempos y dosifica la información, sino porque consigue que una biografía que creíamos conocer, se vuelva sorprendente, novedosa y nos tenga agarrados a la butaca en todo momento. El juego dramático de introducir los personajes ficticios es brillante y sirve para crear una densidad dramática sólida e irrespirable. 
Fernando Soto dirige de forma magistral. Ama a sus personajes, sabe qué quiere contarnos y desde dónde quiere hacerlo. Para Fernando la Piaf era y es una diosa. Una diosa humana, débil, cruel, enferma, enfermiza, sufridora, tirana y desolada. Un mito lejano. Un ave que no canta convertida en cantante legendaria por el amor de los desconocidos, no por el suyo. La figura de la diva está tratada con amor y con la suficiente distancia como para salvarla. La periodista experta en animales salvajes que la entrevista es el Mengele perfecto que diseccionará a la diosa siguiendo las ordenes del tirano: el mundo.
Pero no solo ama a la Piaf sino que ha logrado momentos de una magia escénica sobrecogedora. Con pocos elementos escenográficos (brillante trabajo de Ikerne Giménez), un vestuario acertadísimo y unas luces salidas del epicentro del drama (bravo, Javier Ruíz de Alegría) ha imaginado unas soluciones a transiciones, cambios de... todo tipo y un desarrollo dramático y escénico magistral. El momento "espejo" es pura magia. Bravísimo, Fernando Soto.



Alberto Huici tiene la parte más desagradecida. Es los hombres. Todos. Y está magistral. Todos y cada uno es distinto a los demás y único en sí mismo. Realmente genial. Se lleva la parte menos lucida del espectáculo pero lo vive de una forma apabullante. 



Intentar decir algo novedoso y justo sobre Lola Casamayor es inútil. Es como querer definir un atardecer o el fluir de un río. Lola es grandiosa, es natural, es sabia, habla con y por derecho y tiene un don especial para saber y transmitir dónde está en cada momento. Es foco y es secundaria, llega, brilla, se retira, regresa, manda, grita, susurra, se oculta, sufre, llora, goza y disfruta de cada emoción. Es obvio que es una de las mejores actrices de este país. Y cuando veas esta "Taxidermia.." verás de qué forma domina la emoción y espera agazapada a que llegue su momento. Y ves cómo se transforma y cómo vuela, y como renace y cómo cae. 



A Garbiñe Insausti la había visto en "André y Dorine". Estaba deliciosa y fascinante. Pero aquí además habla. Y canta. Y TODO lo hace de forma prodigiosa. Me acuso de conocer más a este prodigio de actriz. Quizá por ese pecado mortal mío me ha sorprendido tanto su trabajo. 
Canta que te caes de espaldas. Domina el espacio, la escena, el ritmo, la tensión, los saltos de registro, los vaivenes emocionales, se tira la vacío de la locura y sube al Olimpo de las divas como si fuera algo natural. Tener delante a Lola Casamayor y que no te tiemblen las canillas debe de ser jodido. Para Garbiñe eso es un aliciente. Y no es que no se arrugue, es que le sirve de aliciente. Bebe de Lola y despega. El reto es un impulso para demostrar lo que sabe y lo que vale. Y se vuelve diosa, se eleva y cae cómo y cuando quiere. Si merece la pena emplear tu tiempo y tu dinero en enriquecerte viendo este espectáculo, otra poderosa razón es gozarrrrr viendo el inmenso trabajo de las dos actrices y de su compañero. Uno de los platos más fuertes de la cartelera. 

Emoción, una grandísima puesta en escena llena de recursos inteligentes, un espacio, un vestuario, unas luces fascinantes y un trío actoral descomunal.
Y como remate; no creo que se pueda poner sobre un escenario de forma más impactante el Hymne à l'amour. Lo más de la cartelera ahora mismo.     

      

jueves, 5 de enero de 2017

Lo mejor y lo peor de 2016.

Como actor me gusta el teatro porque me permite vivir experiencias que no me suceden en mi vida cotidiana. Cuanto más extremas, mejor. Claro que yo de entrada soy un pelín bizarro con mis sueños. Pasé una adolescencia de esas cañeras, atormentado y sufriendo hasta el límite por todo y por todos. Más de una vez y más de dos me imaginé mi propia muerte. Me veía suicidándome y en un entierro rodeado de miles de personas que lloraban como locos y reconocían que se habían equivocado al no prestarme atención. Supongo que por eso me pone burro lo de vivir vidas extremas y sufrir o disfrutar de sensaciones, traumas y desgarros ajenos. 
Como espectador, el teatro alimenta mi parte salvajemente voyeur. Al ver los dramones o las tragedias en otros, espanto los míos y me doy el gusto de verlos desde el agujerito de mi butaca. Espío la vida desde el patio. 
El circo, la danza, la ópera o la música me inundan en un océano de sensaciones en el que nado y me deshago. Me dejo hacer, me dejo invadir y me dejo arrastrar a un universo de sensaciones puras y limpias. Inevitables e indispensables.




Lo mejor de 2016 ha sido comprobar que hay gente, mucha gente que sigue arriesgando. Gente, actores, bailarines, directores, compositores, productores, autores, iluminadores, músicos, escenógrafos, todos los que componen la larga e imprescindible cadena que termina en la puesta en escena. Arriesgan contando historias minoritarias, difíciles, desde sitios jodidos, dolorosos, escondidos, luminosos o atormentados. Y las cuentan de mil maneras distintas a las habituales, a las ortodoxas. Nos las ofrecen al resto de los humanos para que desde el calorcito de nuestras butacas nos removamos y queramos cambiar el mundo, unirnos en una revolución y crear un universo nuevo. Esa gente que arriesga es gente que VIVE para nosotros, público. Ensayan cientos y cientos de horas, imaginan, crean, sueñan, apuestan, arriesgan, piden prestado, camuflan y regalan vidas y razones para pensar. Nos cambian las vidas y nos mejoran. Nos tocan por dentro, nos mueven y nos conmueven. Algunos. Otros se dedican a poner sobre un escenario lo de siempre, de la misma forma que se ha hecho siempre y sin pretender nada.  
Ese TEATRO, esas puestas en escena (hablo siempre de cualquier manifestación escénica) distintas, experimentales, rarunas, únicas son las que me gustan. El resto es mero pasatiempo del que en cuanto pueda, me desengancharé porque para salir como he entrado, paso.

Ahora sí voy con lo peor y lo mejor del año. Empiezo con lo peor y así exorcizo mi cuore. 




Lo peor de lo peor ha sido ver a dos compañeros que se dedican a los títeres pasando no sé cuántas noches encerrados en un calabozo como si fueran unos delincuentes. Desde hace muchos años no se veía una falta de libertad tan asesina como esta que tenemos ahora. Este recuerdo me congela, aunque finalmente quedara en eso, en un recuerdo. Pero el horror que debieron de pasar esos pobres no se lo devuelve nadie. Ni siquiera nuestro olvido colectivo.
Lo peor ha sido ver cómo los políticos mezclan cultura con ideología en el peor sentido de la ecuación. Quizá sea inevitable buscar afinidades pero la difusión de la cultura debería estar por encima de ideologías. La ideología es intrínseca al arte, pero debería estar al margen de la gestión. Despidos absurdos, nombramientos tardíos, linchamientos flagrantes desde los medios (que deberían ser objetivos, ¿no?) y mucho doble rasero. 
Lo peor ha sido seguir viendo cómo se mezclan churras con merinas. Montar un pollo descomunal porque desde el Ayuntamiento se convoque a voluntarios me retuerce. 
A ver, es una convocatoria a la que se presenta quien quiere y si no te mola, no te presentes. Yo hice la prestación social sustitutoria a la mili y durante un año y pico hice "voluntariado", o sea, cubrí un puesto de trabajo gratis. El voluntariado es eso, voluntario y sirve para cubrir puestos de trabajo por tol morro. Se lleva haciendo muchos años y aunque evidentemente no mola que desde las instituciones promuevan el trabajar gratis, el voluntariado es un invento antiguo y nunca ha levantado ampollas. Y es más llamativo todavía cuando estamos todos los días llenando salas en las que el que corta las entradas no está dado de alta, ni contratado. Ni él ni los actores ni el director ni el técnico si lo hay; donde a veces ni se pagan autores (los grandes olvidados) y donde la entrada que te dan es una fotocopia con la que se supone que van a justificar un aforo y a pagar un IVA que sigue siendo una sangría. 




Lo peor ha sido que NINGÚN político hable nunca de cultura, ni vaya al teatro (estrenos aparte) y hayan vuelto a demostrar que por mucho que presuman, no les interesa la cultura ni un cagao. A ninguno. Por eso cierran salas como Biribó, Guindalera, Kubik... porque no hay un proyecto de fomento, ayuda y promoción de la cultura ni de los espacios culturales. Por eso no hay un sistema fiscal ni de seguridad social realmente específico y que sirva para que las salas que abren amantes del teatro, que se la juegan para regalarnos teatro a los demás no tengan que cerrar. Por eso, como no se puede sostener una legislación anticuada e irreal la gente tiene que pasarse los convenios por el fefo y currar por lo que toque, arriesgando su vida al currar sin estar dado de alta y repartiendo la gorra a pachas con la sala. Por eso la ilegalidad es la forma de vida inevitable. Eso provoca que al final se acaben mezclando trabajos buenos y malos, más profesionales y totalmente aficionados. Porque esto que debería ser un TRABAJO se ha quedado en una afición, en un hobby, que puede hacerlo cualquiera y de cualquier manera. Los políticos juegan con la necesidad de la gente de contar cosas y de mostrarlas. Entre todos les hacemos el caldo gordo, les sacamos las castañas de la necesidad cultural  del fuego y ellos en un alarde de benevolencia, miran para otro lado y nos dejan hacer. Eso es cuidar y fomentar la cultura por los cojones. 
Lo peor ha sido la programación de los teatros públicos. Así en general. Especialmente las salas grandes. En las salas pequeñas de los públicos ha habido grandes espectáculos, arriesgados y vivos. Pero en las salas grandes, la programación en general ha sido viejuna, apolillada y acomodaticia. Se han dedicado a tratar de satisfacer al público de tooooda la vida, al que tiene un oferta ingente en el teatro privado. Pero desde los públicos deberían arriesgar más, ofrecen lo que no se ve en ninguna parte, calmar la sed de las minorías. Olvidarse de tener que ser RENTABLE y ser sencillamente un servicio. La cultura, lo he dicho mil veces, no es un gasto a rentabilizar, sino una inversión. Una inversión en seres humanos, en seres pensantes, en seres sintientes, críticos, inteligentes y vivos. Algún ciclo suelto, alguna función así como de chiripa y algún que otro espectáculo que como ha dado pasta se ha promovido un poco. Islas en medio de una programación añeja y poco digna de teatros públicos, que se deben a la gente, a todos, mayorías y sobre todo minorías (aunque quizá no seamos tan minorías). 
Lo peor sigue siendo la poca visibilidad del trabajo, el esfuerzo y la capacidad creadora de las mujeres de la profesión. En todos los campos. Parece mentira que en pleno siglo XXI se siga pidiendo más a una mujer y se sigan poniendo trabas a la creatividad y a la capacidad artística de los seres humanos según su sexo. Cuando el género se vuelva invisible e imperceptible habremos ganado. Todos. 
Lo peor han sido los proyectos innecesarios y sin ninguna pretensión de cambiar nada. Espectáculos planos, sosos, gratuitos, sin ánimo de tocar a nadie ni de remover nada. Horrores que me han hecho sentir que perdía el tiempo. Es obligación del teatro, de la danza, de la música y del circo querer cambiarte y hacerte algo. Los montajes apolillados y vacíos me han dejado frío, me han hecho sentir que perdía el tiempo. Un maestro mío dice que en cualquier espectáculo, por malo que nos parezca ha habido alguien que en un determinado momento ha sentido que eso que hacía era NECESARIO. Puede que sí y que el que tenga prejuicios sea yo. Pero he visto muchas cosas a las que no he notado  esa "necesidad" por ningún lado. Es un agravio comparativo con la gente que se expone y busca.    





Lo mejor:

Lo mejor de este año ha sido comprobar cómo la gente que entrega su vida al teatro, a la danza, al circo, a la música siguen/seguimos en la lucha. Pase lo que pase,  a pesar de ese IVA destructivo que está intentando hundir estas profesiones, a pesar de que los primeros encargados de cuidar y mimar las artes escénicas passsen totalmente, estos amantes siguen ahí, siguen soñando y siguen pensando, imaginando, creando, escribiendo, iluminando, ensayando, decorando, vistiendo, dirigiendo, produciendo, interpretando y regalando sensaciones únicas e irrepetibles; momentos históricos que nos van a marcar y van a hacer de este mundo de mierda un sitio mejor. Lo mejor es la lucha y los luchadores, el riesgo y los arriesgados, el valor y los valientes.          

Lo mejor ha sido ver nacer un proyecto como el Pavón Teatro Kamikaze. Un puñado de creadores estratosféricos que han arriesgado su dinero y su ilusión para hacernos felices a los demás. Un TEATRO entero con todas sus letras que merece despegar hacia el cielo por honestidad, por amor y porque son cojonudos además.




Lo mejor han sido curiosamente casi los mismos que los últimos años. Hay nombres que se repiten y eso significa que lo que tienen es una forma de pensar y vivir especial, que no son fruto de una casualidad. Voy a dar un puñado de títulos porque a pesar de ser injusto el destacar a algunos, también sería injusto no destacarlos del resto. No tienen por qué ser los mejores (para mí lo son, claro) pero sí son los que han presentado propuestas más vivas, más especiales, que me han removido y conmovido más. Les nombro para darles las gracias por lo que me han hecho. "40 años de paz", "La distancia", "Mis cosas preferidas", "¡Cómo está Madriz!", "La voz humana", "Las princesas del Pacífico", "Todo el tiempo del mundo", "Som faves", "Incendios", "El pequeño poni", "No hay papel" , "Cine", "Moses und Aaron", "Ningún aire de ningún sitio", "Inflamation du verbe vivre"...




Lo mejor ha sido descubrir el genio de Gon Ramos y haber disfrutado/sufrido de esa obra de arte que fue, para mí, "Yogur/Piano". Una personalidad única, un genio desbordante y una sed por contar que nos va a acompañar muchas décadas. Si no, al tiempo. 




Lo mejor ha sido redescubrir el talento ya requetecontrastado de Javier Lara. "Scratch" fue sin duda y de lejos lo mejor de eso llamado Frinje. Una mente prodigiosa y varios pasos por delante del resto, una capacidad interpretativa sin límites ni pudor y un resultado apabullante. Carlos Aladro, Iñigo Rodríguez-Claro, la diosa Carlota Gaviño y Fernando Delgado (el actual/futuro superfenómeno de los escenarios) completaban este pasote. De lo mejorcito del año.  




Lo mejor ha sido ver bailar y sentir respirar a diez centímetros de tus morros a Aleix Mañé, Mar Aguiló, Antonio de Rosa, Mattia Ruso, Elisabet Biosca, Agnès López y ese ser alienigena que es Isac Montllor. Ver las manos de Mar rompiéndose y nadando bajo el velo de novia fue una experiencia sobrehumana. El dúo de Mattia y Antonio, la forma de deslizarse de Elisabet, la delicadeza de Agnès y el dolor interno de Isaac se me quedaron clavadas y la herida dura hasta hoy. "Home" o cómo demostrar (como ya hizo por ejemplo el grandioso Chevi) que la danza es en sí misma un idioma que cabe en cualquier sitio. Danzar es sentir y mover almas. A diez centímetros, estos genios te destrozan. José Carlos Martínez lo sabe y nos lo regala. Lo dije en su momento y lo repito: "el dúo entre Agnès e Isaac es en sí mismo una razón para vivir". Punto.




Lo mejor han sido dos fenómenos que no necesitan más comentario que su simple mención. Grumelot y María Morales.




Lo mejor ha sido la gestión del Teatro de la Zarzuela de Daniel Bianco y su equipo.

Siento una admiración desmedida por cualquiera que se sube a un escenario y se expone a las miradas de seres variados. Por cualquiera que dedica su tiempo, su esfuerzo, su salud, sus sueños y su amor en trabajar para transmitir vidas ajenas y soñadas. El riesgo de contar, de compartir y de cambiar es admirable. Espero que llegue  pronto el día en el que se valore el sacrificio de un músico, de un bailarín, de un acróbata, de un actor, de un escenógrafo, de un dramaturgo, de un compositor, de un iluminador, de un figurinista, de un director, de un productor, de un ayudante o de un cover. Cuando ves un trabajo bien hecho parece que no se nota el esfuerzo, pero se debería valorar muchísimo más el sacrificio que tienen que soportar estos genios para llegar a hacer que parezca fácil lo imposible. 

El teatro es inevitable. Como el circo, la música, el canto, la danza. Por eso durante 2017 nos seguiremos viendo en los teatros, estremeciéndonos de gusto con todos estos genios, cómodamente sentados y gozando desde el patio. 

      

martes, 20 de diciembre de 2016

La cocina. Valle Inclán.

Nada, chica, no voy a meterme en esos temas escabrosos de los que tanto se ha hablado: que si el espectáculo ha costado 400.000 euros y con ese dinero se podrían haber montado cuatro o cinco espectáculos, que si varios actores se han BAJADO el caché para cobrar todos los mismo, que si Peris-Mencheta ha dirigido el espectáculo por Whatssapp... Vamos, que ni entro ni salgo ni son cosas que diga yo, que la parecer se ha publicado en alguna entrevista. Pero yo a lo mío.





"La cocina" versión 2016 es un pedazo de espectáculo. Es descomunal, gigantesco, operístico y muy desbordante.
El texto es cierto que podría encajar perfectamente en el siglo XXI, en pleno 2016 o cerca. Grecia, Alemania, deuda, duda, crisis, hambre, necesidades, falta de confianza, sueños rotos, la búsqueda de un eje en el que anclar una vida son temas de hoy en día, o de plena crisis. En ese sentido es una buena elección. Aunque situarlo en su momento histórico es tan certero como tentador y en este caso sirve para que estética y éticamente veamos cómo estaban las cosas en esos años. Dejar la acción situada en su momento, n 1953 es una decisión acertadísima.
Eso sí, lo mismo te digo una cosa como te digo la otra, también creo que se podrían haber cepillado al 70 % de los personajes y lo que es la trama gorda, el meollo central seguiría siendo el mismo. Quiero decir, la mayoría de las camareras son personajes que no aportan nada, podrían desaparecer y la acción sería la misma. Igual que varios cocineros. Eso sí, aportan algo esencial; su presencia. Dentro del mogollón todos son necesarios para crear caos y estrés. También para demostrar que esa cocina es un microcosmos, un minimundo con distintas nacionalidades y personalidades (todos europeos y blancos, pero bueno) en el que todos son partes necesarias para que paradójicamente, el mundo gire, las comandas se sirvan y el restaurante/planeta funcione. En cualquier caso, como sucede siempre, es el director el que toma las decisiones y de las mil formas de afrontar un trabajo, escoge la que quiere. Sergio Peris-Mencheta ha elegido no podar esos personajes que aportan poco, aparte de su presencia. Y como es el que manda, hace lo que quiere. Y todos callados. Yo el primero, por mucho que me parezca que hay muchos personajes a los que no les pasa realmente nada.
Peris-Mencheta mueve divinamente a todo el mogollón de actores. Entran, salen, manipulan, corren, gritan, pelan, cortan y sirven como un mecanismo de relojería absolutamente apabullante. Todo funciona al milímetro. Todos han estados asesorados por lo mejor de lo mejor y encima han contado con la ayuda del grandioso Chevi Muraday para las cuestiones de movimiento escénico. La gran maquinaria funciona perfectamente. Hay un trabajo incluso con los acentos que en la mayoría de los casos es tremendo, buenísimo, y muy enriquecedor. En otros no y hay que descubrir la procedencia casi por el nombre. Pero bueno. A lo que voy, el trabajo de acentos en general es bueno. Sin embargo, la propia maquinaria complicada, la apisonadora escénica y los acentos son la principal trampa en la que cae el espectáculo. Me explico: tras un primer acto desbordante, milimétrico, frenético y preciso se pasa a un segundo acto en el que se desarrolla lo más interesante para mi gusto. El encuentro más íntimo y la confrontación de sueños. Ahí es donde surge la paradoja más interesante del espectáculo. Curiosamente el sueño del chipriota es modesto, quedarse con su pequeña parcela y no molestar, el italiano sueña con alguien parecido a él, con alguien cercano y personal, el alemán con dinero, el francés judío con encontrar un amigo del que fiarse... paradojas del destino. Sin embargo, esa escena, que debería ser la más potente del espectáculo se viene un poco abajo precisamente, creo yo, por el hecho de que hablen con un acento tan marcado. Hablan despacio, con muchas dudas y pronunciando las frases con una música distinta, la propia del juego de acentos. A ver, que los acentos están cojonudos, pero el monólogo que mejor funciona es el de Javivi, el único sin acento ( yo no le escuché acento por ningún lado, pese a ser francés). Es el que mejor funciona porque es el más fluido, el que habla más normal. Entiendo que podría ser un desatino NO poner acento a los personajes. Efectivamente esa cocina es la torre de Babel, es un mogollón de nacionalidades unidas por las circunstancias y sería raro de cojones que hablaran todos con acento de Valladolid. Pero en esa escena, la propia maquinaria sale ganado y el grandioso trabajo de acentos se come la escena y acaba resultando larga y sin ritmo. Hasta que regresa la apisonadora, el ritmo desbordante y frenético y todo vuelve a encajar y a fluir. Funciona mejor el mogollón que lo íntimo. 




Los actores (y hablo de los "actores") están estupendos. Aparte de demostrar un curro acojonante en la manipulación de objetos y en recrear cada uno su actividad particular, llevan al milímetro cada uno sus acciones para que el engranaje total funcione de maravilla. Un portento. Luego, claro, lo que es la construcción de personajes y el trabajo más en profundidad es dispar. Hay actores y actrices que como no tiene ni una escena medianamente "de peso" no se puede decir que hagan gran cosa a nivel interpretativo. Coreográficamente sí, geniales todos pero no se puede decir que muchas camareras y algún cocinero que únicamente tienen frases y momentos aislados, hagan un gran trabajo actoral. No digo que no lo hagan, sino que es difícil calibrarlo porque tienen pocas o ninguna arma para demostrarlo. De los que al menos yo puedo valorar tengo que destacar a Javivi, grande en su monólogo, a Mario Tardón, impecable tanto en su acento como en su forma de estar y de moverse. Victor Duplá está impecable y sólido en el griego que se dibuja con gran presencia y peso. Xabier Murúa es una mala bestia que se deja la piel y lo que haga falta. 




Y Paloma Porcel tiene un imán, aparte de un carisma extraordinario. Tus ojos se van a ella, a su bondad, a su genio, a su sabiduría, a eso forma de mirar a los demás y de seguir con las consecuencias de lo que sucede. Actrizón de gran estirpe y escuela a la que le deseo un futuro grandioso en el teatro, porque lo merece. Si no, os propongo un ejercicio: podéis preguntar a los amigos que hayan visto la función a ver de quién se acuerdan. Te aseguro que el 99% te van a decir que Bertha, la encargada de las verduras. ¿Que no? Prueba.






Resumiendo, espectáculo gigantesco, descomunal, con una maquinaria técnicamente perfecta, con un texto al que no le vendría mal una poda, con personajes apenas esbozados y con un puñado de actores geniales. Dirección ágil de toda la parafernalia aunque a veces la maquinaria ingente se coma un poco el resultado. Por cierto... lo de que se "huelan" los platos que cocinan... pensaba que era real, no una figura. Te juro por Simone Ortega que yo no olí nada. Y llevo tres años sin fumar y tengo un olfato de perro policía.