martes, 19 de julio de 2016

I puritani. Teatro Real.

I puritani (di Scozia) es una obra poco representada. Lógico. Dramáticamente tiene una estructura básica, avanza muy poco y la acción se reduce a una anécdota alargada demasiado con muy poca progresión dramática. El principal atractivo es la partitura bellísima de Bellini y un posible elenco con voces dedicadas al lucimiento. En esta ocasión, el plomo se salvó gracias a las notas de Bellini, la escenografía de Bianco y a las voces de Damrau y Camarena. Punto. 




El trabajo de Evelino Pidó es correcto. Es cierto que la expresividad de esta obra es bastante lineal y no tiene momentazos de esos de volar. Salvo las arias famosas y el dúo del tercer acto, el resto de la obra no tiene demasiado nervio, es bel canto y ya. Pero de ahí a ralentizar como lo hacía determinados momentos (casi todos) para buscar la belleza en CADA nota era un poco demasiado. Y luego, sin embargo en otros que podrían regalar un mayor lucimiento a los cantantes, metía un poco el turbo o al menos no daba el tiempo que podría haber regalado a los solistas.
El coro sonó también correcto y en ciertos momentos hasta un poco apagado, sombrío, oscuro. No por personalidad sino por energía. 

La dirección escénica d mi admirado Emilio Sagi tampoco es el plato fuerte. Es más, creo que en esta obra en la que el bel canto prima y en la que no hay casi ninguna progresión dramática ni en la acción ni en le texto ni en las emociones, si no le metes una dirección un poco vigorosa, no ayudas mucho a que eso levante el vuelo. Todo el segundo acto por ejemplo, con Giorgio y Riccardo casi inmóviles, sentados o moviéndose poco por ese maravillosos escenario no beneficia en nada al poderío de la puesta en escena. A ver, dramáticamente la obra es pobre, no ocurre gran cosa, hay mucha locura, eso sí y grandes arias, pero la anécdota aparte de claramente incomprensible es alargada hasta el infinito. Si no le das una puesta en escena sólida, vitamínica y energética, entonces lo dejas todo en manos de la música y los cantantes. La música es maravillosa y preciosísima de la muerte, sí. Y los cantantes...




La escenografía del maestro Viscon... digo, Daniel Bianco es sencillamente preciosa. El salón polivalente, espejado y cubierto de esa especie de nieve es de una belleza abrumadora. El espacio que se resquebraja para que aparezcan los bustos acusadores del pecado y de la masa acojonante es bestial. Y esas lámparas que iluminan u oscurecen las almas atormentadas de los personajes, un hallazgo visualmente potentísimo y hermoso como un anochecer entre las montañas. Otro alarde del mago del equilibrio y del sentido elevado, emocional, emotivo y decadente del espacio y sobre todo del aire.      

Yo tuve la suerte de oír y ver a Javier Camarena ya a Diana Damrau. La suerte digo porque me moría de ganas de disfrutar de la Damrau. Y Camarena... es Camarena. 




La Damrau vale que no está en su mejor momento, pero es la Damrau. Canta como san dios y escénicamente a mí me parece un actrizón. Cada gesto nace en un momento y por algo, escucha y reacciona perfectamente y cada gesto, movimiento, respiración, carrerita y saltito que pega son coherentes, lógicos y exactos. Como actriz no le puedo poner ni una pega. Únicamente quizá que en vez de estar al nueve, podría bajar al siete, seguiría con toda su teoría igual de perfecta, seguiría siendo amorosa y enamorable, seguiría encandilando al mundo entero, pero no parecería pelín sobreactuada. Vocalmente se ahorró los agudazos del "vienni fra queste braccia" y aunque tenía una zona media grandiosa, unos agudos firmes y preciosos y unos graves potentes y redondos, algo se notaba en su voz como de..."algo falta". Pero maravillosa. 
Camarena es Camarena. No sólo no escatima agudos sino que quizá se pase y meta incluso demasiados. Un par de ellos durante toda la función, tres, cuatro... vale. ¿Pero más? Como cualquier recurso, a base de repetirlo pierde fuerza. Y no sé si esperaba ovaciones abrumadoras que le llevaran a visar algún aria o qué, pero quizá se pasó de agudos. ¡¡¡Y mira que me gusta a mí un agudo!!! Peor vamos, impecable. Vocalmente impecable. Escénicamente sigue algo rígido y a ratos pierde la articulación de las rodillas, algo que no soporto en un cantante. Pero es asombroso y un gustazo oírle cantar. 
No así George Petean, que cantó un Riccardo justito, un pelín desafinado a ratos y con una voz algo pequeña. Y el marido de la diva... flojito flojito. Nicolás Testé cantó regulero con muy poquita voz y fijo que de la fila 9 patrás, se le oía con dificultad. Peeero, es lo que hay.    




Cuatro nombres que convierten en preciosa y muy emotiva una noche que prometía ser plúmbea. Vincenzo Bellini, Diana Damrau, Javier Camarena y Daniel Bianco. 
Fin de temporada justo, bien, correcto, con cosas muy buenas, como el trabajo de los dos cantantes y de Bianco y un resultado general  no muy energético. No por que el montaje sea malo, que no lo es, es muuuy bueno, sino porque la obra, teatralmente y dramáticamente no da para mucho más. Pero bien, vamos, que yo aplaudí como un loco a mi Diana y a mi Javi.   

lunes, 18 de julio de 2016

Möderna. La Belloch Teatro.

Carolina África conoce de sobra a Lola Cordón. No sé si se conocían de antes, pero desde luego, con esa joya que era "Verano en diciembre" han recorrido un camino impresionante y seguro que muy emotivo e intuyo que es ese camino el que las ha llevado hasta aquí. "Möderna" es un homenaje a Lola Cordón. Un homenaje desde la admiración y el amor infinitos.




Lola Cordón, para cualquiera que la conozca, es aparte de una grandiosa actriz, un grandioso ser humano. Cachonda, fresca, deslenguada, viva, divertida y con una sed de vida ejemplar.
Su vida, sus orígenes en la profesión, su carrera, sus altibajos, su lucha, sus papelones, sus sueños, quizá sean un reflejo de una grandísima parte de la profesión. Ahora que acaba de publicarse el estudio anual en el que se comprueba que la mayor parte de los actores de España han trabajado na y menos y que muchos viven por debajo del umbral de la pobreza y recurriendo a otros trabajos, Lola asoma su vida de superviviente ente nuestros ojos y corazones en un ejercicio de dulzura, solidaridad y empatía bestiales por parte de Carolina África y Julio Provencio. 
Lola se dedicó al teatro porque quiso, se casó porque quiso, se separó porque quiso, viajó porque quiso, se desnuda con la Lidell porque quiere y se ha dejado homenajear porque ha querido. 
Desgraciadamente, la vida que debería tener este espectáculo creo que tendrían que ser los dos días que ha estado en Matadero. Me explico: es un homenaje tan especial, único y nace desde un rincón tan bonito del corazón que no se debería producir más. Ha sido lo que ha sido. Como mucho y por aquello de buscar justicia, se debería hacer en un teatro gigante para que pueda ir toda España a venerar a Lola. Eso sí. Pero repetirlo cada viernes y sábado a las 20 y a las 22... como que no. 
"Möderna" es un espectáculo creado por Carolina África y Julio Provencio principalmente para devolver una tonelada de cariño y agradecimiento a Lola. Planteado como un espectáculo "möderno" en el que haya todo lo que hay en un espectáculo möderno; cámaras, micros, interacción, desnudos (semi) animales (esos hamsters en la pecera o el bogavante aquel famoso). Todo es möderno. Aunque lo más möderno es la propia Lola con su vida, su trabajo, su "Voz humana", sus mejillones, su vino, sus cigarros (andorranos) su Ofelia y su Blanche. 




El espectáculo en sí es divertido, emotivo, repleto de cariño y de admiración hacia una generación de actores que siguen en activo (y por muchos años) que por encima de todo aman esta profesión. Actores que fuman, beben, salen muuucho, trabajan todo lo que pueden y disfrutan de la vida en todos sus aspectos. Un ejemplo no solo de profesionalidad sino de vida. Una gozada ver que a sus ochenta años recién cumplidos, Lola está tan vital y con tantas ganas de trabajar y de exprimir la vida y el escenario como si tuviera veinte. Admiración total hacia Lola la que sienten Carolina, Julio y todos a los que se nos saltaron las lagrimillas compartiendo este merecidísimo homenaje a toda una gran dama del teatro y de la vida. La grandiosa Lola Cordón.        

viernes, 15 de julio de 2016

Scratch. Grumelot.

Cuando uno casi había perdido la fe en la raza humana, aparece "Scratch" y todo vuelve a tener sentido. 
Hasta ahora, en este Frinje descafeinado y caro de cojones si lo comparas con otros años, sólo había visto propuestas a medias y poca innovación. Personalmente, nada que me moviera en absoluto. Hasta ayer yo era el mismo David del mes pasado. 
Se supone, según dicen los propios responsables, que en los criterios que se valoraron antes de escoger los espectáculos estaban "la capacidad de análisis sobre la realidad política y social, la búsqueda de un lenguaje personal y el rigor e innovación de las propuestas". Espectáculos de hace años, innovación cero, lenguajes personales inexistentes y propuestas pobretonas y con muy escaso horizonte. 
Para remate acabábamos de salir de un espectáculo asombrosamente ridículo y simplón. El alma por los pies, arrastrando una desgana ajena y con el palpito de que si este va a ser el teatro del año que viene... me paso al cine. 




Pero no, claro que hay artistas que viven en la búsqueda, que rascan la realidad y hurgan en los sentimientos, en los recuerdos y en las dimensiones. Hay artistas como Javier Lara que hablan como y de lo que quieren. Hay artistas como Javier Lara que hablan desde sitios diversos, que plantean preguntas y dudas, que mezclan, que descolocan, que recurren, que acorralan y que te sirven una ensalada con ingredientes envenenados y aromas a Joyce. 
El periplo de Antonio Carlos no es de un día por las calles de Dublín. Es de unos años por las calles de Londres, por su casa, por sus recovecos sentimentales, por sus fantasmas, por sus ángeles, por sus miedos y por sus samaritanos seguramente salidos, como nos pasa a todos, de su pasado en B. 

Javier Lara, Lara, Javi, el Lara escribe, reescribe, inventa, reinventa, mezcla, bate, navega, desgarra un texto que casi podría ser una cosmogonía. Brillante hasta en las acotaciones, en el empleo de la música como elemento que dialoga con los personajes y con el espectador, otro personaje más de este ouija que es "Scratch". 
Si el comienzo es una declaración de intenciones y un prodigio emocional y literario (sumergiendo al público en una sesión casi de hipnosis colectiva), el torrente de emociones, temblores y temores que siguen son dignos de estudio. Porque este textazo no es sólo un ejemplo de desarrollo dramático ejemplar, de viaje emocional de los personajes, empezando por Antonio Carlos y siguiendo por los padres (el padre, siempre le padre... momento en el que arranco a llorar y no paro), Nacho, el filósofo de la calle, el ángel de la guarda de Hillegonda, incluso el Obispo Lara o Rachel. No es sólo ese proceso, esa aventura, ese crecimiento, es un ajuste de cuentas con el destino. Es buscar una explicación a por qué pasó lo que no tenía que haber pasado. Es rebuscar y retorcer el cerebro, los recuerdos, reinventar una secuencia que explique la ausencia y el dolor. 
Cuando uno tira de su pasado en B para buscar porqués, el torbellino te descompone, gritas, potas y giras sobre todos tus ejes a la vez. Lara se escuda en la forma y en el desorden mental de su escritura (tan mental como la de Joyce, tan serpenteante como la memoria y como el proceso mental del escritor irlandés) para tratar de dar sentido al viaje de Antonio Carlos. Un viaje en el que le caos ordena, la luz oscurece, el ruido ensordece, la droga da lucidez y la sangre aleja. Porque "el vacío tiene esperanza de luz".




Lara imagina junto con Carlos Aladro, Carlota Gaviño e Iñigo Rodriguez-Claro un espacio poderoso, lo iluminan de maravilla, crean un universo sonoro y visual vivo y cómplice, en el que música e imágenes son un personaje que dialoga con los actores. Distribuyen los ritmos, crean tempos especiales, dan aire a la angustia y energía a la muerte. Escénicamente es un prodigio de libertad, pruebas, interrogantes y puertas abiertas. Potencia, delicadeza, dolor y muuuuchos interrogantes. Justo eso, un idioma libre, un discurso movido y "movedor" y una concepción del hecho teatral como espacio de búsqueda y catarsis. 




Javier Lara despliega un catálogo de personajes A-CO-JO-NAN-TE. Da vida y carácter a no sé cuantos personajes siempre desde la delicadeza, el matiz y la profundización emocional. Si todos los personajes son un ejemplo de creación y amor, ese padre... no tiene calificativos dignos. Está buscado desde lo más profundo del respeto y la admiración. Es una imagen emotiva y emocionante, es lo que debería de ser un padre, es el tirón inevitable de la sangre, es el amor infinito y universal, es el vértigo horizontal, por alejamiento, es un padre amoroso, idealizado, con una dignidad y una vulnerabilidad poéticas que a mí, particularmente, que perdía a mi padre ayer mismo, hace trece años, me abre en canal, me desgarra y me hace soñar con mi pasado en B. Estremecedor, humano, digno y calentito.




Y a su lado, de tú a tú, el mejor actor de su generación. Fernando Delgado-Hierro. No sólo mantiene el pulso con Lara de tú a tú, sino que durante todo el espectáculo está en escena lleno de verdad, de intensidad, de pasado y de futuro. Por sus ojos se dispara una mirada perdida rebosante de potencia, de amargura, de vómito y de sed de luz. La búsqueda de una razón, el viaje iniciático y el aprendizaje desde la soledad, la sabiduría desde el caos y el crecimiento desde la necesidad. Todo eso está en la mirada blanca, poseída, profunda y estremecedora de Fernando Delgado-Hierro. Sólo por poder dejarte llevar por su monólogo final merece la pena vivir. Es un mago y un torrente de carisma y oro puro. Sólo viendo su vulnerabilidad y su mirada sedienta uno aprende lo que es ser actor. 

A pesar de que yo llorara como un bebé necesitado y que me tocara el rincón más doloroso de mi corazón abandonado, perdido y solitario, "Scratch" es una puta maravilla de concepto, de forma, de búsqueda, de filosofía y de manejo tanto del hecho teatral en sí como de las emociones, del pudor, de la necesidad y de las emociones capadas. Lo mejor no sólo del Frinje sino de este año. Este es el teatro que me pone.  
¿Cómo se hace si no?   

domingo, 10 de julio de 2016

Homo ridens / Testigo de las ruinas. Frinje 2016.

Dice la propia organización del festival en su web: "Frinje apuesta por la multiplicidad de miradas en la creación contemporánea y alienta a sus  participantes a enfrentarse a la realidad política y social desde una lente "extrañada" que ilumine las zonas de sombras de una época marcada por la velocidad con la que acontecen los cambios".



"Homo ridens" en un espectáculo de 2011 que ganó el Be Festival en 2012. Hace unos añitos, vamos. Lo que no entiendo es que se hayan quedado fuera propuestas y hayan entrado espectáculos como "Homo ridens", que tiene ya 5 años. O mejor aún, ¿cómo se le ha ocurrido a la compañía presentar un proyecto de hace 5 años? Total, que entre unos y otros, al final hemos visto un espectáculo que tiene 5 años y nos hemos quedado sin ver propuestas más actuales. Bueno, vale.  
Pero no es sólo que "Homo ridens" tenga 5 años (¿ni siquiera la propia compañía quiere que se vean sus espectáculos más recientes?) sino que tampoco, según vuelven a decir en la propia web del festival: "busquen un lenguaje personal y un rigor e innovación en la propuesta". Que no lo busca, vamos. O al menos, no lo tiene. "Homo ridens" es divertido a ratos, blanco, se deja ver, es inocuo, indoloro e incoloro y desde luego, no tiene nada que ver con lo que pone la web del festival de este espectáculo. 
Pues eso, que tiene 5 años y se le notan. Sales como has entrado y eso sí, te has echado unas risas sin mayor complicación. Un entretenimiento que desde luego tiene poco de novedoso, innovador o de conmovedor. Buenos actores y carismáticos para un espectáculo que no parece pretender mucho. O sí. 



Y como lo mismo te digo una cosa como te digo la otra, "Homo ridens" al menos es lo que yo considero un espectáculo teatral. Porque "Testigo de las ruinas" no me lo parece. 
Varios proyectores van proyectando (chica, no me sale otra palabra mejor) las imágenes de un documental que nos cuenta el final de la vida de una zona deprimida de Bogotá, que es desmantelada para construir en ese espacio un parque (inútil y aséptico, cierto). Imágenes duras de parte de la vida en ese barrio marginal e imágenes de su derrumbe. Poca historia personal (casi solo la del payaso) y poco reflejo de lo que supone eso en la gente. Ni rastro de qué ha pasado con esos habitantes después de acabar con el barrio. Sólo una mujer, Juana Ramírez, que preparará arepas delante de nosotros. 
Para que exista un hecho escénico, en mi opinión, debe haber un texto, unos ejecutantes y un proceso creativo o recreado que se produzca en ese momento. Lo que vimos ayer fue un documental, no teatro. Este espectáculo va a ser exactamente igual todas las noches que se represente en cualquier ciudad del mundo. No existe ningún elemento creativo. Al menos no vivo. Cada cierto tiempo, giran las pantallas en las que se proyecta el documental, pero ni siquiera ese hecho tiene un por qué. Las mueven por cambiarlas de sitio, por moverlas, no por ningún motivo escénico. Y salvo que a Juana se le quemen las arepas o que alguien tropiece al girar las pantallas, nunca jamás va a suceder nada vivo en escena. Creo sinceramente que esta... instalación podrían haberla colocado en la nave 16 y tan ricamente. Ofú, es que pagar 12 euros por ver un docu...  a mí me escuece.      


sábado, 9 de julio de 2016

Wasted. Íntims produccions.

Inauguramos este año el Frinje con este espectáculo. Y a puntito de no ver ni esto ni casi nada. El invento de este año ha sido anunciar a bombo y platillo que subían la dotación presupuestaria, que escogían a menos compañías y les pagaban más. Eso sí, una parte de lo que les van a pagar de más a las compañías sale directamente de nuestros bolsillos, porque este año han decidido acercar la cultura a la gente y cargarse los descuentos. Así que todas las entradas a pelo, muchas de ellas a 12 euros, un precio desorbitado si pretendes que la gente vea muchos espectáculos aunque sea tirado en unos cojines en el suelo. Porque se trata de que la peña vea muchos espectáculos, ¿no? ¿O de que acabes eligiendo tres si es que no tienes mucho presupuesto? Vamos, que me parece una pasada que te soplen 12 euros por una hora tirado en un cojín. Pero claro, el Frinje es guay, y lo guay es hacer un festival del Off desde un teatro público para calmar la sed de "propuestas diferentes y arriesgadas", vamos, justo lo que NO programan en todo el año, en veranito, a 12 euros.
Y saben que como uno es como es, acabará yendo a ver todo lo que pueda y su bolsillo le permita.



Ayer arrancamos con "Wasted", de Íntims produccions en colaboración con Fira Tárrega, la Generalitat y la Diputación de Lleida. 
Tres amigos veintipocoañeros se reunen y recuerdan la muerte de un cuarto colega. 
Ya habíamos visto el último y galardonado trabajo de Iván Morales, adaptador del texto de Kate Tempest y director de este montaje. "Sé de un lugar" me pareció en su momento un poco lo mismo que me ha parecido este "Wasted", un reflejo añejo y algo anticuado de unos personajes blancos, con unas vueltas pequeñitas y un recorrido entre lo tópico y lo conservador. Vamos, que unos veinteañeros llamen "tolai" a alguien... me suena a irreal y carca. 
Se supone que son tres seres rebeldes (sueltan el clásico "agua" cuando pasa por ahí, me imagino que la policía, como en mi época, en los 80) que están hartos y aburridos de sus trabajos poco estimulantes y de una vida que no es lo que en su rebeldía, un día soñaron. Pero tampoco sabemos qué soñaron. Imagino que como todo adolescente, querrían cambiar el mundo y esas cosas, pero han acabado fumando porros, repitiendo en voz alta continuamente lo modernos, desinhibidos que son, lo guayssss, lo mucho que beben y lo que lamentan tener trabajo. Bueno no, tener un trabajo que les aburre. No, haber elegido mal. No, haber elegido. No. Vamos, que se lamentan. Y son muy modernos, y dicen cosas tan rompedoras y profundas como "Querer a alguien en un puto currazo". 
En definitiva, personajes, situaciones y diálogos premeditados, ilustrativos, irreales, acomodados y demasiado aburguesados como para presumir de chupa de cuero. Que no me los creo, vamos.   

miércoles, 29 de junio de 2016

El laberinto mágico.

A estas alturas de la vida y todavía no sé qué es o qué debería ser el teatro. Quizá tenga más claro que NO quiero que sea. No quiero que sea un sitio cómodo, ni acomodaticio, no quiero que sea un reflejo de la realidad, ni que sea la realidad. Quiero que sea un sitio libre donde lo que vea me mueva y se mueva. Quiero que esté vivo y que se deje estrujar como la plastilina. Quiero que no sea la vida, porque la vida ya es. Quiero que si no experimenta y decide recrear, que lo revivido se me meta y me cambie. me toque, me conmueva y me renueve. Si deciden que sea la vida misma (nunca podrá ser la vida misma) al menos que sea reinventada o revivida. El lugar común, la recreación, la repetición, el cliché, lo inamovible, lo predecible, lo cómodo me interesan poco o nada. Ya estoy muy mayor. 



"El laberinto mágico" tiene cosas buenísimas, otras no. Cuenta con otro alarde de la prodigiosa visión de Monica Boromello que vuelve a poner poesía en el escenario con una escenografía y un vestuario sencillamente perfectos. Está muy bien iluminado por Ion Aníbal llevando sombras a donde hay luz y creando luz entre las sombras. Tiene una correcta versión de José Ramón Fernández que reincide sobre la misma moraleja una y otra vez. Las palabras de Max Aub hay momentos en los que son de una belleza sobrecogedora. Indiscutiblemente es una obra gigantesca y reducirla a un espectáculo de dos horas es jodido. El lenguaje, las situaciones, el prisma, el lugar desde donde nos cuentan las situaciones y la profundidad emocional de lo que sucede es brillante, doloroso, preciso y de una belleza que te estremece. La versión, obviamente cuenta con ese material aunque lo reduce quizá demasiado a un folletín con menos profundidad de la que aparenta y con una reiteración de las situaciones que no beneficia a las dos horas de montaje. Y la dirección es justamente lo que esperas. Todo es limpio, correcto, frío, colocado, recreado, dibujado. No le veo punto de vista. Y no hablo de simpatía por un bando, que eso sí, pero esa simpatía no deja de ser una pose que en este caso además, es lo de menos. Tampoco tiene vida más allá de la postal. Los actores están movidos con vigor pero sin espíritu, sin eso que no se ve pero se nota en la vida del espectáculo. A mí, que sentía simpatía por lo que veía, no me tocó apenas nada. Porque estaba viendo justamente lo esperado. Limpio, ordenado, aséptico, acomodado y predecible. Tan correcto, predecible e higiénico como el Galileo de hace poco. 
Los actores son todos buenos. A muchos de ellos los acabamos de ver en "Vida de Galileo" y ya ahí estaban todos correctos, bien, demostrando profesión y tablas. Otra cosa es que me parezca bien o regular que empalmen dos montajes seguidos en un Nacional. A ver, que por ellos genial, me alegro infinito, estaría bueno. Pero por otro lado, un nacional... ensayos... cotizaciones...promoción...seguridad...te ve to dios.. no sé si debería estar más repartido y que rule más la profesión. No lo sé. 
Pero ellos están casi todos estupendos. Demuestran casi todos que son buenos actores, buenos ejecutantes y trasladan a la escena todo lo que les han marcado. Casi todos demuestran poderío sobre la escena, manejan bien los silencios, las miradas, las intenciones, el poderío, el orgullo y el manejo de la escena. Casi todos demuestran que son muy buenos actores.

Y así... tras dos horas y pico en las que en algunos momentos repasé la lista de la compra salí del teatro y me fui a cenar tal y como había entrado. Eso sí, afianzando la idea de que en este país si algo hay son actores y gente dispuesta a entregar su vida por el trabajo en un escenario. Me inclino ante todos ellos. Y bravo por los músicos, Paco Casas y Javier Coble, fabulosos. 


       

sábado, 11 de junio de 2016

Yogur/Piano . Espacio Labruc

Algunas veces me ha pasado que he ido a ver un espectáculo del que todo el mundo habla bien y me he encontrado con joyas auténticas. Pero Yogur/Piano no es un espectáculo. O no es sólo un espectáculo. Más bien es una experiencia. Pero no es sólo una experiencia. Es uno de esos acontecimientos en los que uno se ve metido de pronto que suponen una transformación, que se te meten queriendo o sin querer en tu interior y te traspasan. Y es que cuando uno entra en Yogur/Piano acaba modificado, mejorado y estremecido. 



¿Qué tiene de especial Yogur/Piano? Todo o quizá nada. Tiene ante todo, en todo y por encima de todo la inteligencia personalísima, única y sobrecogedora de su creador, Gon Ramos. 
Voy a contar una de abuelo: la primera vez en mi vida que vi a Gon nos tocó hacer un ejercicio que era una especie de primer acercamiento a "La gaviota". Claro, todos nos pusimos como trascendentes , en plan sufrimiento, lirismo, romanticismo, vaivén. Y llegó Gon, agarró una escoba y se puso a barrer la sala del Teatro del Barrio. Y yo flipé, porque aquella era la única "Gaviota" de la clase. Lo demás eran clichés y lugares comunes. Gon pilló la puta esencia y nos la puso delante de los morros como lo más natural. Si Paco Bezerra es capaz de mirar un patio de vecinas y ve dieciséis capas de podredumbre y de mierda oculta que el resto no somos capaces de ver, Gon mira a una persona y ve en ella diecisiete capas de soledad, inquietud, duda, nervio, ganas, amor, necesidad, perturbación, asco, rabia, ternura... Gon Ramos, sin ningún género de dudas es un puto genio sobrehumano. 
Por eso es capaz de regalarnos este trabajo, que arranca con una escena larguísima en la que unos seres solitarios lanzan fragmentos de monólogos casi como si se tratara de una tormenta mental en la que soledad, desarraigo, falta de cariño y búsqueda de calorcito humano se envuelven de una música repetitiva y desasosegante. Se alcanza tal nivel de presión, agobio, desesperación y energía que casi es inaguantable. Te juro por Chejov que estuve a punto de salirme porque NO lo podía soportar. 
Y en medio de ese catálogo casi enfermizo de soledades y desafectos surgen momentos realmente antológicos como el de la chica que lleva veinte años bailando igual (y la consiguiente metaescena en la que se nos desgrana la forma de trabajar de Pina; repetición y repetición para conseguir una emoción más real). Esta escena en la que por tol morro nos explican qué van a hacer a continuación es totalmente brillante. Te cuentan qué vana hacer, lo hacen y entrasssss gustoso. ¡¡¡Es una puta obra maestra!!!! O esa otra escena en la que Marta Matute (angelical, sabia, madura y todo un catálogo de vida en un escenario) boxea y golpea repetidamente mientras mantiene un diálogo con su hijo y con su entorno. Creo que pocas veces se ha visto algo así. Por intensidad, por profundidad, por ingenio, por buscar y encontrar otra forma de contar las cosas y de darles vida.      
Esa repetición la llevan al extremo según avanza la experiencia hasta llegar al como de los colmos, que es cuando tocan el tema de Sigur Rós todos juntos, mano con mano. Paroxismo estético, orgasmo general entre le público y lagrimones rodando por mis mejillas del tamaño de los melocotones de Opencor. 



No puedo contaros mis sensaciones con un cierto orden, porque se me avalanzan los recuerdos y los estremecimientos y no sé ni ponerles freno ni colocarlos. Ni quiero, vamos. 
No soy yo muy de considerar que escribo críticas sino "comentarios" o "visitas" a espacios donde vivo experiencias. Por eso Yogur/Piano me vuelve a la mente y la estómago agolpado, desordenado. Y como mi intención es compartir sensaciones, sigo a mi bola. 
A ver, Yogur/Piano evidentemente tiene una estructura pensadísima y por supuesto certera. No es producto de la casualidad sino de la sabiduría, está claro. De la vorágine de la primera y eterna escena se pasa casi a lo tonto a los sentimientos a palo seco. Tras un lamento de Dido helador y sobrecogedor que nos regala Jos Ronda (grandioso) nos movemos de piel a corazón y de tripa a víscera. La escena en la que Nora Gehrig intenta componer una pregunta acompañada de sus razones, sus consecuencias y sus límites debería pasar a la historia del teatro. 
Algo tan sencillo, tan pulido y tan sensible como es mirar a los espectadores, compañeros de trance se convierte en una catarsis para todos los mirados. Esos minutos eternos en los que ejecutantes se funden emocionalmente con los miradores es de un lirismo seco, de una intensidad emotiva descomunal y por sí sola da sentido a lo que es le teatro. Yo hago esto para ti. 
Voy a hacer otra de mis comparaciones chorras. Recuerdo una peli de Kiarostami, "A través de los olivos" que terminaba con un plano eterno de cerca de cinco minutos o más (que en cine es una salvajada) en el que se veía simplemente a un hombre alejándose entre los olivos. Bueno, pues si aquel plano era poesía pura, desnuda y de una belleza sobrecogedora, toda la escena final de los actuantes tocando juntos el piano y saliendo de escena es posiblemente el momento lírico más profundamente emotivo que he vivido en un teatro en muchos años. No puede ser más pacificador y celestial. No hay mayor belleza. 
Tengo poco más que decir de Yogur /Piano. Que tanto la idea, los textos, la puesta en escena, cada decisión, cada medida, los cinco actuantes, la música, el músico, las luces... todo es PERFECTO, rompedor, elaborado, estremecedor, acojonante y de una belleza sublime. 

El teatro no sé qué es. El hecho teatral quizá sea o tenga que ser un milagro. Un trozo de vida real o no, inventada o robada pero que se debe regalar con amor. Gon, Dani, Marta, Nora, Itziar y Jos sacrifican sus cuerpos y sus emociones más sinceras y nos invitan a visitar nuestros sentimientos. Por si nos pensábamos resistir ellos nos guían y nos conducen al cielo. Y nos dejamos querer. El teatro es bucear en nuestro interior, revolver pasado, presente y futuro, poner delante de nuestros morros lo más movedizo y dejar que la realidad inventada y recreada nos invada, nos cambie y nos mejore. Gon y su equipo hacen un mundo más bello, más sano y mejor cada día que deciden prestarnos sus emociones y regalarnos este viaje. El que se lo pierda, morirá con un trocito menos de felicidad en el corazón. Y sería una pena.  










      

jueves, 2 de junio de 2016

¡Cómo está Madriz! Teatro de la Zarzuela.

Yo es que soy muy macarra, y eso de ver el patio lleno de cardados acojonaos, temblando, gritando, rezongando (pero sin moverse del sitio) y ofendidísimos, me pone. Y escuchar a una visona en el descanso decir: "hasta esto nos quieren quitar" hace que me parrrrta de risa. 




Estas señoras enjoyadas siguen pensando que el coco les va a expropiar sus casas, que el fantasma comunista les va a quitar sus joyas y van a convertir sus salones en comedores sociales llenos de ¡pobres! Menos mal que les queda sus teatro, con sus zarzuelas y sus cosas pa ellos y nada más que pa ellos. Y ahí se sienten a salvo, porque están convencidos de que ese es su reducto, su santuario y que ahí van a poder disfrutar de sus "cosas de siempre", de sus zarzuelas hechas a la antigua usanza, hechas "como dios manda". Y no, cariñas mías. Desde el momento en el que se abren las puertas, empieza a entrar el aire y eso es imparable. Es como el agua, que por mucho que quieras ponerle diques, se escurre y es indomable. Eso pasa con la libertad y con el aire fresco del tiempo. En casa, una vitrina con la vajilla de mamá, los fines de semana a visitar el codo incorrupto de santa Régula y al teatro... a ver polillas y alcanfor. La señora Havisham seguía vestida de novia y comiendo su tarta de bodas, sí, pero entre ratas y además estaba loca.
La Zarzuela es como todo el arte; libre, moderno y oxigenado. Que te guste o no es también como todo, algo libre. No a todo el mundo le gusta la danza, no a todo el mundo le gusta el circo, no a todo el mundo le gusta Mahler y no a todo el mundo le gusta Monet. Para dar su versión y su visión y de paso dirigir "¡Cómo está Madriz!" se llamó a uno de los directores de escena más actuales, novedosos, sólidos y valientes del panorama. Y claro, gracias a eso ha entrado de nuevo (y van unas cuantas ya) aire puro y fresquito en la Zarzuela. Y servidor reconoce que agradece eso tanto como una cerve fresca en pleno verano. Vivimos tal ascenso del facherío social que al menos disfrutar de soplos reales, vivos y actuales te dan la vida.




Al lío: yo no soy un entendido en Zarzuela, ni mucho menos, desconozco las obras originales, "La Gran Vía" y "El año pasado por agua"  y no sé de qué forma les ha metido mano Miguel del Arco. Lo que sé es que el espectáculo que vemos tiene unidad y solidez. Paco vive en la Plaza Mayor con su novia Merche y en una noche de trajín comienza a soñar que las calles de Madrid le hablan. A partir de ahí empieza la aventura de Paco, joven del siglo XXI en medio del Madrid de finales del IXX. Imagino que lo que se conserva de las zarzuelas originales serán los números musicales (quizá esté diciendo una burrada y si es así pido perdón, es fruto de mi ignorancia) y Miguel del Arco ha creado todo el entramado teatral que aglutina esos números. El resultado es un espectáculo divertidísimo de la muerte, actual, en el que se mezclan todo tipo de referencias actuales e históricas con mucha soltura, bien hilvanadas, coherentes, descacharrantes y fabulosamente interpretadas. El primer número, el de las calles es sencillamente sublime. Y la creación de San Bernardo de Ángel Burgos... debería pasar a la historia del teatro. El vestuario de Pedro Moreno es una maravilla y le da al espectáculo un empaque cómico e ingenioso que te lleva de la mano. Son casi como ninots vivos moviéndose por el escenario. La escenografía de Eduardo Moreno está bien resuelta y sirve para lo que está pensada, para ser funcional y ayudar al dinamismo de esta obra. Sin embargo las luces me parecieron peor resueltas, con muchas zonas oscuras y en penumbra y con un uso de los cañones demasiado impersonal. Aunque en una obra tan coral y con tanto trajín es casi imposible hacerlo de otra forma.   




Quizá la única pega que lo podría poner es que arranca con tanta potencia que a veces resulta difícil aguantar el nivel de atención. Quiero decir, a ratos, sobre todo hacia le final de la primera parte se me empezó a hacer un poco cuesta arriba y empezaba a decaer la atención. Quizá era demasiado tiempo con la misma fórmula y mi cuerpo necesitaba otro incentivo novedoso. 
Todo el discurso social era decididamente izquierdoso y eso, por supuesto empatizaba conmigo. Tanto como provocaba la ofensa de una parte del público que se retorcía con cada mención a Pablo Iglesias, a Podemos o con la menor crítica al PP. Eso, sinceramente, provocaba más empatía aún conmigo, qué se le va a hacer. 
Sí hubo dos momentos que me parecieron para la galería e incluso contraproducentes. Estoy convencido de que el teatro educa, crea y cambia. Si no, no merece la pena. Aunque sea puro divertimento, es obligatorio y necesario que salgas cambiado. La broma con Benavente, esa de "tengo un hermano como tú" y el comentario de la bailarina con la que se va Merche...sinceramente creo que son gratuitos y aunque consiguen la risa del público, me parece necesario desterrar de nuestras vidas los tópicos hirientes e injustos que se esconden en los chistes de mariquitas, de lesbianas, de gordos, de bajitos, de gafotas... Es evidente que la intención no es ni remotamente ofensiva, pero... me chirriaron. 




La orquesta sonó divinamente, bien agitada por la batuta de José María Moreno. El coro divertido y entregado. Disfrutando de la gamberrada y relajados.
En el aspecto actoral... fabulosos todos. Grandiosos Jorge Usón y Ángel Burgos, fantástica Manuela Paso, Ana Goya soberbia como siempre, Carlos Martos y Miriam Montilla estupendos... y todos y cada uno de los actores estuvieron fantásticos. Por supuesto, Paco León que demuestra que es un showman aplastante. Hace de todo, todo en su justa medida y todo bien. Un genio. 
Isabella Gaudí fabulosa, cantó con desparpajo y con una voz admirable en timbre y en habilidad. Amelia Font, Luis Cansino, los ratas... estupendos. Amparo Navarro se lleva el número más breve, el chotis pero demuestra que es quizá la mejor voz de todo el conjunto. Grandiosa. María Rey-Joly salió peor parada. Aunque su entrega actoral es admirable, resulta un poco gritona y vocalmente... quizá estaba cansada porque no conseguía ni agilidad ni versatilidad. 

En conjunto creo que el espectáculo es sobresaliente, arriesgado, divertidísimo y una muestra más de que la zarzuela no es un género apolillado ni para las yayas. Lo que hay que hacer es ponerlo en manos de gente contemporánea, divertida, actual y viva para que le den el toque que necesita de modernidad, de actualidad y de supervivencia.  

domingo, 22 de mayo de 2016

La rosa tatuada.

Desde "Nuestra clase", allá por 2012... no he visto ningún espectáculo de Carme Portaceli que me haya tocado.
Decía el otro día un genio amigo que si vas a un espectáculo en el que no te está moviendo nada de lo que ves, lo mejor, en vez de ponerte en el pedestal de "esto no va conmigo", es intentar buscar algo que te provoque, que te guste, algo que te salve. Gracias, Roberto Enríquez por ser tan exageradamente bueno.
Cuando este Fortimbrás pisó por primera vez el escenario del María Guerrero con la mirada fija en el futuro y la palabra "tenacidad" escrita en la frente, nunca habría imaginado que 30 casi años después camparía a sus anchas dominando lo imposible y disfrutando de esa nube dulce y ese cartel apoteósico.



Este espectáculo digamos que es... desacertado.
Buena envoltura. Escenografía graciosa. Aunque no sé por qué hay elementos que bajan y suben porque sí, cuando podrían estar ahí todo el tiempo. El toque naif de convertir la casa de Serafina en una especie de "recortable" le da un tono infantiloide o simplista que reduce la trama y el tono a una comedieta casi vodevilesca. Además hay cosas que no me cuadran. No con este espectáculo, sino siempre. Me refiero a que si marcas un espacio y lo delimitas y le das sentido durante la primera media hora, no puede ser que de repente, porque sí, lo que hasta ahora eran paredes dejen de serlo y la gente atraviese muros, no respete "puertas" y corran atravesando ese espacio. En definitiva, un espacio ampuloso pero que resta intimidad a lo que sucede aunque tampoco es un espacio expuesto al vecindario y a sus comentarios y censuras.
Luces correctas. La música es más delicada. No termino de asumir las cancioncillas que se cantan. Se cantan un par de ellas y ya está. Ni son un elemento dramático ni nada. Cantan un par así al principio y luego nada. Gratuitas, vacías y que únicamente distraen,
La elección de Portaceli de contar esta historia de culpas, pecados, amor, deseo, necesidad, dependencia y mucha suciedad como si se tratara de una comedia romántica de colores pastel y gente mona y aséptica es lícita, evidentemente, pero en mi modestísima opinión, aniquila cualquier dosis de  carga de profundidad de las que tiene el texto. Portaceli es muy dueña de coger lo que quiera del texto y de separar las capas como quiera para decidir qué y desde dónde nos lo quiere contar. Pero decidirse por un Tennessee Willliams para contar la capa superficial y edulcorada de una historia amarga y ácida me parece un desperdicio. Pero vamos, cada uno decide y cada uno elige.
Y fíjate, hay un detalle que puede parecer una chorrada pero que a mí me chirrió mogollón. En un momento dado, Mangiacavallo habla por le móvil con su jefe. A ver, si tiene móvil es que estamos como mucho a finales del siglo XX o en le siglo XXI. Pongamos que son los noventa; en los noventa No se daría este conflicto. Ni se daría de esa forma, la niña estaría más que harta de darle alegrías al cuerpo, el marinero ni te cuento... Vamos, que para los cincuenta vale, pero para los noventa... como que ya no.
El tono general es frívolo y poco o nada profundo. Bueno, es la opción de Portaceli. Pero convertir la escena de la vecina insufrible con voz de pito y el travestido... es casi como convertir una disputa entre italianas pasionales en un teatrillo de José Luis Moreno. Almíbar, superficie, velocidad, conflictos básicos y sin nada de peso... todo fluye a nivel de la epidermis hasta que aparece Roberto Enríquez.



Aitana está guapísima al comienzo de la función. Y monísima vestida. Pero luego descubrimos la falta de solidez, de temperamento y de raza salvaje de italiana fanática y sexualmente hiperactiva. Está muy, pero que muy entregada y dándolo todo, pero se queda escasa de sangre. Alba Flores no me resulta convincente como hija virginal, sometida y con una rebeldía moderadamente beligerante. Sabe perfectamente lo que hace y lo que hace está bien. Maneja bien el escenario y lo pisa con solidez, pero... creo que a ella tampoco le va el papel.
Los secundarios son correctos algunos e insufribles otros. Pero bueno, hacen lo que les han dicho.



Y Roberto. Roberto (y sus orejas de plástico) sale y aplasta todo a su paso. He dicho mil veces y lo repetiré hasta que se me caiga a cachos la lengua, que Roberto es de los mejores si no el mejor actor de su generación. Y aquí lo vuelve a demostrar. Sale y pisa el escenario con otra densidad. Domina cada gesto, cada impulso y cada intención. Quizá la brutalidad esa de empotrador que taladra a Serafina sólo con moverse delante de ella quede empañado no por la falta de sexualidad de Roberto sino por la puesta en escena sexualmente fría y nada apasionada. Si Serafina decide después de tanto tiempo meter a este hombretón en su cama es porque este camionero tiene que desprender electricidad y testosterona. Tanta que ablande el caparazón de Serafina. Y por la puesta en escena casi parece más un vodevil que una seducción en vivo. Serafina tiene que derretirse ante la idea de tener a ese hombre encima, debajo y dentro. Sin embargo aquí casi te los imaginas echando un parchís. Entre risas, sí, pero un parchís.
Creo que Roberto aparece y se divierte. Se lo pasa de maravilla y disfruta como un descosido haciendo un papel con muchísima menos carga interior que otros papeles a los que nos tiene acostumbrados. Su Fausto antológico (de la mano ese genio que era Pandur) ni por asomo se acerca a este Mangiacavallo. No digo que sea un personaje fácil ni básico, sino que el nivel de profundidad emocional y de compromiso del actor es totalmente distinto a otros papeles de esos densos que borda Roberto. Es más, creo que Roberto no concibe el trabajo si no va unido siempre al compromiso total y en todos los sentidos. y aquí hace lo mismo. Investiga, comprende, salva y entrega todo a este personaje. Pero desde luego, no es Fausto (ni falta que hace). Y Roberto, en su inmensa capacidad de vivir otras vidas, se apropia del cuerpazo de Mangiacavallo y domina todos los aspectos escénicos de tal forma, que sólo le queda disfrutar, relajarse, gozar, divertirse y reírse todo lo posible. Y sentirse hinchado y satisfecho de ver que Fontimbrás pisa con pies de gigante en el templo del teatro. Mangiacavallo consigue un nivel decididamente humano y más real y cercano que el macho alfa que dibuja Williams.
Realemente es una lástima ver estos teatros y sobre todo estas instituciones de lo que han sido a lo que son hoy. De estar en manos de los mejores directores, gestores y creadores del panorama mundial rodeados siempre de los mejores equipos a lo que se han llegado a convertir; en sitios acomodados y chiquititos con aspiraciones acomodadas y chiquititas enfocadas a un público acomodado y chiquitito. Afortunadamente siempre habrá un Roberto Enríquez que convierta en oro su trabajo en espectáculos acomodados y chiquititos.    

      

lunes, 9 de mayo de 2016

Mis cosas preferidas. La pensión de las pulgas.

He tenido la suerte a lo largo y ancho de mi vida de ver a las más grandes en escena. Bueno, desgraciadamente sólo a muchas de ellas. Nuria Espert, María Jesús Valdés, Hellen Mirren, María Fernanda D'Ocon, Judi Dench, Cate Blanchett, Blanca Portillo, Rosa María Sardá, Glenn Close... y al mas grande de los grandes del mundo mundial, Alfredo Alcón. Bueno, pues el otro día rematé mi casting viendo a un portento de actriz llamada Valeria Giorcelli. Primer puntazo. 



El segundo puntazo es el texto creado por Macarena García Lenzi y dirigido por ella misma. 
La acción nos presenta a Brenda. Está en casa. Sola. Se ha puesto un vestido elegante aunque pasado de moda. Parece la nieta de la señora Havisham. Ah, claro, está esperando visita. Esa tarde ha reunido a sus amigas de juventud para tomar el té y reencontrarse tras muchos años. Al menos Brenda no ha visto a sus amigas en muchos años. Poco a poco van llegando Laura, Ana Clara y Celina. Las cuatro están sentadas alrededor de una mesita, enfrente tienen el té, una bandejita con trufas de coco y muchos años de recuerdos. Lo que podría ser una reunión de antiguos amigos se convertirá en algo muy distinto según van pasando los minutos.



El texto de Macarena García Lenzi es un prodigio de mesura, de sentido de la progresión, de tensión, de dosificación, de dulzura y de desolación. Hurga en lo más profundo de una mente enferma y saca de ahí oro puro renunciando al merengue y entresacando una naturalidad herida y un dolor del del alma. Del que duele de verdad, del que descoloca, del que aniquila. Lo que comienza siendo una merienda; friki pero una merienda se irá convirtiendo poco a poco en un descenso a la mina de la enfermedad, a la oscuridad de la sinrazón, a los hechos inexplicables y a los recuerdos infectados que sin embargo han mantenido viva a Brenda, porque sin esos recuerdos, sin esas amigas y sin esas envidias, hace tiempo que ni siquiera estaría aquí. Si es que está aquí. Brenda recuerda lo que quiere como congelado en el tiempo y otras cosas, como si hubieran evolucionado como a ella le hubiera gustado. Se ha creado un mundo ajeno rico, peliculero, melodramático y perfectamente posible. La gorda de clase que acaba siendo modelo, la envidiada cuyo marido se pegó cientos de tiros en la sien, y la robanovios eternamente embarazada. Todas unos bichos, todas sonrientes, todas grititos histéricos, todas al borde, como Carrie y todas vivitas y coleando. 
Viven porque ese prodigio de actriz que es Valeria Giorcelli consigue dotar de carne y hueso a las cuatro amigas. El trabajo de Valeria es minucioso, valiente, divertido, terrorífico y espeluznante. Tanto que te hace pensar...si realmente está mujer está bien de la cabeza, jajjaja. No hay palabras para definir su trabajo, consigue hacer exactamente lo que haría una actriz sublime si tuviera delante a tres compañeras. Consigue mirar, ver, escuchar, dar vida y hasta palabra a sus tres compañeras. Logra incluso que sientas las respiraciones de todas ellas. La forma de mirarlas, de escucharlas, de sentirlas, de reaccionar lo que le dicen, de moverse, de transformarse, de mutar y de romperse justo como si ellas estuvieran ahí. Si ya es difícil hacer lo que ella hace teniendo a tres actrices delante, conseguir ese nivel de implicación emocional frente a tres sillas es sobrehumano. 



Si el texto es fabuloso y un arma cargada de dureza dentro de su simplicidad, la interpretación de Valeria es una de esas interpretaciones históricas y de una perfección en cada detalle y en cada mirada que se te quedan clavadas en el alma. Lo que hace esta mujer no es normal. Y entre las dos consiguen que en una horita escasa salgas con la sensación de haberte tragado sin querer una trufa de coco más que envenenada.