sábado, 18 de marzo de 2017

Furiosa Escandinavia. Sala Margarita Xirgu.

Somos lo que contamos. Cierto. Y fuimos lo que podamos recordar. Y seremos lo que nos recordarán. 




Una de las grandes obsesiones del hombre es la herencia. El por qué estamos aquí, aparte de por la conjunción de unas células. En cierta forma si somos es para dejar algo, seremos lo que dejemos. ¿Existió un hombre llamado Alejandro de Avellaneda que vivió en 1643? Quizá sí, quizá no. Si nadie le recuerda, ¿existió realmente? Ese afán de dejar algo, aunque sea un recuerdo es nuestra trascendencia. Desaparecer pero dejar una huella, dejar algo detrás. 
Hay momentos en la vida en los que la línea de calma, la "distancia de rescate" se rompe. Y flaqueamos. Ante lo imprevisto no sabemos reaccionar. Un accidente, una muerte inesperada, una ruptura, o cuando perdemos el control. En esos casos recomponemos mentalmente una y mil veces todo lo que pasó buscando la fractura, el "momento" en el que se nos fue, en el que todo pasó. Tras una ruptura reconstruyes noches de amor, encuentros, besos, caricias, momentos dulces, todo lo bello buscando la grieta. Lo inexplicable necesita una explicación. Ante un abandono, recuerdas una y otra vez los mismos escenarios y cada vez añades, decoras y aumentas lo que quieres pero sin querer. Cada recuerdo, siendo el mismo es nuevo, distinto, caprichoso. Y todos son verdad.
Los recuerdos son la mejor forma de reconstruir tu historia. La que ha pasado y la que no. Recordando recompones piezas sueltas, creas otras y todas te las acomodas como buenamente puedes para que te ayuden a vivir. O a sobrevivir. Por eso Erika reconstruye una y otra vez el momento, la puta cena en la que se le fue de las manos. Esa cena en la que el anuncio de una vida nueva destruyó la suya.
Erika trata de olvidar. Acaba de romper. Mejor dicho, la han abandonado y necesita olvidar para preservar ese amor como algo puro y para poder seguir viviendo.  Erika va a abrir su propio mapa de carreteras. Marilyn en "Bus stop" y Victoria Abril en "Átame" abrían sus mapas con sus viajes vitales. Erika abrirá el suyo, ese mapa "difícil de abrir, difícil de interpretar e imposible de volver a plegar". Erika necesita olvidar para sobrevivir. En ese viaje contará con Balzacman, un vaquero nihilista que saldrá a buscar a su propia Odette aunque Odette sea simplemente T. Erika necesita olvidar aunque sea mediante la pastilla esa que "bloquea el recuerdo chungo, lo aparta y lo elimina gradualmente". Con la segunda pastilla el coco recupera como pueda los trozos esparcidos por el espacio y los recoloca pero como le sale, distorsionados, caprichosos. Por eso la cena nunca será igual. Y por eso nunca sabemos cuál es la cena real. Una cena sin copas. Total, ¿quién las necesita para el recuerdo? 




Otra vuelta de tuerca más: ¿y si Pablo fuese T.? ¿Y si Pablo fuese el amante de Erika? ¿Y si Pablo se hubiese tomado la pastilla del olvido y ahora estuviese recomponiendo él también su propia vida? ¿Y si Pablo estuviera buscando a su Irene en T.?¿Es posible que Pablo hubiera sido amante de Irene, ella le hubiera dejado, él se hubiera tomado la pastilla y ahora estuviera recomponiendo la historia él también? ¿Y si Erika y Pablo se han vuelto a encontrar de nuevo tras sus olvidos comunes? Esa postal... no una carta, sino una postal. Una postal que escribe Pablo.
En esa cena eterna comparten vacíos y vino con sus amigos, Lucas y Sonia, una pareja de maniquíes que deambulan, se miran, se cruzan y se evitan. Lucas busca a Sonia, se ofrece a ella pero ella ni le mira, está vacía. Sonia lleva dentro el germen de la vida de Lucas pero hace tiempo que está muerta. Fértil pero muerta. Llena de él y vacía de él. Ellos no cambian, ellos repiten su ritual gélido e "infértilmente" fértil. Es el vacío de alguien que no saldrá a las calles a buscar a su Odette, que no buscará su tiempo perdido. 

Este rompecabezas hipnótico y desolador tiene unos alicientes escénicos que lo hacen IMPRESCINDIBLE. Voy por partes.   




Lo primero, voy a sacar una falta.
Antonio Rojano parece que está abonado a las salas pequeñas. "La ciudad oscura" en la pequeña del teatro ese que antaño fue glorioso y ahora es un museo. Y ahora "Furiosa Escandinavia" en la pequeña del Español. Y "Furiosa" es un espectáculo para la sala grande. Para la más grande, para una sala en la que se produzcan los milagros y las apariciones divinas. SE MERECE UNA SALA DESCOMUNAL.
Alejandro Andújar y Lola Barroso se encargan de crear una escenografía y unas luces que parecen sacadas de un cuadro hiperrealista. La escenografía es descomunal, nórdica, fría, desolada, acojonante y fantasmagórica. Un trabajazo apabullante tanto escenográfico como de luces y sombras.
Ana Rodrigo lo viste de forma natural y espontánea. Maravilla. Bruno Paena crea unos visuales mágicos y desoladores. Luismi Cobo vuelve a crear otra joya más. Un espacio sonoro de los invisibles y una música estremecedora y gélida. 
Víctor Velasco organiza todo el mejunje, dirige desde el lugar preciso y pone cada detalle en el punto justo que necesita el textazo descomunal de Rojano. Brillante. 


Y dando la cara, David Fernández "Fabu" y Sandra Arpa. Sólidos y precisos. 




Y brillando con luz propia la gran Irene Ruiz, que ya deslumbró en "La ciudad oscura". Irene es Sonia y es Agnes. Dos mundos, dos potencias y dos personalidades. La mujer llena y vacía, la amiga amargada pero naif, la madre y amante gélida y muerta en vida y por otro lado la potencia, el impulso, la energía desbocada del primer impulso, esa Agnes de ensueño, sacada de una peli de Lynch. 




Y ahora todos en pie porque voy a hablar de Francesco Carril. Es imposible definir lo que hace. ¿Cómo se puede definir la perfección? A ver, yo estaba sentado en la fila 1, a treinta centímetros de los actores y te digo que lo que pasaba por dentro de Francesco era VIDA. NO estaba interpretando sino que estaba sirviendo de medio para traer a la tierra lo que estaba pasando en otra dimensión. Como un médium. Pablo estaba realmente ahí, viviendo en el escenario. Todo lo que hace es PERFECTO, desde respirar a cada pausa, a cada gallito, a cada sonrisa, a cada nota grave, a cada mirada, a cada escucha, a cada reacción, a cada percibir el aire... TODO es prodigioso. 

Resumiendo: actores brillantes, una música, una escenografía, unas luces, unos vídeos, un vestuario y una dirección perfectas. Y sobre todo y por encima de todo, Francesco Carril y el texto acojonante de Rojano. Un monumento bestial con millones de vueltas y capas. Si en escena conviven varios planos temporales, espaciales y de realidad, imaginación, recuerdo, creación, supervivencia, humanos y vitales. Un texto para estudiarlo y rascar, rascar y rascar durante horas, días, semanas. 
Cada coma es un recoveco y cada renglón un escondite donde habitan posibilidades. ¿Quién es quién? ¿Cuál es la verdad? ¿Qué pasó en realidad? ¿Importa? 

Las fotazas fascinantes son de Javier Naval y espero que no le importe que las use.      

domingo, 5 de marzo de 2017

La Revoltosa. Teatro de la Zarzuela.

Daniel Bianco tiene una obsesión. O mejor dicho, un objetivo claro y firme. Que la zarzuela llegue al público del siglo XXI. 
Con el fin de acercar la zarzuela a los jóvenes nace el Proyecto Zarza. Almudena Pedrero se pone al frente de la coordinación de las actividades pedagógicas. En este proyecto, "La revoltosa" los máximos responsables son nada más y nada menos que David Rodríguez en la dirección musical, José Luis Arellano en la dirección escénica mientras que Guillem Clua firma la versión. Una versión año 2017 que es la pieza clave de este proyecto. Juanjo Llorens lo ilumina y Silvia de Marta diseña la escenografía y el vestuario. Tela.



El principal aliciente de este espectáculo es su intención de trascender más allá de su origen y llegar hasta el siglo XXI, concretamente hasta los chavales de hoy. Todas las licencias que se toman es posible que hagan temblar los cimientos del museo etnológico, pero son perfectamente lícitas y necesarias si queremos que los jóvenes de hoy y adultos del futuro le pillen el punto a la zarzuela, se quiten prejuicios y se acerquen a un género musical y escénico tan actual como sus responsables quieran. 
Salen los cantantes/actores a escena. Entre todos deciden que los términos y las relaciones están apolilladas, que son viejunas. Así que pasan del texto original y representan "La revoltosa" tal cual pero con lenguaje de hoy y con situaciones de hoy. Hagas lo que hagas siempre va a haber alguien a quien le parezca mal. No digo que no le guste, lo cual sería totalmente factible, sino que le parezca mal. Esta versión es DIRECTAMENTE para jóvenes, por eso está dentro de los proyectos pedagógicos del Teatro. NO pretende ser un espectáculo para la programación habitual de la sala sino con ese objetivo claro, llegar al público más joven e intentar atraerlos a la zarzuela. Eso no quiere decir que no esté tratada como un GRAN espectáculo, ni mucho menos. Sólo que la orquesta queda reducida a ocho músicos: Cecilia Aivar, Iria Rodríguez, Adrián Arechavala, Laura Algueró, Laura Rodríguez, Roberto Fernández, Raquel de la Cruz y Carmen Terol. Todos ellos sonaron de fábula bajo la batuta magistral de David Rodríguez. Todos ellos, aparte de grandes músicos, implicados en lo que vemos en escena. Bravo.
Guillem Clua ha revisitado el libreto para darle una forma infinitamente mucho más atractiva para la gente joven, actualizando términos, situaciones y haciendo comprensible para este público los enredos y la terminología de una época que hasta para nosotros a veces resulta añeja. Si uno de los retos de la zarzuela hoy en día es seguir viva y acercarse al público, imagínate para la gente joven, no acostumbrada a estas movidas. Así que bravo por Bianco, por Almudena, por Guillem y por todos los implicados.
Aparte de que el espectáculo como tal es divertidísimo, ágil, entretenidísimo y maravillosamente interpretado, tengo que confesar que lo que mas me impresionó fue vivir en medio de ellos, las reacciones de los chicos (y chicas, claro, ya me entendéis). Sólo sonó un móvil durante toda la función (y a lo mejor era de un profesor). Los más de 900 chicos que había en el teatro guardaban un silencio sepulcral, señal de que estaban pegados a lo que estaban viendo. Y lo mejor de todo fue que en los momentos en los que se menospreciaba a las mujeres o se producían actitudes machistas, el teatro entero bramaba, aplaudía y abucheaba con una naturalidad que sólo nace de la implicación total. ¡¡¡Existe un futuro!!! De verdad, era impactante comprobar cómo estaban tan pendientes de lo que veían que se implicaban en lo que estaba pasando. 



Sobre el escenario vemos a un grupazo de actores y cantantes que son los principales responsables de esta conexión brutal con el público. 
Vecinas y colegas del barrio: Paula Sánchez, Antonio Buendía, Beatriz Arenas, José Luis Fernández, María Arévalo y Cristina Teijeiro.
Natán Segado y José Luis Fernández como los dos simpatiquísimos Chupitos. 
Felipe Forastieri es el estirado Candelas. Perdón, ¡¡Señor Candelas!!  Lo añejo, la tradición inmovilista. 
Javier Ariano, José Miralles y Joselu López son los tres vecinos machistas y juerguistas. Los infieles y repelentes novietes tan entrañables como criticables. Brillantes. Especialmente José Miralles se llevó al público de calle con su chulería y solidez en el escenario. 
Nuria Pérez, Cielo Ferrández y María José Garrido son las tres pobres engañadas. Graciosas, femeninas y firmes. Mujeres con los pies en la tierra y muy claro su lugar. Tres heroínas.
Como Felipe y Mari Pepa dos monstruos de carrerón indiscutible. 



Ana Cristina Marco es un mezzo de voz prodigiosa y una presencia escénica brillante. Grandísima actriz. Y decir Alberto Frías es decir genio. Desde hace años es una presencia habitual en los escenarios. "Como gustéis", "Vida de Galileo" y dos maravillas, "Excítame" el fantástico musical dirigido por José Luis Sixto y el "Fausto" de Pandur. Ahí es nada. Y se nota en su forma de pisar el escenario y de dominar el ritmo, las pausas, la progresión y con un carisma abrumador. Grandiosa pareja protagonista. 



En definitiva, fabuloso espectáculo con una grupo de músicos fantásticos y un elenco brillante y sin fisuras. Gran trabajo de David Rodríguez, José Luis Arellano, Guillem Clua, Juanjo Llorens y el esto de responsables. 
Y sobre todo, gran y acertadísimo trabajo de Almudena Pedero y de Daniel Bianco acercando de manera inteligente y generosa este género al público del siglo XXI. Estoy seguro de que más de uno de los chicos presentes se ha convertido ya en un espectador habitual de zarzuela. Mientras la zarzuela siga viajando con los tiempos y sus responsables desviviéndose por acercarla al público, este maravilloso género jamás morirá. 

  
 Por cierto, las maravillosas fotos son de Javier del Real y me las ha facilitado generosamente el propio Teatro de la Zarzuela. Millones de gracias. 

sábado, 4 de marzo de 2017

Vientos de Levante.

El levante es el viento más puñetero. "Destroza nervios, ilusiones y cristales". Es cierto, cuando sopla levante es mejor quedarse en casa y cruzar los dedos para que pase pronto. 

Sinceramente creo que en esta ocasión, el alma de este trabajo de Carolina África está compartido. Carlos Matallanas es un origen, un referente y una inspiración casi vital. 
Frente al levante lo mejor es cobijarse en casa. Y frente a una enfermedad terminal también. No digo cerrarse, sino buscar calor, sentir calorcito, seguridad, afecto y hogar.
Carolina África es la brillante autora de este texto. También lo dirige. Afortunadamente. 
En el texto de Carolina están todos los ingredientes que hacen de este un textazo universal y eterno. 
Cuando a un ser humano vivo y sano le dicen que la suerte ha hecho que la enfermedad le toque con su varita cruel, el mundo es posible que se derrumbe. En ese momento puedes optar por dos caminos igual de respetables. Puedes hundirte y no asumir que junto a la vida va pegada la muerte o puedes intentar buscar calor. Puedes optar por intentar asumir que la puta casualidad ha hecho que la célula pocha te toque a ti, que la vida va a tener un fin quizá más programado que el de los demás y que eso no significa que dejes de gozar del sol, de la paz, de un vino, de una puesta de sol o de un beso relleno. 



Carolina es Ainhoa, una mujer a la que se le tambalean sus andamios. Trabaja escribiendo, que es lo que más le gusta del mundo, aunque no escribe de lo que ella quiere o necesita. Va a buscar a su amiga Pepa, una psicóloga que trabaja en dos centros, en uno con enfermos mentales y en otro con enfermos terminales. Pepa vive y goza sin muchos límites en dos mundos distintos y cercanos. Por las mañanas con seres que viven separados del mundo por una delgadísima frontera y por las tardes con seres que tienen el fin de sus días a la vista. Unos y otros viven al margen de tontunas, han tamizado preocupaciones de celofán y miedos sin gluten. Los locos dicen verdades sin tapujos y los enfermos viven intentando gozar y protegerse. Yo he tenido muy, muy cerca a un enfermo terminal y en esos años pude comprobar que la serenidad es una forma de vida y que la compasión es caca. Los sanos sufren a veces por egoísmo. Lícito, pero egoísmo.  
Carolina habla desde la normalidad. Sus personajes están vivos, son reales, dicen palabras cotidianas, construyen frases reales y cercanas. Al meterse en temas propicios para los edulcorantes, colorantes y conservantes, toma la mejor postura posible: olvidar las frases de carpetera, la actitud condescendiente y asumir que vida, muerte, salud, enfermedad, cordura y locura son circunstancias cercanas, puntuales y caprichosas.
Las situaciones son reales, vivas, terroríficamente habituales y no usa artificios para buscar la lágrima (la condescendiente, esa repulsiva) sino que la lágrima sale sola porque Carolina, se pone y nos pone en la Tierra. Nos presenta a la vecina de arriba, a nuestra prima o a nosotros, nos abre un orificio y nos hace una endoscopia emocional salvaje a la vez que delicada y respetuosa. Nos coloca al lado de unos seres removidos por muchos levantes. O la locura, o la enfermedad o el vacío. Esos levantes trastocan a los personajes pero siempre desde el amor a la vida. 



Hace muchos años yo trabajé en un centro de discapacitados mentales, Down, paralíticos cerebrales, etc... y en una asociación con enfermos terminales. Los levantes con los que vivían muchos de ellos no les tenían torturados. Muchos optaron por vivir con la vista puesta hacia delante. Otros no, normal, otros estaban hundidos. Cada uno vive sus circunstancias desde donde quiere y como buenamente puede. Los héroes no son los que luchan ni los que se curan; los héroes son los que viven como quieren o pueden sin querer hacerlo de otra forma. Los personajes de "Vientos de levante" miran serenamente hacia el horizonte. Con una naturalidad que es la que mueve. Ahí está la grandeza del texto de Carolina. En no mirar con tristeza ni con condescendencia a nadie y hablar desde la calle, desde la verdad verdadera y con las palabras que usamos día a día. Por eso su endoscopia nos taladra, porque habla desde la verdad. 
Esa filosofía la lleva a la puesta en escena de forma ética. Ese detalle aparentemente tan sencillo como es agitarse el pelo con las manos para escenificar  el viento es magistral. La complicación, el artificio escénico se salva con un recurso naif, te agitas el pelo tú misma con las manos. Ya está. Sin herramientas, sólo con verdad. Con lo más sencillo. A eso yo lo llamo posicionamiento ético. Ese gesto resume lo que quiere Carolina y cómo lo quiere. Frente a lo complicado, sencillez. Pa qué más.
Cuenta además con un reparto glorioso. Paola Ceballos, Jorge Mayor, la gran Pilar Manso y un inmenso Trigo Gómez junto con la propia Carolina son un ramillete de gentes normales. Intérpretes potentes y serenos, descomunales y cercanos. Odiosos, repelentes, adorables, débiles, defendiéndose de la vida como buenamente pueden. Para comértelos vivos. 



Esto es teatro. Historias que mueven, que conmueven. Teatro sin artificios, sin apoyos. Historias, seres vivos, actores reales y un resultado tan real como vivo. Teatro con mayúsculas que merece y tendrá seguro un larguísimo recorrido. Este es el teatro que queremos ver en los grandes escenarios, teatro del grande.     

He nacido para verte sonreír. Abadía

Hace tiempo un señor me llamó "Paulino" y "Messiánico", supongo que por mi pasión y admiración descomunal y pública hacia Pablo Messiez. Me da que pretendía ser un insulto o al menos un desprecio. Nada más lejos. Para mí es un honor, un lujo y una constante. Viendo espectáculos como "He nacido para verte sonreír" uno sólo puede reafirmarse en sus creencias. 



El texto de Santiago Loza es una apisonadora. 
A pesar de las insistentes recomendaciones, no conocía a este autor argentino. Y siento haber perdido el tiempo porque la calidad, la profundidad y el calado de este texto son incuestionables.  El texto de Santiago Loza es de una belleza casi tan salvaje como su dureza. Neorrealismo, melodrama, poesía, desgarro, hábitos, pena, despedida, agua, instintos y lejanía. Todo inundado de un dolor y de un lirismo desgarradores.
Un chico entra en la cocina de su casa y enciende la radio. Suenan Los Panchos. Entra su madre. Hoy toca despedirse, el hijo va a emprender un largo viaje. Y aún queda tanto por decir... La madre intentará recomponer lo que ha hecho las horas antes a la vez que trata de recolocar las piezas de una vida ahora vacía. Su vida está tan despedazada como los frágiles recuerdos de lo que ha hecho esa mañana. Una mujer desesperada y a punto de vaciarse trata de buscar un sentido a lo que ha vivido hasta ahora para poder enfrentarse a lo que va a vivir a partir de esa tarde. Si consigue recomponer esas horas, quizá logre encontrar la grieta, el "momento" en el que perdió el lazo. Intenta despedirse de un hijo que hace tiempo que emprendió su propio viaje. Él hace tiempo que se separó de su madre y del mundo. Ella necesita recomponer su vida y comprenderla para poder separarse de su criatura. Pero Miriam es incapaz de conocerse a sí misma, así que conocer a Rubén es misión imposible. No nos conocemos y mucho menos conocemos al otro, aunque sea al que amamos. "Soy otra cosa que no sé". Esa es la distancia insalvable que va a querer acortar Miriam antes de separarse de su hijo. "Sin ti no podré vivir jamás. Sin ti qué me puede ya importar, si lo que me hace llorar está lejos de aquí".
Dos seres habitan el escenario. Isabel Ordaz y Nacho Sánchez.. 

Elisa Sanz ha creado con la ayuda de Paula Castellano un espacio mágico, seco y caliente. Un nido. Literalmente. Es un nido maternal y calentito como el que cuelga del techo. Las ramas que rodean la cocina son las ramas que la madre ha ido entrelazando a lo largo de sus vidas como espacio de seguridad. Ya no sale, le molesta hasta el sol. Y el exterior. Total, lo único que le importa en la vida está dentro de esa casa, aunque lejos. Ella ha construido un nido uterino del que no quiere salir y del que no sabe si podrá vivir cuando el polluelo lo abandone. Sobrecogedor trabajo. 
Nicolás Rodríguez ha diseñado el sonido. Desde esa radio saldrán los dolores más desgarradores y nos envolverán hasta el paroxismo lacrimal. Y la nevera. Esa nevera...diossssss.

Paloma Parra ilumina el nido. Abro la boca y  grito que este trabajo de Paloma es uno de los trabajos más precisos y preciosos que he visto en mi vida. Es algo que no es de este mundo. Es luz con vida. Desde el deslumbre más blanco y limpio hasta las sombras inasibles de las necesidades del otro. "¡Mírame!". Las luces salen directas de tu alma o del corazón de Miriam, pero son sentimiento, son alma, son dolor y son verdades ocultas. Es imposible imaginar una iluminación distinta, es el halo, al aura, la esencia. "Folle ivresse, doux rêve". 
Hasta las fotografías de Sergio Parra parecen irreales. Pero no lo son, son sencillamente prodigiosas. 

Y por supuesto la mano gloriosa de Pablo Messiez. Coloca cada pieza en el punto exacto que necesita la obra para que el engranaje salte de donde quiere a donde pretende. Se coloca y nos coloca en un rincón silencioso de esa cocina desde donde casi en silencio, aguantando la respiración, veremos a estos dos seres casi como si se tratara de un hormiguero de esos que salen en los documentales que están cortados por la mitad y protegidos por un cristal. El sitio que elige es el más delicado y amoroso. El sitio en el que el drama se ve con amor y sin aspavientos y la ternura es cobijo. Justamente ahí, donde Pablo se coloca y nos coloca estamos a salvo, estamos cobijados y calentitos frente al dolor ajeno. Se puede pensar que en un monólogo todo el poderío está en el intérprete y en su capacidad y que un director hace poco. Lo primero, esto no es un monólogo. Aunque la única que hable sea Miriam, no es un monólogo, porque el diálogo con su hijo está vivo. Dosificar, crear un idioma, un tono y un código especial y único en los actores es la labor del director. Sacar lo personal de cada uno y colocarlo en medio de una historia en la que Pablo ha decidido situarse en un rincón, el rincón del alma de la madre. Igual que la música es la única de las artes que no va mediatizada, te inunda o no te inunda, pero es siempre primaria y salvaje, así es el trabajo de Pablo. Es tan certero que es invisible, todo parece que fluye, que es así "naturalmente" y claro, esa "naturalidad" es la mano, la sensibilidad y el talento descomunal de alguien que mira y ve. Y que ve más. Y que ve más que todos.

Quien no conozca a Nacho Sánchez y a Isabel Ordaz va a desvanecerse en su propia baba. Es imposible estar mejor. Tal cual. Los dos transitan por mil millones de sitios todos más peligrosos que el anterior. Descomunales y valientes. Quien SÍ conozca a Nacho Sánchez y a Isabel Ordaz va a desvanecerse en su propia baba. Porque lo que hacen es de otro planeta. Nacho tiene la parte a priori más ingrata. No es que no hable, no es que escuche, es que vive en otro mundo. Pero es que Nacho está en otro mundo. Desde que se deja llevar por la música empieza a volar por su mundo y sólo en contadas ocasiones responde a palabras que oye en medio de la verborrea materna. Algo oye que le trae a la tierra por una décima de segundo. ¿Qué pasa, qué dice Miriam para que de pronto Rubén parezca que conecta? ¿Qué hay en las palabras? ¿O es lo que hay entre ellas? ¿O lo que ellas provocan? Delicado, sublime, ajeno, jugando con las sombras del nido, las sombras misteriosas e inasibles que flotan por esa cocina uterina.

Isabel Ordaz hace posiblemente el mejor trabajo de su vida. Es una madona protectora, amorosa, cálida, recelosa de Laurita, la ajena. Es italiana, es mediterránea, es cálida, es la niña que aprendió a cantar sin voz, es mamá gallina y es el alma herida que busca entender a su hijo, el silencio de su hijo, del nacido de sus entrañas, de lo único que tiene. Y lo tiene lejos. "¿Dónde estás? ¿Lejos? ¿Cerca?" "Estoy sola en la realidad. En realidad estoy sola". Es una madre que intenta y necesita estar cerca de su hijo. De un hijo que ni la mira. Necesita recomponer este último día para que su vida de recoloque y así poder comprender y asumir su vida y su soledad. No sabe qué hacer con su amado hijo ni cómo hacerlo. Ha salido de ella, estaban los dos desnudos al nacer y sin embargo su hijo no está ya. Y ella le necesita para vivir. Necesita una sonrisa suya, porque ella ha nacido para verle sonreír. Ya está, sólo eso, sólo una sonrisa. Es una mujer así, con su glamour, con su elegancia y su lado tontuno. Pero de pronto surgen frases demoledoras, misteriosas y casi primitivas, salvajes, griegas y la comedia neorrealista se vuelve tragedia. ¿Por qué amando y necesitando tanto a su hijo que casi podría huir con él, los dos solos, a morir juntitos, ha decidido internarle? Todas esas preguntas, esos recovecos y esos grises los tiene Isabel Ordaz. Equilibra a la perfección la tentación de utilizar sus recursos efectivos y confortables para no llevar a su Miriam a la comedia. Se para y no cae en la tentación de querer notar que está llegando al público. Un actor siempre desea gustar y notar que lo que hace es recibido y entendido. La Ordaz se queda justo en el filo de ese abismo y prefiere arriesgarse a no saber qué está pasando y hacer lo que tiene que hacer. No se puede hacer Miriam si no es desde ahí. 

Si hay espectáculos que se te meten en los tuétanos, te inundan y te rondan durante muchos días "He nacido para verte sonreír" es de esos. Todo es armonía, delicadeza, dolor y amor. Como para no ser Paulino y Messiánico. Y Lozista.   
Pillad entradas YA. Aunque fijo que prorrogarán y prorrogarán y girarán y girarán, cuanto antes lo veáis, antes repetiréis.


domingo, 26 de febrero de 2017

In memoriam. La quinta del biberón.

DIGNIDAD.



Siempre que hacemos teatro hacemos política. De una u otra forma. Al menos así debería ser.
Tras el golpe de estado de Franco, si España ya estaba dividida, se dividió más. Una guerra entre hermanos, vecinos y amigos. En este espectáculo nos recuerdan lo que ocurrió en 1938, cuando el ejército republicano "reclutó" de manera forzosa a chavales de 17 años, "la quinta del biberón", unos niños inocentes "como los niños de 12 años de ahora". 
El punto de partida de este trabajo parece ser que fue una lectura entre el director y los actores de testimonios reales de los supervivientes de aquel horror. Esos testimonios reales unidos al ingente material recabado sobre el tema han acabado por llevar a los escenarios este espectáculo necesario y brutal.   
Un tío de Lluís Pasqual fue uno de esos críos muertos de esa quinta. En su casa nunca se habló del tema. Parece ser que tras analizar los testimonios de los pocos supervivientes hay tres ideas que sobrevuelan todos los relatos: el sentimiento de amistad surgido entre ellos, el miedo que pasaron y una especie de pacto para no hablar de la muerte.
Aquí se habla de amistad, se habla de miedo y se habla de la muerte.
La memoria es de las pocas cosas que nadie nos puede robar. El recuerdo de lo vivido, la herencia de lo sufrido y el poso de lo gozado. Durante cuarenta años los golpistas ganadores vivieron a sus anchas y acallaron las otras voces, las de los perdedores, las de las víctimas del golpe de estado. Muerto Paco la lucha por recuperar el sitio y el recuerdo de los perdedores está siendo una lucha titánica y casi imposible. Son los hijos, son los sobrinos y son los nietos los que están empezando a hablar, a contar en voz alta lo que sus padres, sus tíos o sus abuelos no pudieron decir. En eso consiste la memoria, en colocar cada pieza en su sitio, en devolver la dignidad al que no tuvo derecho a tenerla y en poder hablar del pasado y de su crueldad. 



En los Óscar, en los Goya, en cualquier gala de este tipo hay un "In memoriam". En los Óscar quitan el sonido de la sala para que no sepamos a quien se aplaude más. Aquí, en los Goya es descarado cómo aplaudimos más a los conocidos y directamente NO aplaudimos a los que no conocemos. Somos así. Por eso en este "In memoriam" se les da voz a los muertos, a los perdedores, a los niños enviados a la muerte. Era necesario devolverles la dignidad.
Este espectáculo nos cuenta los horrores que tuvieron que soportar estos críos, enviados a una guerra de la que, en muchos casos sabían poco. En este caso fue el ejército republicano el que mandó al matadero a estos niños. Aunque esto pasó y pasa en todos los bandos en todas las guerras en todo el planeta. 

"In memoriam. La quinta del biberón" es una especie de teatro documental. Datos, fechas, imágenes mezcladas con testimonios y con algún episodio de una dureza tan bestial como los propios hechos (el atisbo de simpatía haca el enemigo cercano, las carreras de piojos, el tabaco...). El texto es una maquinaria de relojería que consigue sin que nos demos cuenta y bajo una falsa sencillez, ir subiendo en intensidad hasta hacerse irrespirable. Varios momentos culminan esta montaña rusa emocional; la primera muerte y el punto final. Tres partes: el reclutamiento, la convivencia y la despedida y dos respiros necesarios. El primero cuando los actores "salen" de sus personajes y nos cuentan sus afectos reales y el segundo... no lo puedo contar, pero es un minuto en el que el aire se relaja, respiras hondo, te tragas las lágrimas y el teatro entero RECUERDA a aquellos chicos. 



A este prodigio de texto hay que añadir una puesta en escena bellísima. Unos músicos: violines, violonchelo, clave y órgano y un cantante, Robert González acompañan en todo momento a los actores. Monteverdi o Purcell nunca habían sonado tan dolorosos. Detrás, una pantalla gigante en la que se proyectan las imágenes reales y los discursos reales. Unas estructuras que son puente, trinchera, tienda de campaña, casa y refugio. Los actores entran y salen con una comodidad asombrosa. Ritmo, solidez, maestría y sobre todo, un punto de vista plagado de respeto, de calor y de amor a lo que se cuenta. Lluís Pasqual da otro recital de maestría como director de escena. Se coloca en el centro de la Historia, en medio de la trinchera, se mezcla con los soldados, con los críos y nos cuenta su matanza desde el respeto absoluto, desde la dignidad, desde el recuerdo y desde la reivindicación de la memoria. De sus mejores trabajos. Y decir esto de un director que colecciona obras maestras es decir mucho. 
Fabuloso trabajo de Alejandro Andújar plantándoles unos uniformes sucios, medio rotos, unas alpargatas imposibles y una imagen salida de una foto de Capa. Pascal Merat ilumina la escena pasando por todas las horas del día y todas las emociones de una vida. Magistral. Como el trabajazo de Franc Aleu y sus vídeos. Memoria y emoción. Roc Mateu e Igor Pinto nos meten en medio de la trinchera. Es imposible que una explosión suene más real. 



Y ahora, todos en pie porque voy a hablar de los actores.
El primer minuto confieso que me resultó desconcertante. Mis oídos no sabían qué opinar. Hasta que a los 50 segundos comprendí lo que pasaba. En ese momento empecé a flipar con lo que estaba viendo. Los seis intérpretes, actuantes, mutantes, seres vivos, niños, soldados, actores que viven durante hora y pico encima del escenario hacen un trabajo de esos que se ven pocas veces en la vida.  Han estudiado en profundidad las acentos concretos de los lugares de nacimiento de sus personajes. Evidentemente no se habla con el mismo acento en un pueblo que en otro. Ellos consiguen que cada uno suene totalmente diferente al otro. El efecto que se consigue con esto es prodigioso, porque puedes notar en el escenario varios planos de realidad o de recreación vital. Está el plano en el que hablan en castellano pero con sus acentos concretos, cuando hablan en catalán y cuando hablan en castellano sin acento. Estos tres planos de realidad dan una dimensión asombrosa y casi invisible que es parte del poder demoledor de esta trabajo.
Pero no sólo eso que ya de por sí es bestial, sino que emocionalmente construyen unos seres vivos únicos y distintos. Amas a los seis y quieres saltar al escenario y abrazarlos para cuidarlos y curarles. Hacen un trabajo que sale del interior. Conseguir que cada uno tenga una expresividad distinta, que su gestualidad sea única, que su centro emocional sea uno distinto en cada uno, que reciban cada uno de una forma, que a cada uno le nazcan las palabras de un sitio, que sientan el dolor en una parte diferente es producto de un trabajo emocional profundísimo. Eso sólo pasa si uno realmente se convierte en el otro, si das vida al otro. Así nace sobre el escenario un ser real. Los seis están absolutamente perfectos y estremecedores. Por si no te has dado cuenta durante la función, en los monólogos finales terminarán de mutar en esos chicos reventados por la guerra. 
Joan Solé y su vozarrón te traspasa el corazón y hace que te de hasta vergüenza estar escuchándole. Es un mastodonte en el escenario. Fuerza y solidez.



Enric Auquer es el chaval simpático, macarrilla, tierno y descarado. Todo un recital. Mil matices en una sonrisa socarrona.



Joan Amargós es tierra. Es dolor, es sacrificio y sufrimiento digno. La amargura del dolor. Un dios. 



Quim Ávila tiembla y tiembla tu corazón con él. Es la debilidad, el miedo y la soledad del distinto. 



Lluís Marqués es como una grieta en el suelo, como los restos de un terremoto, es ruinas y es desolación. Un cuerpote desconchado. 



Eduardo Lloveras es desgarro. Es una raíz arrancada de la tierra. Es la sabiduría de un refrán y la verdad de un abuelo.    



Recital interpretativo de estos seis monstruos generosos y valientes. Gracias a todos ellos. Gracias a todos los participantes en este necesario y brutal espectáculo. Y gracias a Lluís Pasqual por dar sitio y voz a estos jóvenes, a los olvidados, a los perdedores, a los que no habían tenido derecho a hablar. Recordar es devolver la vida y devolver a la vida y recordando a este grupo de chavales les devolvemos una parte de la vida que les robaron. 


   

Las fotos que he compartido son del grandioso Ros Ribas. Obras de arte, como siempre.

lunes, 30 de enero de 2017

El cartógrafo. Sala Fernando Arrabal.

Juan Mayorga ha escrito el texto y además se pone al mando para ponerlo en pie, para darle vida. Claro, nadie mejor que él para saber exactamente qué quiere decirnos, cómo y desde dónde.
No sólo sale airoso del empeño sino que consigue dar vida a una historia de muerte de forma brillante. Aunque para ser sinceros, esta aventura es una aventura a tres bandas. Mayorga, Blanca Portillo y José Luis García Pérez. Tres pilares bestiales.



Mira, para no hacer lo de siempre voy a empezar por lo que menos me ha gustado. 
Intentaré no destripar nada del argumento, cosa difícil. Así que el que no quiera saber, que no lea. Bueno, no, qué coño, voy a destriparlo todo, así que NO sigáis leyendo si no queréis que os reviente la función.
Esta función para mi gusto tiene un hándicap. Es demasiado buena. Me explico: la historia del abuelo y la pequeña en el gueto es sobrecogedora, descomunal, interesantísima y emocionante. Tanto que mi cuerpo me pedía más desarrollo todavía. Creo que esa historia se merecería una función para ella sola. La historia del matrimonio en crisis me interesa tanto y es tan rica que se merecería una función para ella sola. Y la historia de la cartógrafa errante me interesa tanto y es tan dura que se merecería una función para ella sola. La pena es que al juntar y mezclar todas estas historias estremecedoras e interesantísimas el espectáculo que y dura dos horas y pico se pondría en cuatro horas y claro, no es plan. 
En serio, el texto es una maravilla, una joya de esas de relojería en las que cada pieza, cada elemento, cada frase dicha significa algo dentro del orden universal. Una bomba. 
La puesta en escena es igual de sólida. Un espacio delimitado por unos actores que incluso antes de empezar ya dejan claro que son dos actores, que lo que cuentan es una historia escrita. No crean "verdades" falsas, las interpretan. Salen, pegan una cinta adhesiva en el suelo, hacen señas a los técnicos y comienza el rito. Un rito falso en el que ellos solos interpretan todos los papeles. Sin "meterse" en el personaje, ni haciendo ninguna ouija, tal cual, poniéndose una boina o arqueando la espalda. Incluso en un momento dado el dolor es tan insoportable que los propios actores paran la función y "confiesan" que es tan tremendo lo que cuentan que han sido incapaces ni siquiera de ensayarlo y montarlo. No sé si es cierto o si es parte del "montaje" , en cualquier caso podría ser perfectamente cierto, lo primero porque efectivamente lo que cuentan es tan duro que es insoportable y lo segundo, porque ya han establecido la premisa de que lo que vemos es ficción y ellos dos actores. Que de pronto paren la función entra dentro de lo posible. Además, qué quieres que te diga, pero hasta yo como espectador necesitaba un momento de oxígeno y distanciarme aunque fuera unos segundos me ayudó a sobrellevar tanta intensidad. 
Mayorga mueve a sus actores con total impunidad por el espacio, les coloca, les descoloca, les da poder y les hace vulnerables con un simple oscuro. Y a veces ni eso. Por tol morro. Y ellos, como dignos emisarios de su mensaje en el escenario, actúan, recrean, crean, viven y sufren  por tol morro también. Todo el engranaje es sólido y funciona a la perfección. Cada piececita. Eso convierte a "El cartógrafo" en un ejemplo de TEATRO así con mayúsculas bien hecho. Sincero y bien hecho. Sí, el tono es el drama mezclado con pinceladas de melodrama, pero es lo que es, es sincero y como tal funciona. Y yo como espectador me seco las lágrimas que me provoca ver las lágrimas de Blanca y quiero consumirme viendo cómo se consume José Luis. 



Alejandro Andújar ha creado un espacio mágico y lo ha vestido y decorado de rojo. Todo es rojo. Sí, rojo. Rojo sangre, rojo pasión, rojo muerte o rojo rojo. Pero rojo. Y lo que parece un recurso antiguo no lo es porque milagrosamente cobra vida y lo evidente pasa a ser mágico y el sufrimiento, la duda, el dolor y la búsqueda se hacen cuerpo. Cuerpo rojo. Maravillosos vestuario y espacio escénico.
Las luces de ese mago que es Juan Gómez Cornejo son sencillamente magistrales. Son unas luces salidas del interior de los personajes. Los únicos momentos azules y blancos. Frío, muerte, soledad y vacío. 
Mariano García creo un espacio sonoro y una música vibrantes y estremecedores. Puras sombras. 

Blanca Portillo y José Luis García Pérez son indiscutiblemente dos de los mejores intérpretes de este país. Y de cualquier país. Así, en general. 
Aparecen, se arrancan, desnudan su alma, ponen en medio de la sala los lugares más dolorosos de sus propios seres, cambian, intercambian, suben, se tiran, nadan, bucean, se flagelan, se hieren y se dejan morir. Si piensas en dos actores hiperdotados, con una capacidad infinita de convertir en "real" cualquier texto y de dar vida y cuerpo a un puñado de personajes apenas con dos pinceladas, esos son ellos dos. Además del texto, ellos son los máximos responsables de que la función sea una apisonadora. Son una pantera y un león enjaulados y pasan del grito estremecedor de la muerte a la dulzura de una caricia pequeñita. Dos prodigios. 



Fabuloso espectáculo que merece una muy larga vida. Texto fantástico (quizá demasiado), luces dolorosas, vestuario perfecto, espacio de diez, música estremecedora, muy buena dirección y sobre todo, dos ACTORES prodigiosos regalando unos trabajos comprometidos, dolientes y generosos.        

La Villana. Teatro de la Zarzuela.

La verdad es que es un gustazo ir a la Zarzuela y ver que le público es cada vez más variopinto. Distintas edades, vestimentas, peinados y predisposiciones. Un gustazo y un mérito grandioso de los responsables de este Teatro, quizá uno de los más bellos de Madrid. 

Lo que más me ha gustado de "La villana" ha sido la inmensa partitura de Vives. Es de una magnitud abrumadora y Miguel Ángel Gómez Martínez saca un rendimiento de la ORCAM asombroso. Casi diría que la orquesta de la Comunidad de Madrid nunca ha sonado mejor. Quizá en algunos momentos faltara un pelín de homogeneidad pero la potencia, la dulzura, el salero y la picardía estuvieron presentes en todo momento. 
Como destacable es también el trabajo del coro. Aunque actoralmente estuvieran algo quietos (problema general de todo el espectáculo) cantaron como dioses. Especialmente el segundo acto fue apoteósico. 




En cuanto al elenco, nosotros vimos al segundo reparto. Debo decir que el resultado era bastante desigual. Javier Tomé está espléndido haciendo al ciego. Buena voz y buen trabajo actoral. Manuel Mas y Sandra Ferrández cantan bien y mientras él compone bien su personaje (bastante desdibujado en esta versión, todo hay que decirlo), Sandra trabaja en un tono paródico que no ayuda nada. Su forma de andar es exagerada y nada natural. Es cierto que los personajes no dan para mucho, pero de ahí a querer buscar rasgos pintorescos donde no tendría por qué haberlos, hay una distancia. Milagros Martín canta que es un gusto, con una voz grande, poderosa y expresiva y es muy buena actriz. NO así su compañero Ricardo Muñiz que canta bien pero está perdidísimo actoralmente.  
Rubén Amoretti es un figura indiscutible. Tiene un vozarrón impresionante y un peso escénico sólido y brutal. Pero así como en el rey Enrique III está fabuloso, sobrio y con una gran presencia, el judío es también bastante paródico y su afán por moverse todo el rato le lleva a pecar de caricaturizar demasiado ese personaje. Carlos Lorenzo es un valor seguro. Es un pedazo de actor como la copa de un pino, se ha movido por mil estilos y géneros y domina la palabra con una facilidad pasmosa. Así que cada vez que abre la boca todos flipamos con su soltura y naturalidad diciendo ese verso tan enrevesado. Grandioso. César San Martñin es un Peribañez fabuloso. Tiene una voz grandiosa, llega perfectamente a cualquier sitio y su presencia es agradable, simpatiza con el público y quieres que sólo le pasen cosas buenas. Aunque cantó todo de maravilla, su romaza final, "Señor, aunque villano, tengo sangre cristiana", la famosa romanza del perdón fue absolutamente perfecta.    
Maite Alberola tiene una buena voz, su timbre sin ser especialmente único sí resulta seductor y además posee una buena técnica y llega bien a todas las notas. Quizá ataque los agudos con demasiado esfuerzo. Quiero decir, que es como si pegara un apretón de diafragma para encarar ciertas notas. Eso sí, la composición de su villana Casilda me pareció poco certera. Y no digo que ella esté mal, Maite Alberola está dulce, fina, elegante y no se arruga con nada. Pero claro, se supone que el personaje es el de una campesina, con lo cual, ser fina, dulce, elegante y no arrugarse no son cualidades demasiado acertadas. 




Y para mi gusto el triunfador de la noche fue de lejos Andeka Gorrotxategi. Su Comendador fue histórico. Yo le conocía únicamente de un Requiem de Verdi que cantó con Amoretti, María Luisa Corbacho y la grandiosa Carmen Solís. Yo ahí ya flipé vivo. Tiene un timbre bello, una seguridad cantando pasmosa, es guapo, galanazo y tiene una presencia escénica asombrosa. Principalmente es que canta como dios y encima actoralmente está siempre en su sitio y en el tono en el que debe estar. La famosa endecha, "Tus ojos me miraron" fue sencillamente estremecedora. Se llevó la mayor ovación de la noche con diferencia y en los saludos se le veía sonreír pletórico, satisfecho de las sensaciones que él mismo había sentido. Emocionantísimo.

Ahora voy con los aspectos negativos. Y esta vez sí los hubo. Natalia Menéndez es una sabia de los escenarios. Ha trabajado toda la vida en todas las ramas y desde hace bastantes año dirige el Festival de Almagro. No hay rincón de la profesión que no conozca. Sin embargo en esta ocasión creo que ha cometido varios errores. Creo sinceramente que no ha dirigido actoralmente lo suficiente sus actores. O no ha logrado mejores resultados. Las escenas de amor entre los dos campesinos son excesivamente estáticas e incluso a los momentos entre Casilda y Don Fadrique les falta dinamismo. Se limita a colocar a los actores de cara al público (supongo que para que se les oiga bien) y se limita a colocar al hombre en la parte de atrás y a Casilda en el proscenio y dejar que se canten de espaldas. En el momento en el que dicen los textos hablados se multiplican las carencias. Y eso debería haber estado trabajado más en profundidad. Porque hoy por hoy no basta con cantar bien. Hay que ser buen actor y ahí alguno falló. 
Por otro lado, aunque desconozco la versión original, en esta versión parece que se han reducido los personajes o al menos el desarrollo de varios personajes. Blasa y Roque por ejemplo quedan desdibujadísimos. O mejor digamos... nada dibujados. Como Juana Antonia y Miguel Ángel. Quizá, y digo sólo quizá el apostar por la figura del lazarillo de Carlos Lorenzo no hay sido acertada. Y no por Carlos, que está fantástico, sino porque quizá al incluirlo la duración se multiplicaba y han acabado por cortar de otros lados. Seguramente estas dos parejas aporten poco al meollo de la historia y sean fácilmente prescindibles, pero... han quedado quizá demasiado poco definidos.




Buena escenografía de Nicolás Boni y correcto vestuario de María Araujo. Aunque insisto en que Casilda no es muy villana. Está demasiado elegante y parece mas la marquesa  de la zona que una humilde campesina. Destacables las preciosísimas luces de Juan Gómez Cornejo. Son mágicas y bellísimas y realmente es como si vieras pasar las horas del día en el escenario.    

Resumiendo, no es la mejor producción de la Zarzuela. Sinceramente creo que el trabajo de Natalia Menéndez no saca todo el provecho que podría haber sacado del elenco en general y que el tono "clásico" no ayuda tampoco a dar una visión novedosa de la obra. Y si en el siglo XXI no damos un toque distinto a los espectáculos no avanzamos. Grandes voces, especialmente el grandioso Andeka Gorrotxategi y un Carlos Lorenzo brillante. 

sábado, 28 de enero de 2017

Las brujas de Salem. Valle Inclán.

Es una pena que en su momento no se conservara el título original de la obra, "El crisol". El crisol es un aparato que sirve para separar las impurezas de los metales puestos a enormes temperaturas. Pero bueno, ha sido así creo que siempre y así lo han mantenido.

La clave de este espectáculo me la ha dado una amiga bastante más lista y perspicaz que yo: al entrar, la acomodadora que te corta la entrada te dice con cara como de pedir perdón que la función dura dos horas y cuarenta minutos sin descanso. Pobres. Pobre tú que estás a punto de entrar y pobre ella que si lo dice con esa carita... será por algo. Y claro, ya como que te aprietas. 

Pero no, falsa alarma. Lo malo no es que dure dos horas y cuarenta minutos sin descanso. Eso sólo es un dato. Y realmente no pesa. 




Arranca la función y Lluís Homar sale y nos explica lo que tenemos que sentir y qué vamos a ver. Dando por hecho que todos somos gilipollas, nos cuentan cómo y por qué escribió esta función Arthur Miller, sobre qué trata y cuál es la moraleja. Y un servidor entró automáticamente en un torbellino de indignación del cual no fui capaz de salir. No hay cosa que peor me siente que el que los que me cuentan una historia crean que soy imbécil. A ver, el autor escribió ese texto con una intención, evidentemente. Tú, como director de escena lo que tendrás que mostrarme será la metáfora  que usó el autor para contarnos lo que él pretendía. Pero nunca jamás salir y antes siquiera de empezar, explicarme la metáfora dando por sentado lo primero que no la voy a entender si no me la explicas y lo segundo que es necesario explicar una metáfora porque como espectador, obviamente soy bobo.
Empezamos mal. 
Pero a lo largo de la función han intercalado varios momentos en los que inciden en esto y periódicamente salen y te explican en qué punto tienes que estar, qué has visto, qué viene a continuación y cómo te lo tienes que tomar. ¡Toma ya!

El texto es innegable. Bestial, brillante y lleno de magia y recursos poderosos. Eso es valor y mérito del señor Miller. A sus pies. 

Voy a separar y a poner por un lado lo que no me ha gustado y por otro lo que sí.

Empiezo por lo que NO me ha gustado.




José Luis López Muñoz firma la "versión literaria" y Eduardo Mendoza la "adaptación teatral". Vamos, que Mendoza ha partido de la traducción de López Muñoz, considerada una de las más fieles al original. Entonces deduzco que los añadidos explicativos son idea de Mendoza. No me gustan y me indignan. Por cierto, quizá yo tenga mis fallos sintácticos, no digo que no. Pero sobre un escenario no se puede decir "estoy seguro que...". Uno está seguro DE algo, "estoy seguro de que mientes". O si no, "Seguro que mientes", pero nunca "estoy seguro que mientes". 
Beatriz San Juan firma el vestuario y la escenografía. Pues a Proctor le ha puesto una chaqueta siete tallas más grandes que la que necesita. Y los tirantes se le caen continuamente. El resto del vestuario es... normalito. Y la escenografía es moderna, actual y funcional. Si estuviéramos en los años 70.
Andrés Lima hace algo que a mí no me gusta nada. Crea unas pautas que utiliza a ratos y cuando le resultan incómodas deja de usarlas. Me explico: marca un espacio con la escenografía; un espacio delimitado por el suelo de madera y hace que los personajes entren por un sitio determinado donde coloca la premisa de que ahí y justamente ahí está la puerta de acceso a ese espacio. Y todos entran y salen por esa "puerta". Hasta que de repente le viene mal que entren por ahí y los personajes empiezan a entrar y salir por las "paredes" que él mismo había decidido marcar. A ver, ¿no será mejor NO marcar la puerta en ningún sitio en concreto y así luego no tienes que someterte si es que te viene mal? 
Es como lo de que los cambios de escenografía los hagan los propios actores. Vale, bien, es bastante habitual. Pero de pronto hacen falta más manos y entonces utiliza a los técnicos del teatro. De nuevo crea una convención que se salta cuando le viene mal.
En el dossier de la obra, en el apartado dedicado a él, pone: "actor y director teatral, está considerado como uno de los grandes directores de la escena española". ¡¡¿¿??!!  
Los actores están afectados, llorones y usando recursos sencillos y simples. Incluso Lluís Homar parece que "pasaba por ahí". Muy poca implicación, algún grito así de vez en cuando y un gesto de mirar al público continuamente como si quisiera que nosotros fuéramos el jurado aunque es el único que lo hace.       
     
Para no hacer más leña lo dejaré ahí. 

Ahora paso a lo que SÍ me gustó:  

domingo, 22 de enero de 2017

Eroski Paraíso. Sala Max Aub.

Confieso, aunque es fácil comprobarlo, que la compañía Chévere nunca me han terminado de convencer. Aunque los disfruté, no salí convencido de los dos espectáculos que había visto hasta ayer. Sin embargo confieso que "Eroski Paraíso" es su trabajo más certero. 

El mejor punto de partida para enfrentarse a las cosas es el respeto. "Eroski Paraíso" plantea una defensa bestial de la dignidad humana desde el respeto más absoluto a su protagonistas. 




Sinopsis: mejor copio literalmente el texto del dossier, porque mejor que ellos no lo podría explicar nadie.
"Eva Martínez y Antonio Formoso se conocieron casualmente en la sala de fiestas O Paraíso de Muros en 1989. Ella tenía 19 años, el 25. Se casaron al quedar ella embarazada y su hija Alejandra (Álex) nació al año siguiente, justo cuando cerró la Paraíso. Al poco tiempo emigraron y anduvieron dando tumbos de un lado a otro dejando que la vida decidiese por ellos. Veinticinco años después, encontramos a Eva de vuelta en Muros cuidando de su padre enfermo de alzheimer y trabajando en el supermercado que abrieron en el mismo local que ocupaba la sala de fiestas. Antonio sigue en Canarias. Álex acaba de terminar un máster de cine en Barcelona, donde vive, y viaja a Muros para hacer su primer documental. Una película sobre sus padres, sobre la distancia que sus vidas abrieron entre aquel paraíso y este supermercado, un retrato del desarraigo vital de una generación que aún conoció lo que era la sociedad tradicional y que vivió en su juventud la irrupción de la sociedad de consumo. Eroski Paraíso es el título que le puso a su película. Esta obra es una invitación para asistir a una de las sesiones de rodaje."




El texto resultante es de Manuel Cortés, aunque parece que nació de los testimonios reales de vecinos de Muros y de Mazaricos. A partir de eso testimonios han creado una historia natural, normal, habitual, cercana y humana. La vida de este matrimonio y de su hija son el reflejo de los cambios en la sociedad gallega y española en los últimos 30 y pico años. En cualquier pueblo o ciudad de España hemos visto cómo el paisaje ha mutado y donde había un prado ahora hay un hotelazo y donde antaño hubo una discoteca de cubatas de garrafón y sofás para magrearse ahora hay un gigantesco supermercado, símbolo del cambio de horizonte de la gente. Nuestro. Antes, te vaciabas un jueves, viernes y un sábado. Hoy aprovechas el sábado para hacer la compra grande. Los sueños de muchos jóvenes viajaron por el mundo buscando un futuro y acabaron de pescaderas en el mismo sitio donde nació un proyecto de vida. Eva desde su naturalidad y su drama interior ha buscado y hoy regresa y mira una estantería vacía en la que realmente tampoco ve gran cosa más allá de una estantería vacía. Antonio ha querido cambiar pero tampoco ha podido; él se plantea ahora, a estas alturas regresar a la casa paterna, medio derruida, tan derruida y vacía como su propia vida. Los sueños frente al consumo, la realidad frente a los posibles.
Los sueños que no consiguieron alcanzar sus padres los ha heredado Alejandra, la hija. Aunque ella es algo más libre (acaba de terminar un máster de cine en Barcelona), necesita rodar una peli contando la vida de sus padres para que no se pierda. Igual que el padre quiere conservar determinadas expresiones para que no pasen al olvido. Alex ha ido con los tiempos, no se ha resistido, los ha vivido según han ido llegando. Como sus padres, como todos. Nadie se lamenta de que hayan desaparecido las verdes praderas. Es así. Ha sido así. Y así lo hemos vivido todos. 
Eva y Antonio, los Eva y Adán que se conocieron en el Paraíso (un microcosmos en el que hasta los habituales se sentaban por pueblos). Y aunque hace 28 años ellos bailaron emulando a la parejita edulcorada de "Dirty dancing", lo cierto es que acabaron dale que te pego en un cementerio, al lado del resto de jóvenes del pueblo. Glamour cero. Un realidad bastante más terrenal que la de la peli esa horrible. Aquí Swayze es Suárez. Y se folla donde se puede. Y se emigra a donde se puede. Y como no se puede se vuelve. Y el Paraíso que nunca estuvo lleno de árboles frondosos y plagados de frutos ahora es un supermercado en el que puedes pagar por casi todos tus sueños adquiridos. Y donde hasta la merluza es de las Malvinas. 




Xron dirige este espectáculo triste y gris con muy buena mano. Utiliza el rodaje de una peli que nunca vemos para jugar con una realidad que puede parecer recreada o reinventada pero que no lo es en absoluto. No hay melancolía ni se añoran las verdes praderas. El avance de la sociedad ha sido eso, hemos cambiado unos sueños edulcorados e irreales por una estantería llena de posibilidades. La sociedad de consumo nos ha invadido y este matrimonio ha cambiado los bocatas de calamares congelados por una estantería vacía. El avance ha sido ese y eso es el progreso. ¿Triste? Puede ser. ¿Inevitable? Seguro. Hasta el abuelo, origen de este recuerdo está ahora oculto en la nube de la falta de recuerdos. La autoprotección máxima del olvido y de la falta de lugares y rostros. Como su hija no recuerda nombres y apellidos, sólo un cabecero azul marino y poco más. Cada uno se defiende como puede.
Xron ama a estos cuatros personajes y los presenta desde el respeto y la dignidad. No hay lamentos ni tristezas, sólo sonrisas y amabilidad. La dignidad de lo sincero. 
Y desde esa misma dignidad y sinceridad Patricia de Lorenzo, Miguel de Lira y Cristina Iglesias, acompañados por Fidel Vázquez y Ricardo Lacámara componen unos personajes comestibles, amables y achuchables. Todos están descomunales aunque reconozco que el trabajo de Patricia de Lorenzo me parece de orfebrería fina. Detalles, naturalidad de la de verdad, complicidad y un amor extremo por Eva. Grandísimo trabajo. 

Y encima me pasó una cosa curiosa: cuando la pareja se queda mirando la estantería vacía, mi mente se trasladó a una casa que teníamos en el pueblo de mi padre y en la que pasábamos muchos fines de semana cuando yo era pequeño. Ese fue mi paraíso. Entonce sentí el paso de los años y la muerte de muchos sueños. Y una felicidad escondida en mi mente y perdida para siempre. 



El público acabó entusiasmado. Normal. El trabajo hecho con amor y respeto merece un aluvión de aplausos. Y si os queréis hacer un favor, no os perdáis este fabuloso y emotivo trabajo de una de las compañías más interesantes e implicadas de España.  ¡¡¡Todos corriendo a Matadero!!!