miércoles, 2 de octubre de 2013

"El público" y Lluís Pasqual




Inauguro esta sección de homenajes para destacar lo que determinada gente o espectáculos han significado para mí. Hitos, momentos que han marcado un antes y un después en mi vida teatrera. Y evidentemente tengo y quiero empezar por el mayor genio que ha dado este país.



Corría el año ochenta y pico. Yo tenía 17 o 18 añitos. Llevaba un par de años haciendo teatro en Valladolid. Un fin de semana, escapada a Madrid para ver "El público" de Lorca en el María Guerrero. Había visto cosas malas, muy malas, buenas, alguna muy buena y un par de cosas buenísimas. Pero al entrar el aquella sala mi vida y mi corazón cambiaron para siempre.La mandíbula se me desencajó y cayó sobre aquella arena azul. Por primera vez, aquel texto que me parecía inescrutable, por muy Lorca que fuera, empezaba a cobrar vida. Julieta, ese Alfredo Alcón que sobrevolaba por encima del resto de los humanos, Enrique, Gonzalo y todas sus representaciones, la figura de pámpanos y la de cascabeles (por fin entendí aquella jodía escena)... todo eran como las piezas de un puzzle que hasta ese momento había sido una pura incógnita y cobró vida. Y cobró vida Lorquiana. Y entendí a Federico. Ese Federico, el desnudo, el sn máscara. No sé lo que duraba la función. Ni puta idea. Sólo sé que entré en trance y me no estoy seguro de haber salido de él incluso ya en la calle. Mi corazón hizo "click". Allí me acababa de encontrar con Federico, con Lluís, con Daniel, con Federic, con Ros, con Susi, con Maruchi, con Alfredo, con Walter y con el gigantesco Fabiá. ¿Cómo no iba a estar cambiado?



Yo ya sabía que quería ser actor. Ya había descubierto que yo llevaba dentro un actor y que eso era todo lo que me pasaba. Pero desde ese momento supe que lo que quería era hacer "ese teatro". Que ESO era el teatro. Aquel teatro era un TODO. Era comprender el texto, amarlo, saber plasmarlo, iluminarlo y dirigirlo. Y dirigirlo como si fuera una liturgia. Crear realmente el acto único. El acto único que es una representación. Cada representación. Como espectador me sentí un elegido. ESO era lo que yo quería en mi vida. Tengo clavadas en la retina las imágenes del ataúd de Julieta, de los caballos blancos, del director y en mi más íntimo ser la puta frase. Sí, esa. Me da hasta reparo escribirla. Sería como mancharla.




En este país, donde se ha hecho y se hace teatro buenísimo, donde hay grandísimos directores, escenógrafos, iluminadores, músicos, dramaturgos, y donde hay una cantera de actores sencillamente brutal, ha habido en la historia grandes montajes. Montajes históricos. No nombraré ninguno por aquello de los agravios comparativos. Pero menda no tiene noticia ni ha tenido el privilegio de vivir y sentir un montaje como aquel Lorca. Mucho tienen que cambiar las cosas para que en lo que me quede de vida, pueda ver algo tan absolutamente demoledor y trascendente para mí.



Y encima, el creador (va más allá de definirle como director) de aquello era un ser que había creado un teatro al que llamó LIBRE. Teatro y libre. Las dos palabras juntas y unidas. ¡¡Cómo no iba a ser mi dios una persona así!!

Evidentemente su currículum es apabullante. Cien mil Lorcas, Shakespeares, no sé... si es que ha hecho absolutamente de todo. Recuerdo no sé por qué (bueno sí, pero da igual) Julio César, La comedia sin título, el Eduardo II aquel, Haciendo Lorca, los espectáculos musicales, el Tirano Banderas... hasta llegar a una cosita pequeña que se hizo en la Mirador. No recuerdo bien si eran chavales de la escuela de Cristina Rota. Sí recuerdo que estaba María Botto, estaba Mónica García Ferreras, estaba Raquel Pérez, estaba David González, estaban Concha Delgado, Ximena Suárez, Secun de la Rosa, estaba José Martret... y estaba Lluís Pasqual recitando unos poemas de Federico. Aquello fue otra revelación. Fila 1, a metro y medio de este ser. Y por esa boca empieza a hablar Federico. Pero así, tal cual. Y por segunda vez en mi vida descubro la verdad de un monumento como son los textos de Lorca. Y descubro que ESO es Lorca y que ASÍ se dice a Lorca. Bueno, no. NO "decir", más bien "sentir por la boca". Aquel fue el segundo momento crucial y vital de Lluís Pasqual en mi vida. Y en ese momento supe que de mayor quería ser Federico. Que de mayor, sería Federico.




El resto de la carrera de este genio sobrehumano está escrito. Que sean los biógrafos los que hablen. Yo poco puedo añadir a un currículum abrasador. Y a su labor al frente de cualquier teatro. Por supuesto, del Lliure, ahí están las hemerotecas. Buscas "Pasqual" y "Milagro" y salen millones de referencias de actos, manifiestos, defensas, publicaciones, creaciones, libros y silencios. Todas con su nombre y apellido.
Estaría horas escribiendo, pero no es plan. Y confieso que os he engañado. Esta sección empieza y acaba con Lluís Pasqual. Porque ni ha habido ni hay ni habrá nadie a quien admire más y me haya marcado más.



El resto es silencio.


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