martes, 3 de marzo de 2015

Elegy. Sala Mirador.

Según la RAE: ELEGÍA: Composición poética del género lírico, en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado.



En este espectáculo hay un error de base enorme. Y es que parece que vas a ver un monólogo. Y no es un monólogo, es una obra habitada por las ausencias con una intensidad tal, que no se puede hablar de monólogo. Hay al menos dos personajes presentes en el escenario. El que narra la historia, cruel historia, y que sinceramente, no recuerdo si tiene nombre, y J. Porque J. está tan presente en sus ausencias como el prota en su presencia. 
Voy a llamar Andrés al prota, por ejemplo. Andrés vive, está en escena y nos narra su terrorífica historia. Una historia sacada de los relatos reales de refugiados iraquíes en Siria. Un texto que ha recorrido muchos rincones del planeta y un montaje, este que ya tiene una gran trayectoria y que seguirá teniéndola porque lo que plantea es tan real como el terror nuestro de cada día. La represión del diferente. Concretamente de los homosexuales en Irak. Aunque desgraciadamente esta tara podría extrapolarse a muchas partes del planeta, tanto de África como de la mismísima Rusia, pasando por... muchos rincones del mundo. 
El niño al que le atan la mano para intentar "curar" el hecho de que es zurdo, de que usa la mano siniestra, la chunga, la mala. Pero "la diferencia" es incurable, va con la persona, es tan sana y natural como la mismísima naturaleza. Y al igual que no se le pueden poner fronteras al agua, ni acotar el aire fresco, ni encerrar una madrugada, no se puede capar el amor. Por mucho que los crueles, los enfermos, los diablos se empeñen en que "el otro" es menos. 
Este texto, del que son artífices tanto su autor, Douglas Rintoul como Andrés Requejo como responsable de su brillante traducción y traslación a un lenguaje cercano, sencillo, brillante y tremendamente poético, que logra hacernos real y carnal esta experiencia físicamente lejana pero tan cercana como una patada en el estómago. Una historia que viaja hacia atrás, hacia adelante, va y viene, porque la crueldad y lo descarnado de esta historia está en sus detalles, en su desarrollo y en su propia esencia. Por eso no importa en qué punto estés, siempre sabes lo que ha pasado y se ha sentido antes y lo que va a pasar y se va a sentir después. Es lo que tiene el horror, que nos resulta familiar, o al menos, lo reconocemos. 



Este espectáculo es un cúmulo de elementos brillantes. Ya he mencionado el texto, pero tengo que destacar todos los demás ingredientes de este guiso de pus y dolor. Las luces de Marta Cofrade nos transportan por densidades sangrientas y dolientes. La ambientación musical de David Bueno es casi milagrosa. Es la banda sonora de la castración y duele sólo de oírla. Y ya la canción final, "Dirge" es estremecedora y escalofriante. Fredeswinda Gijón como asesora de movimiento y Carlos Alonso Callero como director de escena consiguen que Andrés Requejo, el portento que pone su cuerpo y su alma para dar vida al prota, se deslice por la escena desde el segundo uno. Es como la música de Wagner, que la primera nota hace que se deslice de forma lógica la segunda nota y  así hasta el infinito, y el resultado es como un manantial que fluye sin parar, uniendo una nota a la lógica siguiente. Así se mueve Andrés Requejo, como un manantial de sentimientos, de matices, y va enlazando de forma fluida un movimiento con el siguiente y una emoción con la lógica siguiente. Magistral. ¿Ha quedado suficientemente claro que Andrés Requejo me enloqueció? Pues sí, porque consigue transitar y que transites por lugares dolorosos, duros, tiernos, estremecedores, terroríficos, amables, besables y queribles como si tal cosa. Con una complicidad y un compromiso bestiales. Un auténtico torrente de emociones sostenibles sólo desde el amor y el respeto. Un genio.  



Nunca un espacio habitado únicamente por una silla había estado tan lleno y había sido tantos sitios a la vez, y nunca un espacio en el que se mueve un actor ha estado tan lleno de la presencia de la ausencia. Ese milagro que es que el otro viva en uno. Por eso no van a ganar. Porque por mucho pegamento que nos metan, si tenemos que reventar, será con pétalos y con notas musicales, y con atardeceres, y con nubes, y con caricias.      
            

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