domingo, 14 de junio de 2015

Edipo rey. Abadía.

Hay veces en las que te encuentras con un texto tan poderoso y con un peso tan gigantesco, que por mucho que hagas para intentar cargártelo, no lo consigues porque su poder se escapa por todas partes y termina por envolverlo todo. En mi siempre modesta opinión, esto es justo lo que le pasa a este "Edipo rey". El texto de Sófocles es tan buenísimo, que a pesar de todo, este montaje acaba rezumando calidad. Gracias al texto y al trabajo de algunos de sus intérpretes. 
Sanzol sienta sus personajes en una mesa a medio poner. O a medio quitar. Cinco actores y seis copas. ¿La sexta? Podemos ponernos poéticos y pensar que es para el destino, o para la verdad, o incluso para la esfinge. A mí me da que no, pero bueno. Digamos que es para el destino y así le damos un toque de premeditación y de cosa curiosa. 



Vamos despacio, porque me lío. Para resumir así a grandes rasgos, diría que yo lo que noté o la sensación con la que salí fue que el propio texto, la propia tragedia llevaba al espectáculo por unos derroteros pero que desde la dirección el empeño era casi el contrario, tirando la dinámica hacia un lado y la realidad hacia otro.  
Es una tragedia, esto quiere decir que los personajes, hagan lo que hagan, no podrán escapar del poder del destino. Lucharán y harán de todo por escapar del destino y no lo conseguirán, acabando arrasados por ese destino que maraca la tragedia frente al drama, por ejemplo. A ese fatalismo hay que añadirle que Sófocles en concreto se encargó de reducir el histrionismo y redujo la expresión de actores y de texto a su esencia dramática, sin gesticulaciones ni énfasis añadidos. Quizá en este empeño por reducir la tragedia a la esencia y no recargar nada se haya encontrado con una lucha entre fondo y forma que para mi gusto no ayuda nada al espectáculo. 
Los actores empiezan quietos, en la mesa, sin apenas moverse, e incluso cuando avanza la acción y el drama se intensifica, ellos siguen sentados, sin apenas moverse. Hasta que en un momento dado se levantan, no se sabe por qué ni por qué en ese momento y no antes o después. Ese cambio de código a mí me descolocó. Es como esas veces en las que por ejemplo, está dibujado en el escenario el espacio como si fuera un plano pero luego los personajes atraviesan las paredes sin respetar ese plano. Quiero decir que si estableces un código, debes respetarlo. Y si el código de Sanzol es retener, no tiene sentido que en un momento dado rompa ese código y levante a los personajes. Vale que la tragedia ha avanzado y que ya es casi insostenible, pero no me convence. Que Yocasta se levante porque no puede más, vale. Que Edipo haga lo mismo, vale. Pero, que lo hagan los pastores... como que no corresponde. Y esa bobada al menos en mí fue lo que no me gustó. Yo notaba que había una separación entre actores y personajes muy grande, y entre lo que pasaba y lo que se veía. Los actores iban cargándose de energía y de emoción, como una olla express. Pero la dirección les había marcado retener, retener y retener. Y al final acababa desbordando, y los actores lloraban e intentaban gesticular como su emoción y su energía contenida les pedía. Pero no podían. Tenían marcado lo contrario. Aún así se les escapaba, porque la emoción se escurre por las grietas como el agua. Con lo que al final tenías a unos actores desbordados por la emoción de un texto salvaje pero reteniendo de tal forma todo ese torrente de energía que la lucha era entre lo que sentían y lo que hacían. Y no era por hacer un ejercicio de estilo ni por no recargar ni por hacer caso a Sófocles, sino porque sí. O eso era lo que yo notaba. Y me daba rabia porque veía la entrega de los actores y su lucha por esconder esa energía y no me molaba. Además parecía que les hubieran marcado ir a toda pastilla. Soltaban el texto a todo meter y sólo en contadas ocasiones ralentizaban y llevaban el texto al ritmo que marcaba la emoción. Esto, claro, en algunos momentos les provocaba problemas de dicción 
Eva Trancón está fabulosa. Su Yocasta es sólida, mujerona, con tanta dignidad como sufrimiento. Es la tragedia en sí misma y tiene un peso escénico absolutamente arrebatador. Aunque la tengan contenida. Elena González también está fabulosa. Quiero decir que "vuelve a estar fabulosa", porque ¿cuándo no lo ha estado? Pero también me pareció una lástima desaprovechar su torrente emocional especialmente en su monólogo final teniéndola tan retenida. A pesar de eso, la emoción se le escapaba sin querer. Paco Déniz también bien. Natalia Hernández más justa. Algo atropellada de dicción y a ratos... como fuera de tesitura. 
Juan Antonio Lumbreras está como siempre. Vamos, que no distingo mucho su Edipo del Vladimir. Me parece estar viendo el mismo personaje, la misma forma de decir, el mismo toniquete. Yo le miraba mucho y veía en sus ojos un peso y un sufrimiento interior que no se correspondía con lo que estaba viendo en escena. Veía que sufría mucho y que dentro de él ocurrían muchas cosas y muy intensas. Pero eso se acababa traduciendo en una dicción acelerada, atropellada, una respiración demasiado agitada y ahogada y en unos tonos y gritos muy por debajo de la energía y de la intensidad que se veían en su mirada. Y físicamente lo siento pero como que no me da el tipo que yo le imagino a Edipo. Corpulencia, presencia, peso, empaque...   



En resumen, una pelea entre lo que intentaba salir y a ratos se escapaba y lo que estaba marcado por la dirección. Un choque de fuerzas en el que el resultado acaba siendo una versión retenida (no contenida) y una tragedia convertida en discurso. Incluso como versión radiofónica resultaría sosa y apocada.          

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada