martes, 17 de noviembre de 2015

La clausura del amor. Canal.

Pascal Rambert escribe y dirige este... digamos... espectáculo. Y es que no sé si llamarlo espectáculo o... catarsis, o... terapia... o destripamiento. ¿Recordáis "Función de noche"? Pues algo así parece que sucede aquí, en el escenario de la sala verde de Canal, bajo la mirada congelada de espectadores ávidos, parejas estremecidas y los numerosísimos trajeados y emperifolladas que invitamos entre todos (la política de invitaciones de Canal es... tema aparte).
Aquel invento llamado "Festival de Otoño" que ahora es esa otra cosa llamada "Festival de otoño a primavera" tiene su lado bueno, y es que a pesar de no tener ya la más mínima identidad como evento, permite que veamos a lo largo del año un puñado de espectáculos de esos obligatorios e imprescindibles. Y "La clausura del amor" es imprescindible por mucho motivos.
El texto escrito por Pascal Rambert es pura verdad, puro pensamiento, puro sentimiento y pura bilis. Una ruptura, aunque dolorosa, puede ser más o menos cívica, más o menos educada y respetuosa. o puede ser el detonante para sacar todo el pus que uno ha guardado durante años de convivencia digamos... civilizada.




Ya lo decía Gila: "eso que de solteros es un lunarcito gracioso en la mejilla se convierte en una verruga llena de pelos una vez casados". Salvando la distancia de nuestro pasado bizarro, eso es lo que vienen a contarnos. Evidentemente inundado de palabras certeras e hirientes y con un estilo cercano al monólogo interior. Porque lo que vemos primero en él y luego en ella es el pensamiento llevado a las palabras. Un concepto lleva automáticamente al otro, una palabra enlaza con la siguiente, o se atropella, una idea o una frase se ve interrumpida por lo que eso provoca en uno mismo. Es el proceso mental llevado a las letras. Brillante, brioso, herido y vomitivo. Un recuerdo se transforma en queja, en dolor, en herida, y la herida supura, y el pus provoca y la provocación arrastra y el odio hunde. Texto nacido de las tripas y del amor más odioso. Mil frases para recordar, mil momentos con los que identificarte, mil puyas en las que te ves , te reconoces y te proyectas. Es el dolor o el desprecio máximos. Porque encima se clavan las cuchilladas donde más duelen. Hijoputismo del reconocible. ¡¡Coño, que a veces se dicen unas cosas que parece que se las dicen entre ellos dos, personas, no entre dos personajes!!




Y así durante cuarenta y pico minutos. Primero Israel. Torrente de energía, prodigio de respiración, cascada emocional, tobogán, montaña rusa, precipicio, sima e infinito. ABSOLUTAMENTE PERFECTO. Después... intermedio musical absolutamente delicioso que hace digerible tanto el vómito que acabamos de presenciar como el que intuimos que se nos viene encima. ¡¡Y vaya si se nos venía encima!! Arranca Bárbara Lennie. Exactamente igual de arrasadora que Isra. El texto en este caso esa casi exacto al que nos potó Isra antes. O el contrapunto. Todo lo que la sinrazón y el torbellino de Isra impidieron que respondiera Bárbara. Porque a los dos les importa una mierda lo que el otro responda. Ya no están por las justificaciones, ni por las explicaciones,. El "otro" ya no tiene lugar. A veces, ni siquiera para el respeto. Salvaje. Como pasó con Isra, apenas un par de pausas para tomar aire... y vuelta al torbellino. Y cuando cada uno ha soltado todo el odio en el que se ha convertido su respectivo amor al llegar su clausura, entonces se acaba. Ya no hay más. Eso sí, cada uno se queda con lo que se queda y nosotros nos quedamos con un grandísimo texto y con el trabajo ya no sólo de soltar, de potar, de arrasar, de expulsar, de herir y de dañar al otro sino que con el otro, con el más jodido, con el de "escuchar". Y es que ese escorzo no esconde las reacciones. Y esas espaldas hablan tanto y tan bien como las caras. Y si difícil y comprometido es soltar, ni te cuento lo jodido que es recibir. Y los dos escuchan y oyen (ambas cosas) con la misma maestría, compromiso e implicación que cuando el foco está en ellos directamente. 




Este espectáculo es una maravilla lo primero por el texto salvaje, necesario y ejemplar y por una dirección sólida, delicada y magistral. Y lo segundo y más importante (perdón, Pascal) por el descomunal trabajo de Israel Elejalde y Bárbara Lennie, hablando de cosas cercanas, de las jodidas, las reconocibles con un nivel de maestría, implicación, valentía y riesgo tanto emocional como ético como no se ha visto en un escenario salvo en contadísimas ocasiones. Sí, dos salvajes. Un escenario casi vacío, un ring blanco, inmaculado, impoluto y dos bestias. Desde aquí digo que cualquier estudiante y "practicante" de interpretación debería ver este espectáculo obligatoriamente porque es un ejemplo descomunal de en qué consiste el trabajo de un actor. Sin ningún género de dudas, dos de los mejores y más valientes intérpretes de este país.        

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