sábado, 28 de noviembre de 2015

Siempre me resistí a que terminara el verano. Marquina

De Lautaro Perotti yo sólo había visto aquella maravilla de "Breve ejercicio para sobrevivir", una exhibición de Santi Marín y Bárbara Lennie. Entre eso y el pedazo de repartazo que te encuentras en el cartel... como pa no ir cagando hostias a verlo. Pues claro. 



Lautaro Perotti vuelve a demostrar que maneja a la perfección los entresijos del alma humana necesitada del otro para completarse. Escribe y desarrolla de forma precisa, hiriente y real la necesidad que tenemos de prolongarnos o de necesitarnos en el otro para sentirnos vivos, para cerrar el eslabón de la cadena vital. Los encuentros entre dos personajes son secos y potentes tanto literariamente como en su traslado a la vida real (la del escenario, digo). No tanto el manejo del ritmo o de el enlace de escenas. Quiero decir, el texto es cercano, familiar, conocido, poco sorprendente pero desarrolla de forma irregular según qué momentos, dando, al final una sensación de ya visto y de poco emocionante peligrosa. El texto se mueve entre momentos memorables y emocionantes y otros rutinarios, revisitados y poco conmovedores. Y es que la intención que hay debajo yo siento que es la de conmover. Las cosas así buscadas suelen funcionar regular. Yo al menos prefiero lo que sucede sin querer, lo no buscado (es un decir porque toda intención se busca). Si se provoca emoción, que sea sin querer, si se conmueve que no sea por cojones. Es como la diferencia que hay entre el plano de Angelica Huston mirando la nieve caer en ese plano mágico de "Dublineses" o un capítulo de "Autopista hacia el cielo". Bueno, no tanto, me he pasado, pero a eso me refiero; el afán por conmover provoca que Perotti haya escrito escenas a veces muy largas, repetitivas, ilustrativas y deja a un lado la capacidad de profundizar que ha demostrado y demuestra y navegue a ratos entre la carga de profundidad y la reiteración. Lo que pasó en mi caso es que eso me llevó a cierto desinterés y a poca empatía. 
Que yo adoro a Mónica Boromello es sabido por todos, pero en esta ocasión el espacio doble no me gusta. A ver, el bosque lluvioso sí, es bellísimo, pero el puticlub no. Y no tanto por el espacio en sí, que no me provoca ni evoca nada sino por el uso. Si estableces el código que de la puerta está en un sitio concreto, tiene que estar ahí siempre, no vale que luego los personajes atraviesen las paredes porque te es más cómodo moverlos por ahí.  
Técnicamente todo perfecto, luces, espacio sonoro, vestuario...
Y lo mismo que te digo que la dirección y el texto en sí me parece que no conectan conmigo y se me quedan a medio camino, te digo que el reparto está a un nivel prodigioso. Muy, pero que muy por encima del texto.




Unax Ugalde me sorprendió porque nunca le había visto en teatro y demuestra una dominio del espacio, un control del escenario y una maestría tanto para el trazo grueso, como para el sutil e incluso para el primer plano acojonantes. Me parece que hace un trabajazo magistral. Como Estefanía (de los dioses) y de los Santos. Ella es carne y es tierra, es puta y es amiga, está ajada pero más viva que todos juntos. Recorre un arco de emociones como si nada que te estremece y te retuerce. Y todo eso lo hace como si fuera su estado natural. Impresionante cómo crea vida en el escenario. Andres Gertrudix  es una debilidad que yo tengo. Es un actorazo que consigue siempre dar credibilidad a todo lo que agarra entre sus manos. Y Andrés está fabuloso y salvaje en los momentos en los que el texto se lo permite y le lleva mejor aunque hay momentos en los que cae en lo reiterativo y en los recursos ya explotados cuando el texto decae. Pablo Rivero está algo perdido. Bueno no, quiero decir que da el aspecto de pijo fachorro asqueroso. Da grima. Pero su personaje quizá sea más esperpéntico y menos "real". Y ahí sale perdiendo Pablo, que mantiene un tono que no corresponde con lo que le rodea. Además, vocalmente está como engolado o con la voz en un sitio raro y poco natural y efectivo. 
Y luego está Samuel Viyuela. Un puto descubrimiento, el amo del escenario, un robaplanos implacable. Sale, está en otro tono distinto, es pura comedia, es Berlanga, es la vida y es lo natural. Surge, crea, nace en él cada frase, cada coña, cada morcilla (fijo que no hay ninguna, pero incluso lo parecen), cada mirada y cada silencio. Desde que sale y arranca a hablar, alucinas, flipas y no puedes despegar la mirada de este actor sencillamente PRODIGIOSO. 



En definitiva, un texto reiterativo y poco empático con un reparto de ensueño muy por encima del espectáculo.     

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