domingo, 31 de mayo de 2015

Fidelio. Teatro Real.

Lo primero, así de entrada es avisar de que yo disfruté como un enano y me lo pasé pipa anoche en el Real. Ahora entro en detalles, pero primero voy a contar un detalle pal que no lo sepa. Lo de la famosa Leonore nº 3. 
Al parecer fue Mahler el que puso de moda lo de tocar la obertura Leonore nº 3 al final de la primera escena del acto segundo. Se supone que era para hacer tiempo mientras cambiaban los decorados para la siguiente escena. La verdad es que un cuarto de hora de música en ese momento, cuando casi ha terminado todo y sólo faltan diez minutillos escasos para que caiga el telón... es un poco raruno, pero si lo dice Mahler, ya está, punto redondo.
Pero anoche lo que decidió Haenchen fue tocar otra cosa. Tocaron los dos últimos movimientos de la quinta Sinfonía. ¿Por qué? Pues vaya usted  saber, será que al hombre le gustan. Menos mal que no le dio por tocar la obertura de Tannhäuser, porque habría sido todavía más raruno. Pero bueno, la verdad y siendo sinceros, orquestalmente fue el mejor momento de la noche. La orquesta sonó muy bien ya desde la obertura, y salvo algún momento de indecisión, estuvo a la altura todo el tiempo, alcanzando aquí su cima. También es verdad que era el momento de mayor lucimiento y en una partitura más trillada. Lo que quizá faltara durante toda la representación fuera un poco de cuerpo. Quiero decir que sonó brillante, con brío, con profundidad, pero le faltó algo de peso en la zona tenebrosa. Cuerpo, tumba, oscuridad... 



Vocalmente estuvo muy bien todo el elenco. Quizá Michael König estuvo más justito, pero dramáticamente, pese a no parecer un preso a punto de morir famélico, resolvió bien. El resto del elenco, muy, pero que muy bien. Destaco, pero por amor personal, a Anett Fritsch. Siempre que la he oído ha estado fabulosa y anoche también, con un dominio vocal acojonante, aparte de un timbre bellísimo. Fantástica. Aunque teatralmente, ella que es buena actriz, estuvo algo perdida y como deambulando falta de energía por ese escenario feo. Pero ese fue un aspecto negativo que afectó a todo el mundo, porque desde luego la puesta en escena era fea, fea, pero fea.




Lo que hace Pier'Alli es feo en general. Alcanzando el punto álgido en esos militares haciendo la instrucción en el patio. Horroroso. La escenografía del primer acto, simple y sin gracia (por cierto, lo de sacar a la gente planchando para que parezca más realista es ya un clásico). La del segundo acto, más acertado el calabozo de Florestán y ese toque "industrial" que aunque no pega mucho, queda bien. Ahora, las proyecciones tanto de la prisión como de esas cosas que salen volando al final (los restos de la tiranía hecha añicos, supongo) son realmente patéticos. Parecen sacados del "Witchblade arrow 3" o de algún videojuego de ese calibre. Cutres pero del verbo "cutre". Y teatralmente, los actores están abandonados a su suerte, dejados en medio del escenario para que hagan lo que ellos crean, con la premisa, eso sí, de que bajo ningún concepto dieran la espalda al público, provocando esto situaciones rocambolescas. 




En definitiva, una producción fea con una dirección de actores nula y una orquesta y una elenco fantásticos. A destacar, aparte del coro, el gran trabajo de los actores, los extras, demostrando que si cuentas con actores de verdad, no hay figurantes, sino actores haciendo papeles pequeños. 

sábado, 30 de mayo de 2015

El año del pensamiento mágico. Sala Margarita Xirgu.

Tardaremos un tiempo en acostumbrarnos a los nombres nuevos de las salas del Español, pero bueno, como con todo, es cuestión de tiempo. No digo más, jeje. La Margarita Xirgu es la pequeña del Español. Y allí podemos ver estos días a Jeannine Mestre con este monólogo.
Varias cosas pasan por mi mente mientras estoy viendo esta función. Otras cuantas cruzan, pero no dejo que se queden porque no es plan. Mejor voy por partes.
La puesta en escena es elegante, discreta y correcta. Claro que decir de una puesta en escena que es "correcta" quizá sea lo peor que se puede decir, pero en este caso, la corrección está en no estorbar, en realzar lo que se quiere hacer sin enfatizar, siendo respetuoso y dejando que cada elemento ocupe se lugar. La escenografía es también elegante, delicada, en tonos pastel. Como el vestuario, es elegantemente burgués, discreto, en tonos cremita. La música y el espacio sonoro también es color cream, beige, medianamente cálido y aséptico. Todo es como una rebequita color crema. Que ni molesta ni no molesta, es fríamente monjil y como... limpito. El texto también es color crema. Todo es como azul cielo, como unos pendientes de perlitas o como una canción de Pablo Alborán.

El teatro no tiene por qué ser obligatoriamente revolucionario, ni tiene por qué remover tus gallinejas, ni por qué dejar una huella imborrable ni por qué ser universal ni siquiera inmortal. Puede serlo, y si lo es, maravilloso. Pero si no lo es, tampoco pasa nada mientras sea el menos conmovedor. Si provoca en tí empatía, sea por lo que sea, ya funciona. En mí, este texto no provocó ninguna empatía, por varios motivos. Lo primero, por el texto en sí. Quiero decir, que para empezar la traducción de Juan Pastor me pareció fría y demasiado literal. Había demasiadas palabras y expresiones traducidas literalmente del inglés, y eso no funciona. No se puede hablar de "evento", de "audiencia" o de "hacer tu parte" ni usar muchas expresiones traducidas literalmente del inglés y que en castellano no tienen sentido ni por supuesto, el efecto que tienen un inglés. Así que ya de entrada el texto es artificioso y lejano. A esto hay que unirle la pronunciación exagerada de Jeannine Mestre de los nombres en inglés. Bueno, de casi todos, porque otros sin embargo los pronunciaba de forma mucho más relajada. Pero esa pronunciación exageradísima del inglés provoca distanciamiento. Parecía estar escuchando a una hiperpija o a una snob que se retuerce la lengua para pronunciar Manhattan como una lugareña. Además de este detalle, Jeannine Mestre exagera demasiado una dicción que ya de por sí es fabulosa. Pero la exagera tanto y enfatiza tanto cada sílaba, que a veces no distingues siquiera la puntuación de las frases y tienes que esforzarte en "recomponer" tú la frase, como si se tratara de un capítulo del "Ulises" de Joyce.  Esto en el plano formal. En lo que respecta al contenido, también hay cosas de las que hablar. 



La historia que nos cuentan la escribió la propia protagonista y habla de su propia vida. Quiero decir que ella eligió qué quería contar y cómo lo quería hacer. Evidentemente ella es la dueña de su vida y de su historia y cuenta lo que quiere y como quiere. Pero en lo que más se recrea es en narrar unos hechos que a mí me interesan menos que otros aspectos de la trama. Vamos a ver; el querer explicarnos lo que "vamos a sentir" los demás cuando nos enfrentemos a una pérdida me parece un poco prepotente, asi de entrada. Desgraciadamente yo he vivido mis pérdidas y para nada sentí eso que ella cuenta. Creo que el dolor, como el miedo, como el amor, como la ausencia, como la pena negra son sentimientos únicos, personales, propios y menos mal que son así, porque son lo que nos distingue y nos hace únicos. Y a esta mujer le pasan dos desgracias, de acuerdo. Pero hay un momento en el que empieza a explorar "el año de pensamiento mágico"; ese momento en el que alguien culto e inteligente como ella, sufren un "click" en su mente y se plantea "si me deshago de sus zapatos, él ya no podrá volver". Ese momento, ese filón expresivo me parecía infinitamente más interseante de explorar. Cómo y por qué el dolor puede hacer que una persona culta e inteligente tenga ese tipo de pensamientos, qué provoca la ausencia, por qué el dolor nos vuelve irracionales, por qué es imposible llenar el  espacio del ausente, por qué la ausencia es más poderosa que la presencia... Todo eso a mí me interesaba muchísimo más . Pero la autora no pensaba como yo y prefirió contarnos cenas pijas en Malibú. Pues vale. Ella es la dueña de su vida y de su historia y el que tiene un problema soy yo. A joderse. Pero claro, inevitablemente, su historia pierde interés para mí, que ya no siento ninguna empatía ni formal ni intelectual con esa mujer. Y si la forma de hacer tampoco me seduce y lo que oigo son las cuitas pijas de una snob burguesa fina en tonos pastel, apaga y vámonos. No me interesas, Joan. Puede que al resto del mundo sí, pero a mí no. Ni formal ni intelectualmente.





Y Jeannine Mestre, a pesar de re-mar-car de-ma-sia-do ca-si to-das las pa-la-bras hace un trabajazo espléndido en cuanto a proceso interno. Quiero decir; todos los caminos por los que pasa son los que tienen que ser. Pasa de un estado a otro de forma lógica, orgánica, natural y justificada. Digamos que... la partitura de sentimientos que van llevando a su Joan por distintos derroteros emocionales es fluída, lógica, orgánica, natural, sabia, muy buena. Todas las transiciones son perfectas; las grandes, las pequeñas, las mentales y las físicas. Su trabajo es magistral. Pero quizá un poco acelerado. Y en cuanto a intensidad...un poco pasado de rosca. Vamos, que es imposible enfatizar hasta el límite desde la primera hasta la última sílaba del texto, porque entonces el fluir de la energía, el color, la diversidad, el aspecto plural de la composición se evapora y acabas por ver sólo a una señora al borde de la histeria completamente crispada y que llega a ponerte de los nervios.          

domingo, 24 de mayo de 2015

Gira el mundo, gira. Espacio Labruc.

Aparte de gustos o de preferencias, yo lo que más valoro en un espectáculo es que sea sincero, que no "vaya" de nada y que sea un trabajo respetuoso con la profesión, con lo que significa y para lo que sirve. Hay muchas compañías que llevan este principio a rajatabla y "Vía Muerta" es un clarísimo ejemplo. Y encima me gusta lo que hacen. Bueno, no. Me gusta MUCHO. Así que volver a disfrutarlos es un gustazo y un honor.
En "Gira el mundo, gira" vuelven a juntarse Mónica García-Ferreras y Jorge San José. Lógico. Después del exitazo de "Quizás amar" es normal que aquella química brutal que había entre los dos actores tuviera continuidad. Es mágico y estremecedor lo bien que se complementan las energías de los dos. Su química es pólvora esperando el momento de explosionar. 
Pero volvamos a la "sinceridad" del trabajo. Hay veces en las que te encuentras con pasta, mucha pasta sobre un escenario vacío de chicha, o con fuegos artificiales tapatodo, o con soñadores de premio novel, o con volteretas y guiños snobs para todólogos y aspirantes a cultos de nuevo cuño, o pajas mentales y no mentales destinadas a la autocomplacencia. Incluso hay veces en las que te encuentras todo eso junto. Eso de por sí no es malo, pero si es para cubrir la falta de ingenio, entonces sí. Y ahí ya se caga la perra y se caga servidor. Sin embargo hay otras veces en las que te reencuentras con el teatro como oficio, como investigación, como labor artesanal, vivida, cardíaca y artesana. El teatro como oficio y como creador de sentimientos e historias sencillas, concretas, sinceras, básicas e incluso con un toque naif absolutamente "enamorante". Eso es lo que vas a encontrarte cuando vayas a ver "Gira el mundo, gira". Un historia sencilla, de amor, de fracaso, de heridas, de viajes, de los viajes interiores de dos personajes heridos, minusválidos. Sin florituras, con una puesta en escena sencilla, brillante, dejando espacio a los actores, apoyándose sólo en la luz y en la fuerza de Mónica y de Jorge. 



Un futbolista estrella y triunfador aunque vacío y sediento se saber se cruza con una joven herida, encerrada en sí misma y con una cojera emocional más fuerte y atenazadora que la física. Y el uno con el otro o el uno gracias al otro emprenderán cada uno su particular "viaje del héroe" hundiendo de paso la integridad de cada uno. Integridad que a pesar de parecer limitadora, es la de la propia libertad de cada uno. Los héroes callejeros, los del día a día no hacen cosas llamativas. Simplemente sobreviven, o sacan adelante una familia, o consiguen amar durante años, o son sinceros con ellos mismos, o logran sacar lo mejor del otro. Ese es el heroísmo cotidiano, el de "Gira el mundo, gira". Ana ayuda a Joaquín y Joaquín ayuda a Ana. Y ninguno de los dos se da cuenta de lo que en realidad está haciendo con el otro ni gracias al otro. La historia, en realidad, no tiene demasiadas complicaciones. Quiero decir, que el meollo así contado es claro. Lo complicado, lo duro es el desarrollo del drama en los personajes, con Diego Lescano como elemento catalizador. Víctor, el representante de Joaquín es quizá el personaje más desagradecido y menos interesante, porque realmente no afecta mucho en la historia. Pero sirve en bandeja el drama de estos dos seres heridos que se acercan y separan al mismo tiempo, se ayudan y se matan al mismo tiempo. 
Jorge San José y Mónica García-Ferreras son dos malas bestias. Jorge no puede ser más guapo ni tener más magnetismo. Hay muchísimos actores buenos (España es un paraíso habitado por millones de actores y actrices descomunales) pero actores buenos y con el carisma suficiente como para que la mirada se te quede pegada a él, muy pocos. Jorge consigue hipnotizarte y encima lo hace desde la sencillez de lo cercano. No es un personaje con una vida interior compleja y llena de vueltas y recovecos, sino al contrario, en un ser casi básico, simple, sencillo, primario, un choni de barrio. Y hacer eso como lo hace Jorge requiere de una capacidad acojonante. Porque conseguir que un personaje parezca tu vecino de abajo y esconderle las capas para que estas afloren solas en el momento preciso es un trabajo de filigrana. El viaje de Joaquín es un viaje duro, salvaje, en el que salen a la luz heridas ocultas y muy, muy dolorosas. Bajo su aspecto desinhibido, sufre un ser humano doliente y culpable. Magistral.



Mónica, es para mí una debilidad. Una mujer que lleva en esto del teatro toda la vida, siempre fiel a sí misma, con una calidad y una calidez descomunales. Es modesta, frágil, bestial, ingente, inteligente, sincera y curranta. Tiene todas y cada una de las cualidades que amo en una actriz. Y encima sus resultados son intensos, precisos, milimétricos, conscientes y bellos. Su Ana Vega es tierna, seca, castellana, dulce y correosa, con esa facilidad para alejar de ella a los que más la cuidan y la quieren que resulta familiar y dolorosamente conocida. Ana es coja, pero la cojera que más le duele y la que mas herida la tiene es la cojera del alma. Está revenía por dentro y ese remolino en el que vive la va a tener encerrada bajo su poncho toda la vida. Su viaje será hacia una luz escondida, hacia un horizonte inimaginado y hacia un ser opuesto a lo que ella piensa de sí misma. Más dolor y más dolor. Mónica, la Irene Gutiérrez Caba del siglo XXI no sólo lo borda sino que lo desborda y lora dotar de cuerpo y de espíritu a esa alma herida y deshojada. 



No dejéis de ver esta joya de integridad y de trabajo bello. La sinceridad en una puesta en escena naif, sencilla, honesta y con los latidos de un corazón artista latiendo por todas partes.     

lunes, 11 de mayo de 2015

Hedda Gabler. María Guerrero.




"Hay una maldición por la que todo lo que toco se vuelve feo y ridículo". Más o menos algo así viene a decir Hedda hacia el final de la función.  
Yolanda Pallín firma la versión y Eduardo Vasco la dirige. Avanzo desde ya que no me gustó nada de nada así que si hay algún alma sensible, mejor que no siga leyendo. 



Todo es feo. La escenografía de Carolina González no me gustó nada. Una cortina enorme que se medio mueve, se medio abre, se medio cierra sin sentido, unas sillas igual de feas y que tampoco sirven para nada y un piano en medio. Al fondo un espacio oscuro y un árbol proyectado y que cambia de color según el estado de ánimo de Hedda (no el de Cayetana, que parece ser siempre el mismo). Ese espacio oscuro sirve supuestamente para que los actores esperen su turno, queriendo dar un distanciamiento. Pero el distanciamiento se produce por puritita frialdad, no por el hecho de que ellos estén ahí detrás esperando, porque no es así. A veces están y a veces no. La oscuridad sirve, eso sí, para que Cayetana se cambie de vestido. El vestuario de Lorenzo Caprile es un cante. Cayetana, que también coproduce el montaje, saca cuatro vestiditos monísimos, mientras los demás sólo sacan dos, el normal y otro negro pal final, pal drama. Las luces brillan pero por su ausencia.



Eduardo Vasco no es un director que me suela gustar. Salvo "El malentendido". Aquí realmente no aporta nada de interés a esta enésima versión del dramón de Ibsen. En ese espacio feo, los personajes se mueven torpemente y de forma previsible y tópica y no hay nada en la propuesta de Vasco que revele premeditación o autoría. Los actores salen, cada uno actúa como buenamente sabe y puede y ya está. Y sinceramente, están mal o poco dirigidos. Hasta la figura del pianista queda fea. Al menos podían haber vestido un poco al hombre, porque cuando sale por ahí parece que es uno de los acomodadores que ha subido al escenario a algo.  
Charo Amador es una maestra a la que personalmente yo le debo mucho y la adoro de una forma patológica. Pero aquí está redicha, antinatural y tremendamente artificial. José Luis Alcobendas es un actorazo tremendo y aquí defiende como puede un personaje para el que de entrada le sobran años. Pero bueno, aceptando que todos menos Charo son mayores para sus papeles, Alcobendas defiende con sus propias armas un personaje montado a brochazos y dirigido para llegar a no se sabe dónde. Tanto él como Ernesto Arias demuestran su sabiduría en el escenario defendiendo personajes que se han montado con poco recorrido, acelerados, con una progresión escasa y que ambos buscan y defienden en medio del estrés emocional de montaje que les ha preparado Vasco. Jacobo Dicenta defiende con el mismo empeño que sus compañeros un personaje también reducido al tópico pero ni siquiera llevado al extremo, con lo que el resultado es más gris. 



Verónika Moral tiene todas las de perder. La sacan vestida como de tonta, con un vestidujo horrible, peinada fatal y con unos zapatos planos para no parecer más alta que la prota. Y su composición no sé si está marcada así o qué pero es básica, simplona. Parece la amiga sosa, la perdedora, la que no tiene carisma, a la que le quitan los novios y de la que se ríe todo el mundo. Va vestida, peinada y actúa como la amiga pava del grupo. Demasiada simpleza y poco atractivo para un personaje que obviamente te importa poco. 



Y Cayetana. Saca cuatro vestidos distintos monísimos. Se recuesta sobre el piano, posa, camina de un lado para otro como si estuviera en Cibeles, cruza las piernas cada vez que se sienta y adelanta un pie cada vez que se para. Anda, se para, anda, se sienta, cruza las piernas, se levanta, gira, se sienta, cruza las piernas, se levanta, se cambia, camina, se agarra al decorado, se recuesta en el piano, se atusa el pelo, se cambia otra vez, camina sobre unos zapatos con plataformas para ser la más alta, se sienta, cruza las piernas, se levanta, en un arrebato hace como que tira una silla, da dos gritos y hace como que se pega un tiro. Bueno, sí, se pega un tiro. Eso lo sé porque me he leído la obra. Y asombrosamente consigue hacer todo esto durante hora y media sin cambiar la expresión de su cara ni una vez. Y vocalmente tampoco me gustó nada. Estar haciendo un drama como este, ambientado como si fuera de época  no significa que haya que soltar aliento en todas las frases.    



Media entrada y respuesta justita y respetuosa de un público para el que esta propuesta se quedó fría, gélida, olvidable.        
         


domingo, 10 de mayo de 2015

Adentro. Sala de la Princesa.

Juntar de nuevo a Tristán Ulloa a los mandos y a Carolina Román y a Nelson Dante encima del escenario puede parecer tener el éxito asegurado, pero yo creo que es todo lo contrario. Es jugar con fuego. Si no consigues un producto tan redondo como "En construcción" te puedes pegar un batacazo que te cagas. Pero lo consiguen, vaya si lo consiguen. Porque "En construcción" no era un producto, sino un resultado. Y "Adentro" es también otro resultado. El resultado de mirar a la vida a la cara. Y de escudriñar en los higadillos de la mentira oculta. La mentira asumida, aceptada y familiar. Familiar de familia, no de habitual. 



Araceli Dvoskin va a celebrar su cumpleaños (o puede que ni siquiera sea su cumpleaños) y entre recriminaciones, cabreos, malos modos y modos buenos empuja a su hijita, Carolina Roman a que le organice una fiesta. Nelson Dante, el hijo, "El Negro", más conocido como "La Peligros" en la cárcel, destroza el corazón y la esperanza de su hermana mientras comparte cremas con ella. Es un cavernícola desalmado pero adicto a las cremitas para la cara y adora los pajaritos. Es un poco y perdón por la burrada que voy a decir, como decía mi amigo Angelito: "Es buena. Pero es mala. Pero es buena". Esos dobleces que tenemos todos aunque en su caso arrastren a su familia a un pozo de desesperación y de negrura tan reconocible y cercano que hasta duele. 
Montaje sobrio en la forma y respetuoso con un texto duro, frío y cortante, sin lugar para el melodrama. Tristán Ulloa demuestra un enorme amor por los personajes, desde la madre enferma que empieza a abandonar este mundo a la hija sacrificada y atada por un lazo tan invisible como poderoso, la sangre. O la amiga, esa "Male" que decide sobrevivir sonriendo y mirando para otro lado. El que pierde es "el Negro", pero no por Tristán, sino por ti mismo, espectador, que eres el que juzga. 
Actores brillantes, reales y carnales. Noelia Noto es casi una Blanche divina y delicada. Una crisálida recién salida a la vida, inocente y tristemente dulce. Carolina Roman no dice mucho, no hace mucho pero llena el espacio con su amargura, con su presencia triste y herida. Araceli Dvoskin vaga entre nubes, espera como Penélope y mira sin ver. Y Nelson Dante estremece con su presencia. Es un ogro bueno. O un cordero maldito. No lo sé. O ambas cosas. Impresionantes todos ellos. 



Historia amarga y dura, sin un resquicio siquiera para la esperanza. Quizá porque en la vida real no siempre se acaba viendo la luz del horizonte.        

sábado, 9 de mayo de 2015

Pingüinas. Sala Fernando Arrabal. Matadero.

Ver el regreso a la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente en un teatro público tras su paso por el CDN tiene un morbo añadido, no me digas que no. 
En esta ocasión le ha encargado el texto a Fernando Arrabal. Y se ha rodeado de un equipo de morirte. Almudena Rodríguez le hace un vestuario precioso, acertadísimo y muy, muy chulo. Luismi Cobo se luce con una partitura acojonante digna del genio musical que es y que lleva mil años demostrando. O Emilio Valenzuela que diseña otro vídeo de los suyos, de una calidad sobresaliente. Y el grupo de actrices son sencillamente sublimes. 
Advierto desde ya que ni he podido ni he querido evitar los spoilers en este comentario. Si sigues leyendo, no te quejes de que te cuente el final de la función. Si no quieres saberlo, no leas más. 




El acceso a la sala es por un lateral y tienes que pasar por debajo de un foco que te crea un estado de ánimo expectante y receptivo que mola todo. En el centro del espacio hay "algo". Comienza el espectáculo y aparecen las pingüinas motorizadas y se ponen a bailar tras haber animado al público a que las siga. Ah, vale, complicidad e implicación y algo como de hacer partícipe al espectador. Bueno, luego ya ves que no, pero de momento estás como sonriente y pensando que todo te va a gustar mucho. 
Reconozco que los primeros minutos fueron un poco desconcertantes. Había unos chicos unas cuantas filas más atrás que se descojonaban de forma bastante escandalosa con todas y cada una de las frases que decían María Hervás, Ana Torrent o Marta Poveda. Aunque sólo fue así durante los primeros diez minutos. Enseguida dejaron de reírse como posesos. No sé exactamente el motivo aunque me lo puedo imaginar. Pero mi desconcierto no venía por ellos, que también, sino porque mi mente intentaba digerir y buscarle un sentido a lo que estaba oyendo. Quiero decir que el texto me estaba pareciendo indescifrable. Totalmente. Trataba de saber de qué me estaban hablando pero poco a poco desistí de mi intención. No me estaba enterando de nada. No sabía de qué me hablaban. Y así un rato y otro rato y otro rato. Claro, al principio intentaba buscarle el significado, hasta que desistí. Un poco antes los de detrás ya habían dejado de revolcarse de la risa. Lo que sí iba notando es que poco a poco el texto se había ido convirtiendo como en una sucesión de frases hechas y de coñas. Tampoco me hacían gracia, la verdad. Pero uno, cuando tiene el día mohíno... y seguramente yo tenía el día mohíno. Frases como "estás más morada que el vampiro de Barrio Sésamo"  o "bebéis más agua que los peces del villancico" o esa otra en la que hablaban del "petit suisse de Conchita Salchicha"... no me llegaban. Pero esa falta de interés y esa cara de rodaballo que tenía yo culminó con el "giro final". SPOILER. Resulta que es que son un grupo de internas de un psiquiátrico. Pero claro, si al final es que son un grupo de locas, cualquier cosa que hayan hecho o dicho antes, vale. La justificación es que están locas. Vale, entonces si están locas lo de antes carece de valor. Podría haber sido eso o cualquier otra cosa. Es como estas películas en las que resulta que todo era un sueño. Coño, si era un sueño, todo lo de antes es mentira, me da igual , no tiene importancia, es un timo. 
En definitiva, que del texto ni me enteré ni me interesó. Aparte de que creo que alguien de la categoría de Arrabal no debería cometer faltas del tipo: "escuchar lo que tengo que deciros" o "delante nuestro".   



Eso sí, reconozco que Juan Carlos Pérez de la Fuente saca adelante un espectáculo visualmente poderoso. Mueve bien a las actrices por ese espacio curioso y muy útil. Consigue que el ritmo no decaiga y logra que todo parezca lógico y bien armado. Casi todo el reparto está poderosamente bien y el chorro de energía está ahí, atravesando el espacio, subiendo, bajando, dando vueltas y sin parar de fluir. Todo lo que pasa en escena es coherente, nada chirría, pero claro, cuando no sabes qué te quieren contar ni desde dónde ni para qué... hasta el trabajo seguramente titánico de poner todo este macroespectáculo en pie, queda perdido en un sitio incómodo e impreciso. Es evidente que Pérez de la Fuente tiene un sentido del espectáculo potente y seguro, pero cuando uno no entiende la chicha que le quieren contar, las trazas de autoría se le pierden entre los recursos de buen director e impiden que uno pueda destacar más esa labor y esa purpurina que debe soltar un buen montaje. 
Las actrices están entregadísimas, saltan, corren, se tocan, bailan, suben, bajan, ríen, gritan, se provocan y se retuercen sin escatimar ni un gramo de energía. Si saltan saltan a tope. Si se revuelcan, lo hacen  al límite. Bueno, todas no, pero casi todas. Digamos que todas menos una. Pero igual no tenía el día. Sólo puedo destacar dos cosas de ellas. La primera, que no comprendí ni me gustó nada el acento andaluz de María Hervás. No sé a qué correspondía ni me gustó el resultado. Cuestión de gustos, como todo. Y lo segundo es destacar el monólogo de Lara Grube. Estuvo realmente fascinante. Con una dicción ejemplar, una delicadeza en cada palabra y dando importancia a cada sílaba que pronunciaba. Divina y maravillosa. La música de Luismi Cobo en ese pasaje, además era de una belleza extrema. La puesta en escena, la música, Lara y sus compañeras en un momento absolutamente histórico, bellísimo, doloroso e inspirado. Lo mejor de la función, sin duda. Y Miguel Cazorla también está en la función, no lo olvidemos. Lo que hace está bien, aunque tampoco tengo mucho argumentos para decir que esté ni bien ni mal, lo siento. Su presencia y su mirada son poderosas y transmite muchísima fuerza.  



Así que, en definitiva me pareció un espectáculo rico visualmente, con momentos míticos como el monólogo de Lara Grube y un reparto con una entrega a prueba de bombas. E incluso a prueba de textos indescifrables y al menos para mí, marcianos. Ah, a mitad de función, las señoras que había alrededor de nosotros decidieron que ya se habían cortado bastante rato y se pusieron a comentar en voz relativamente alta todo lo que pasaba. Y hombre, eso sí que no. Si no te gusta lo que ves, o te piras o te quedas pero respetuosamente en silencio. Lo primero porque a nadie le interesa en ese momento tu opinión y si te está gustando o no. Y lo segundo por respeto a esas actrices que se están dejando la piel ahí, en algo más o menos acertado según tu gusto personal, pero indudablemente merecedor de todo el respeto posible. Y por supuesto de mucha envidia y admiración por el trabajo que han hecho y que hacen TODOS y cada uno de los implicados en este espectáculo. ¡Qué grande es el teatro y qué grande la gente que lo hace!                             

Our town. Fernán Gómez.




Gabriel Olivares, responsable de pelotazos económicos como "Burundanga" o "La caja" se pasa al teatro serio con este precioso texto de Thornton Wilder y junta a un puñado de actores procedentes de su taller de investigación teatral con otros de enorme y contrastada carrera para ofrecernos un trabajazo sólido, emocionante y emocionado. Uno de esos montajes que sin levantar mucho ruido funcionan de maravilla, encandilan al público que acude al Fernán Gómez y seguramente acabe convirtiéndose en uno de los montajes más respetados y prestigiosos del año. Por su planteamiento y por su desarrollo.



La historia de un pueblo, Grover's Corner, con las vidas normales de sus habitantes también normales se acabará convirtiendo en una metáfora del paso del tiempo, de la herencia, de la fragilidad del recuerdo, de la falta de disfrute del presente. Un juego cruel y frío que nos viene de la mano de un maestro de ceremonias y que nos llevará de su mano por las vidas de dos enamorados, de sus familias, de su entorno y de sus carencias. La vida vivida y la vida sin vivir. Presente, pasado y futuro mezclados en un texto hiperpoético que sin darte cuenta te lleva del costumbrismo del primer acto al casi expresionismo del segundo y al desbarre poético del tercer y maravilloso acto. Gabriel Olivares coreografía de maravilla el trabajo de ese mogollón de actores. Los mueve muy bien por el reducido espacio de la Girau y consigue que transiten por distintos estados emocionales, estilísticos y formales como si nada. Lo que quizá necesite sea un poco de poda de texto. Quiero decir, el espectáculo se hace un pelín tedioso justo antes del tercer acto. Sin embargo tanto el ritmo como el tono son los que tienen que ser, así que lo que sobra quizá sea algo de texto. Digo yo, no sé.
Efraín Rodriguez está fabuloso llevándonos de la mano por el tiempo y el espacio. Su maestro de ceremonias es fabuloso y él está potente, encantador como una serpiente bella y venenosa y totalmente embaucador. El mundo que vemos es tan correcto, dulce y engañoso como la vida de cada uno de nosotros. Y cuando puedes ver la realidad y lo frágil del tiempo ya es tarde. Y decides volver al cielo. ¡Es tan difícil vivir la vida y verla al mismo tiempo!



Efraín nos lleva por un mundo poblado por actorazos. Chupi Llorente hace su enésima creación perfecta. En su dilatada y sólida carrera ha hecho de todo y todo bien. Es ridículo que tras más de veinticinco años de carrera tenga que decir yo que es un valor que se deberían pelear TODOS los directores de este país. Pero es que es así. Y ya verás como ahora, de una vez por todas, cuando corra la voz (porque este espectáculo es carne del boca/oído) y vean a este portento de sencillez y de facilidad creativa que es Chupi Llorente, se la van a rifar. Al tiempo. 
Mónica Vic encabeza el repartazo de esta función en la que se disputan el puesto de "actor/actriz más natural y convincente. Están todos absolutamente fantásticos. Es un auténtico muestrario de actores prodigiosos sacando adelante un espectáculo de esos que te tocan bastante más de lo que esperabas y que a la chita callando se convertirán en uno de los espectáculos sorpresa del año. Fijo.

Y qué coño, es de agradecer que alguien que se debe de estar forrando con "Burundanga" se gaste luego el dinero en sacar adelante un trabajazo tan serio y fascinante como este "Our town".          

Fuenteovejuna. Conde Duque.

La joven compañía es un buen proyecto educativo y si me apuras, también artístico. Y los actores que trabajan en este montaje trabajan bien y se nota que llevan a sus espaldas mucho trabajo e ilusión. Claro que, como en cualquier compañía "adulta" hay gente mejor que otra y con unos resultados mejores que otros, hay gente más afectada, gente con vicios, gente encantada de conocerse, gente pasada de energía y gente maravillosa. El talento y el potencial en muchos casos es incuestionable y en otros es ya una realidad. De hecho, quedáos con el nombre de todos ellos porque la gran mayoría van a ser nombres frecuentes en las carteleras de los próximos años. 



Lo que le pasa a esta "Fuenteovejuna" es, para mi gusto, que estéticamente intenta ser poderoso pero termina utilizando una estética ya muy vista y algo anticuada. El chorreo de energía, de carreras, de cubos de agua, de revolcones, de gritos y de vigor se queda un poco a medio camino y no termina de traspasar. Vamos, que desde la fila cuatro no notas ese derroche. Hay muy buenas intenciones, y mucha entrega por parte de todos estos grandes chicos, pero... el resultado es habitual, visto y menos vigoroso de lo que se pretende. Seguramente sea por una dirección correcta pero habitual. A pesar de que las luces son buenas, la escenografía funciona, la músico quizá no tanto... pero todos estos elementos que son correctos e incluso buenos, se quedan un poco en eso, en correctos y buenos. Y para que algo tan trillado como una "Fuenteovejuna" te atrape, hay que darle algo más. No voy a comparar porque es injusto, pero hay otras "Fuenteovejunas" rulando por ahí que desde la sencillez consiguen ser más especiales y brutales. 
Bravo por los actores y actrices, a los que deseo y pronostico un gran y merecido futuro. Y al proyecto de La Joven Compañía lo mismo. Me parece una gran proyecto para acercar textos a un público joven y a unos actores cojonudos que dan sus primeros pasos. La idea es cojonuda y le doy todo mi apoyo y ojalá signa currando así de bien. Pero... a veces no todo son buenas intenciones; las intenciones deben verse reflejadas en las ideas y en los planteamientos. y los de esta "Fuenteovejuna" se me quedaron un poco a medio gas.