sábado, 27 de febrero de 2016

Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano. Matadero.




Sin duda es un lujo ver a un actor como José María Pou dando un recital como el que da en esta función. Lo mejor de la función, sin ninguna duda. Es un monstruo que comprende, digiere, crea y emociona con cada palabra que pronuncia. Sonará a perogrullo, pero lo principal para un actor es entender cada palabra que dice; saber de dónde viene, cuándo nace a dónde quiere llegar, cómo y qué quiere transmitir con ellas. Ya, vaya bobada, ¿no? Pues no. Cuántas veces ves y oyes que el actor o la actriz pasa por encima de muuuuchas de las cosas que dice. Y si eso fuera elegido, pues muy bien, pero a veces no lo es. Simplemente se dice, más o menos bien y con más o menos intensidad el texto y no se para uno a analizar todo lo que hay dentro de esas palabras. Bueno, pues Pou sí lo hace. Claro, es un monstruo incontestable. Y aquí consigue que en todos y cada uno de sus interminables monólogos no pestañees ni apartes tu mirada de su rostro sabio y dúctil. 
El texto de Mario Gas y Alberto Iglesias es denso y casi aburrido. Raca raca sin parar. Hablar, hablar y hablar y un juego escénico escaso y seco. Quizá visto en Mérida sea distinto, por lo grandioso del entorno y lo que marca. Pero aquí, sin más acompañamiento que la oratoria, se hace farragoso. Que quede claro que no es que el texto sea malo, ni mucho menos, es denso y es demasiado. Hablar de verborrea y de dialéctica unidas a Sócrates es lógico, pero escénicamente se sostiene por la "esencia" del texto y el trabajo de los actores, no por el atractivo del propio texto. Ladrillo denso que si no va bien envuelto se hace cuesta arriba. 
Escénicamente la dirección de Mario Gas se limita a situar a los actores y dejar que hablen. Sí, el texto es poderoso y tristemente actual, pero sin más juego ni más punto de vista, queda un poco vacío. En Mérida, esa ligereza en la escena y esa densidad en el texto serían gozosas, segurísimo, pero en un espacio como Matadero, por muy "distinto" que sea, se queda lastrado.
Repartazo sin tacha. Amparo Pamplona se marca un monólogo memorable, Carles Canut habla de tú a tú con Pou, Pep Molina siempre seguro y efectivo, Ignacio Jiménez y Ramón Pujol fantásticos y cercanos y Alberto Iglesias bien. 
Y Pou inconmensurable. Gigantesco, en cada palabra, en cada gesto y en cada silencio.


         

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