jueves, 24 de noviembre de 2016

Iphigenia en Tracia. Teatro de la Zarzuela.

Es muy sano, además de ser un buen ejercicio tanto para le espíritu como para la misma salud intelectual de uno mismo como espectador entregado y generoso es ir a los sitios con la mente, el corazón y el espíritu abiertos y dispuestos principalmente, a recibir. 
Que esta temporada el Teatro de la Zarzuela programe, después del pelotazo que fue "Las Golondrinas" algo tan distinto y alejado como es esta "Iphigenia" es de ser no sólo un valiente sino alguien con sed de compartir una pasión. El amor por su trabajo le sale a Daniel Bianco por cada poro. Y de esas Golondrinas brillantes de Giancarlo del Monaco salta a esta obra escrita en 1747 por el maestro José de Nebra. El compositor aparcaría, con esta obra, la composición escénica para dedicarse de lleno a la música religiosa. Es, por tanto, una obra de transición entre un espíritu más libre y una necesidad trascendente. En ese punto medio entre espectáculo y mundo interior nos encontramos "Iphigenia en Tracia". 



Bianco ha apostado esta vez por la puesta en escena como gran baza. Pablo Viar ejerce de director de escena. Frederic Amat se encarga de diseñar la escenografía y Gabriela Salaverri el vestuario. La luz la pone Albert Faura. Acierto tras acierto. Encima, y por si fuera poco, ha organizado a pachas con el Thyssen una exposición sobre el trabajo escénico de Frederic Amat, desde aquel milagro que fue "El público" hasta esta "Iphigenia". Impagable. Requetebravo.
Es de una valentía admirable coger una obra como esta, que en su época se escenificaba con mogollón de actores en escena recitando un sinfín de textos y adaptarlo de tal forma que consigas hacer un espectáculo tan brillante como este y con seis cantantes. Sinceramente opino que alternar estilos, varias géneros, programar un título y a continuación otro estéticamente opuesto es lo mejor que se puede hacer para dar color a un teatro. Cada propuesta sorprende, es novedosa e inesperada, justamente lo mejor que puede pasar en un teatro. Eso sí, si los que llevamos el prejuicio a cuestas somos nosotros, entonces el problema lo llevamos nosotros a cuestas. 
Así que bravo de nuevo tanto a Bianco como a su equipo por buscar colorido en una programación vertiginosa y colorida.



Vayamos por partes: dirección musical de Francesc Prat. Aunque la orquesta sonó realmente bien, las trompas viajaron por un mundo paralelo. Pero en general, aún sin sonar totalmente "barroca", reconozco que mis prejuicios por ver qué tal sonaban me los comí con patatas. Casi toda la orquesta sonó realmente brillante. Nada estridente y con respeto a las voces. No olvidemos que cada representación es única, es lo bueno que tiene el teatro. 
El vestuario de Gabriela Salaverri es una pasada. Precioso, elegante, marca perfectamente la esencia de cada personaje y tiene un volumen y un peso escénico bestial. Como las luces de Albert Faura. 
El espacio creado por Frederic Amat es prodigioso. La primera jornada, con ese bosque de "columnas", espinas o postes de sacrificio son una obra maestra más a sumar a los iconos creados por el inmenso Amat a lo largo de su vida escénica y creadora en general. Como la proyección de la segunda jornada, esas gotas de sangre o de amor, o quizá esas marcas casi de corona de espinas, las marcas del sacrificio. Absolutamente genial.   
Pablo Viar mueve bien al elenco femenino. Tiene buena mano, buenas ideas y buen resultado. Amor trascendente (Iphigenia y Orestes), los sentimientos volátiles (Dircea y Polidoro) y la pareja cómica y terrenal (Mochila y Cofieta) son los vértices de esta historia sobre los distintos prismas del amor.
María Bayo tiene una presencia escénica indiscutible y un peso grandioso. Se mueve, está, se para, camina, gira y mira como una protagonista. Y eso que parece fácil no lo es. Hay que hacerlo y transmitirlo. La Bayo lo hace con la gorra. Vocalmente quizá suene pelín opaca en algunos momentos, con ciertas estridencias por ahí sueltas y en algunos momentos se la note algo por detrás de la orquesta, como que la vida va un cuarto de paso por delante de ella. Auxiliadora Toledano no me suele gustar mucho pero en esta ocasión confieso que me gustó más que otras veces. Actoralmente está bien y aunque la afinación no sea su fuerte, saca adelante el papel con solvencia. Quien sí brilla con una voz preciosa, muy bien movida y con un desparpajo escénico desbordante es Lidia Vinyes-Curtis, un asombroso descubrimiento para mí tanto como cantante como en su arte como actriz. Erika Escribá y Mireia Pintó están correctas en sus breves papeles. No así Ruth González, desafinada, escénicamente perdida y enloquecida y con una voz y una técnica que desentonaban bastante con el nivel medio de este espectáculo.



En definitiva, un ejercicio arriesgado, nada acomodaticio pero valiente por llevar a un escenario esta obra. Adaptar esta partitura a los tiempos que corren, introducir el texto en off que salva bastante bien el problema de los monólogos hablados y hacer un espectáculo compacto es todo un logro. Es moderno, arriesgado y sólido. El que esperara otra cosa quizá más clásica se habrá quedado sorprendido pero cualquier alma inquieta habrá disfrutado de un espectáculo brillante escénicamente, muy bello y con una María Bayo de la que podemos disfrutar los que la admiramos.  
Personalmente estoy ansioso porque llegue enero y podamos disfrutar y dejarnos sorprender por "La Villana", el siguiente regalo de la Zarzuela.    

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