lunes, 8 de mayo de 2017

Enseñanza libre / La gatita blanca. Teatro de la Zarzuela.

En el compromiso de Daniel Bianco de llevar la zarzuela a nuevos públicos y a todos los rincones de Madriz le ha tocado ahora el turno a los amantes de la revista, del cuplé y del género más liviano. 



Cuerpo de baile plagado de lentejuelas, vedetes enseñando cacha y cantando letras picaronas y sicalípticas y en definitiva, poca complicación, relax y disfrute en estado puro. 
Gerónimo Giménez compuso ambas piezas, la segunda con la colaboración de Amadeo Vives. En este "programa doble" se han conservado los números musicales, mientras que los libretos han sido reescritos en una versión nueva por Enrique Viana. 
Reconozco que el trabajo de Viana es desigual. En "Enseñanza libre" nos cuenta los líos de una familia para montar una zarzuela sin presupuesto. Aunque el libreto es bastante machista y reaccionario, al menos es inocentemente divertido. El humor que destila es cercano, no muy complicado y basado en clichés pasados y éticamente críticos pero, si te dejas llevar por la guasa y el disfrute, te lo pasas bien. No hace falta ponerse puristas para relajarse y disfrutar. La historia no tiene muchas complicaciones ni hay por qué buscárselas. La escena entre las cuñadas, por ejemplo, es tronchante y las dos actrices están fabulosas. Esta primera parte tiene ritmo, es ligerita,  con brío y en definitiva, te hace pasar un rato relajado y divertido. "La gatita blanca" sin embargo es lenta y muy poco graciosa. Da la sensación de que o se ha escrito sin tiempo, cuando ya les pillaba el toro, o que la musa abandonó el despacho de Viana y le privó de chistes ingeniosos, bromas cercanas e incluso del ritmo necesario en la trama para que no se caiga. Aparte de que el lenguaje utilizado es apolillado, anticuado y poco inspirado. Es como si estuviéramos viendo una revista de años muy, pero que muy pretéritos. Y es una pena, porque la primera parte, con su toque ingenuo, funciona bien y es muy divertida, pero esta segunda se cae. Se acaba haciendo larga y la inspiración y la amabilidad de los chistes decae bastante.   



La dirección de actores tampoco es el plato fuerte de Viana. Indudablemente destaca la calidad contrastadísima de Gurutze Beitia, María José Suárez y los grandes Ángel Ruiz y José Luis Martínez. Pero eso es obvio, son grandes y lo han demostrado mil veces. Personalmente me encantó Martínez, dominando el género, el escenario y pisando con la seguridad pasmosa del que hace que lo difícil parezca fácil. También debo decir que Axier Sánchez está en un registro imposible, desaprovechando la ocasión de lucirse en un papel sencillísimo. Y Roko tampoco me gustó demasiado. Cuestión de gustos, porque cantar canta bien, pero en una tesitura rara, pasando del registro lírico a la voz engolada sin más sin razón. Me temo que es cuestión simplemente de técnica. Quizá por eso es la única que canta con micrófono. 



Manuel Coves dirige la orquesta a ratos. Por lo general suena bien, empastada y alegre y a ratos algo más deslavazada. En cualquier caso también creo que tanto la ORCAM como los bajones de ritmo en los actores se debe únicamente a la falta de rodaje. Fijo que en un par de funciones, todo fluye. Pero fijo. El coro brillante y divertidísimo. En cuanto han tenido mayor protagonismo lo han aprovechado como locos. Para muestra, el número de la piscina, magistral.
Fabuloso y divertido el vestuario de Pepe Corzo, plagado de chistes, plumas y lentejuelas.



Daniel Bianco se ha encargado de la escenografía. Y reconozco que todos los autohomenajes me emocionaron. A ver, Bianco fue la primera persona que vació un patio de butacas (hablo de espectáculos que YO he visto). Y si el año 86 entró el público sobre aquella arena azul, ahora nosotros, el público, entramos de nuevo en otro patio vacío. Ahora más público que nunca. Y ese baile de lámparas... es digno heredero tanto de los puritanos como de "The sound of music". 
Bueno, esta vez no ha vaciado el patio. Lo ha cubierto. Pero el efecto es igual de impresionante, como el brillo del espejo reflejando la lámpara; es lámpara impactante del teatro de la Zarzuela. Preciosa labor de escenografía aunque quizá deje demasiada sometida la puesta en escena al espacio circular. Pero es tan flipante que no paras de escudriñar todos los detalles durante las dos horas que dura este espectáculo. 



Espectáculo impresionante en lo visual, con altibajos en el ritmo, en lo musical en el contenido y en las voces pero que en un par de funciones calentará motores y volverá a colgar el cartel de "no hay entradas".        

La cantante calva. Teatro Español.

Luis Luque vuelve a estar feliz. Y se le nota. 
"La cantante calva" es un puritito derroche de optimismo, de brillo y de luz. A pesar de la crítica feroz de un texto intemporal que sigue desnudando y destrozando sociedades. Pero eso se puede contar desde la amargura, desde la sombra, desde la pesadumbre y desde el beige o se pude contar desde el sarcasmo, desde la luz al final del túnel y desde el azul brillante de los calcetines de los protas. Y esta cantante calva del siglo XXI es brillante, luminosa y de colores chillones. 




No voy a escribir sobre la importancia del texto, ni sobre la sociedad alienada que intenta comunicarse y no lo consigue, ni sobre cursos de inglés. Ni siquiera sobre las verdades aplastantes que se esconden baja cada una de las frases aparentemente inconexas. Eso ya lo habéis leído en todas partes y os lo sabéis de sobra. 
Prefiero hablar de lo que vemos sobre el escenario del Español. Y ahí lo primero que vemos es una versión que está de vuelta. Quiero decir que puedes contar lo mismo yendo hacia las cosas o cuando estás de vuelta de ellas. Pero no porque las tengas superadas y te la pelen sino porque hayas llegado a ellas, las hayas visto, entendido, asumido y asimilado y lo que quede sea el poso de la comprensión y la ironía de la superación. Y creo que en esta ocasión Natalia Menéndez ha llegado a la verdad del texto y nos lo cuenta desde el camino de vuelta. Luis Luque lo mismo, exactamente igual, por eso las frases vuelven a tener gracia, el texto se vuelve comedia y las carcajadas del público son sanas. Porque a pesar de seguir retratando a una sociedad (la de entonces, la de ahora y seguramente la de mañana) aislada y hermética, el poder de las palabras nace desde la superación del trauma. Y ahí renace la comedia, la ironía, el sarcasmo y el descojone. Me río porque me lo puedo permitir.  




Luis Luque, ese visionario capaz de dar vida a cada proyecto en el que se sumerge vuelve a acertar de pleno. Normal, porque trabaja desde el corazón. Y encima es un sabio. TODO lo que vemos en escena funciona como la maquinaria de un reloj suizo. El texto como digo está hipertrillado y lo trabajan desde un sitio desvergonzado, optimista y de colores brillantes. Los actores incluso desde antes de que se levante el telón ya están marcando lo que son; autómatas intercambiables, carentes de sentimientos, de acciones conjuntas, de comunicación o de implicaciones. Ese sitio desde el que Luis nos cuenta este cuento cruel es el sitio del amor. Del amor a una historia que ya no es amarga (aunque lo sea), que ya no es cruel (aunque lo sea) y a la que inevitablemente AMA. A la que mira con la dulzura y el rigor del amante sabido. Eso se traduce en amor, en colores, en brillo, en luminosidad y en juego.
Quizá todos estos adjetivos parezcan opuestos a lo que debería ser la dureza y el sarcasmo de "La cantante calva", pero no es así. ¿O no es lógico ese final como de muñecos rotos, de cortocircuito, de autómatas desvencijados? Esa es y así es la sociedad. El telediario, el gobierno, LePen y Macron, Maduro, los refugiados, Montoro, Siria, los curas pederastas, Sor María, la pobreza infantil, Matadero... Este panorama no es muy distinto al final de Luque. 




Y por si fuera poco, Luque se rodea de lo mejor de cada casa. Almudena Rodríguez Huertas crea unos figurines deslumbrantes. Convierte a los matrimonios en perfectamente intercambiables. Desde los vestidos, a los calcetines azules, los zapatos o los complementos. Incluso el pañuelo y el chaleco azules de Climent se podrían intercambiar con la amapola roja o los pantalones de Tejero y Ozores se apropia en un momento dado del bolso de Ruiz con toda naturalidad, porque podría ser el suyo. Uniendo todos esos elementos coloridos, el blanco y negro de Lanza. Concepto puro. 
Monica Boromello vuelve a plasmar la esencia del "mensaje" en su fascinante escenografía. Lo mismito que hace Luismi Cobo con su partitura. Para componer esta música (otra obra maestra de Cobo, y van no sé cuántas) hay que hacer lo que hace Luque con el texto, Paco con el vestuario, Felipe con la luz o Mónica con su escenografía: ir para volver. Ese arranque con el "Dios salve a la reina" deconstruído es un viaje de regreso. Hay que haber ido para poder volver. O como el impresionismo; hay que saber dibujar para descomponer. Orfebrería fina. 




Adriana Ozores, Carmen Ruiz, Fernando Tejero, Helena Lanza y Joaquín Climent están absolutamente PERFECTOS. Si el primer acto es brillantísimo, el segundo, el del matrimonio Martin es apoteósico y las intervenciones de Mary son todas y cada una, una lección de género y de solidez. No me puedo imaginar un elenco mejor. 

Resumiendo, una adaptación brillante dirigida de forma tan inteligente como siempre hace Luque , interpretada a la perfección y con una luz, vestuario, música y escenografía FASCINANTES. Puro teatro de calidad de quien sabe lo que hace, por qué lo hace y cómo debe hacerlo.  
¿Y la croqueta? AMO LAS CROQUETAS!!!!

Las fotazas son de Javier Naval, acojonantes. Espero que no le importe que las use, peor no hay quien se resista. 

viernes, 5 de mayo de 2017

La ternura. Teatro de la Abadía.

Vaya por delante que me lo pasé pipa y me divertí mucho. Me eché mis risas y me descojoné con la cordera y las gallinas.

Este nuevo proyecto de Teatro de la Ciudad se llama "Comedia" y al igual que el anterior, este se ha basado en talleres, improvisaciones y muuuucho curro sobre las comedias de Shakespeare. Incluso casi a modo de bibliografía, se van mencionando a lo largo y ancho del texto varios se esos títulos: "Como gustéis", "Noche de reyes", "El sueño de una noche de verano", "Los dos hidalgos de Verona", "Medida por medida"...
Y a simple vista el texto de Sanzol parece que cumple todos los requisitos para ser un gran homenaje a las comedias de Shakespeare (no soporto lo de "el bardo", lo siento). Enredos, vodevil, travestismo, una isla, una tormenta, parejas de enamorados, encantamientos, filtros amorosos... Puede parecer Shakespeare. Pero no es Shakespeare.



Como yo soy sacrílego por naturaleza, confesaré que la mayoría de las obras de Shakespeare me parecen largas. Muy largas. A casi todas les vendría bien una buena poda y quitar esas escenas de soldados o de campesinos que aportan poco a la trama y que sólo servían para dar trabajo a todos los de la compañía y relajar el ambiente para que el público pudiera desenchufar un rato, beber y pelearse a gusto. En definitiva, en mi modestísima opinión, a casi cualquier obra de Shakespeare le sobran escenas. Y a "La ternura" también. Pese a ser alegre, graciosa, vivaracha, divertida y chispeante, le sobran sus veinte minutitos bien a gusto. Llegados a un punto de la acción, lo que ocurre se ralentiza y se vuelve algo reiterativo. Insisto en que me lo pasé pipa, pero sobrarle, para mi gusto le sobran veinte minutos.
Las canciones, por ejemplo me rechinaron también un poco. El tono farsesco que tiene la función es coherente, lógico y divertido, pero esas canciones tan reconocibles me parece que están como en otro tono, que pertenecen a un lenguaje distinto. Y a pesar de que hacen gracia y quedan cachondas, no sé yo si "cachondas" es el adjetivo más adecuado para un trabajo como este. Ese tipo de humor me aleja un pelín. 
Oye, también te digo que no voy a estar repitiendo en cada párrafo que me divertí mucho y que me reí a gusto, porque parece que me quiero justificar y nada más lejos. Lo he dicho y lo repito. Me divertí mucho con "La ternura" pero le encuentro sus cosas. 

El lenguaje utilizado por Sanzol es bastante más ligero que el del autor inglés. Las florituras son dignas herederas del lenguaje de Shakespeare pero con la cercanía de la depuración. Bravo. Independientemente de las referencias, el texto en sí es ágil, divertido, ocurrente, preciosista, cercano y muy, muy muy brillante. Aunque quizá la falte algo de personalidad. Quiero decir que es tan shakespeariano que puede que le falte algo de toque personal, de sello de la casa, de marca de autor. 

Me da a mí que a partir de este punto hay mucho SPOILER así que quien quiera conservar el misterio de la trama, que no lea más.



Me da la sensación de que en las comedias de Shakespeare los personajes aprenden, a través de pócimas, traumas, choques o batallas una moraleja que les hace cambiar y aprender una lección. Aquí en realidad no aprenden nada. Los leñadores sienten unas cosas al principio de la función que son las mismas que sienten al final. Quiero decir: Azulcielo se siente atraído por Salmón por la “llamada de la selva”, por un impulso irrefrenable y desconocido. Como no tiene prejuicios sociales lo vive bien, de forma sana. El único “problemilla” es que pensaba que eso debería sentirlo por una mujer, pero entre que no sabe cómo son las mujeres y que tampoco le afecta mucho sentirlo por un hombre… realmente no hay grandes conflictos. El conflicto viene más por traicionar o no la confianza y los secretillos y las ordenes de su padre. Pero no en sus sentimientos, ni en su forma de sentir ni en el objeto de sus deseos. Lo mismo pasa con Verdemar. Es más perturbadora la traición a Marrón que el hecho en sí de que un tío les remueva los cimientos de su virilidad.
Eso, que podría ser un puntazo, tampoco se convierte en el eje de la función sino que queda algo desdibujado. 
Salí con la sensación de que tanto hijas como hijos no aprenden ninguna lección al terminar la función y cuando el humo del volcán fulmina el efecto liante del humo del cigarro de Esmeralda. Siguen igual; amando y deseando al mismo objeto de deseo. Y Esmeralda y Marrón siguen encabronaos. Deciden quedarse juntos en la isla, pero van a levantar un muro para no verse nunca. Curiosamente ese "final" tan poco shakespeariano mola todo. Ahí sí veo sello personal, veo que no se ha caído en la tentación de hacer un final homenaje. 

Por otro lado me encanta que el deseo entre dos “hombres” se viva de forma tan natural y fresca, sin traumas y sin florituras. Aunque al final resulte que se atraían tanto porque en realidad eran de sexos opuestos, en fin... Y me encannnnnnnta que los padres sean tan jóvenes como los hijos. Lo de que Elena González y Juan Antonio Lumbreras sean padres de Eva Trancón, Javier Lara, Paco Déniz y Natalia Hernández es de mearse. Que mira que me gusta a mí lo de saltarse unas normas, oye. Como de mearse es todo el vodevil, el entrar y salir, el perseguirse, liarse y engañarse. Y las escenas con el juego del cambio de voces… absolutamente brillantes. Como brillante es el crescendo final. 
En ese sentido la dirección de Sanzol es correctísima, vibrante y muy optimista. Encuentra soluciones escénicas totalmente naif que funcionan tan bien como las de "Vientos de Levante". En escena el ritmo está bien llevado, la acción no decae, los actores están bien movidos, aceptas el código desde el minuto uno y disfrutas como un crío. 
Estamos ante una comedia y en estos caso lo mejor es sentarse, abrirse un poquito de patas, dejarse llevar y disfrutar. Todas mis disquisiciones anteriores vienen a mi mente en casa, cuando intelectualizo más lo que he visto. Y en realidad son tontunas, son ganas de buscar las cosquillas. Porque la comedia que vemos es fresca y divertida, el enredo gracioso y los actores brillantes.  



Alejandro Andújar les ha regalado un vestuario de ensueño con materiales fabulosos, tonos maravillosos y figurines a cuál más precioso. También es suya una escenografía sencilla y funcional pero efectiva. Tengo curiosidad por saber si se verá igual en un escenario más grande. Yo sé lo que me digo. 
Y el reparto: la mayor y mejor baza junto con el texto divertido de Sanzol. 
Pa todo hay gustos y hay cosas con las que uno no puede luchar. Gente con la que conectas y gente con la que no. Indiscutiblemente los seis actores son bestiales y consagrados. Aunque cada uno tenga luego sus preferencias. Elena González carga con el mayor peso de la función. Y me da a mí que la comedia no es su terreno más cómodo.   Está fabulosa pero conserva un cierto rictus de seriedad que no es por la corajina de su Esmeralda, sino por ella, como si no estuviera tan relajada haciendo comedia como sus compañeras. Porque Eva Trancón y Natalia Hernández parece que han nacido para vernos sonreír. Qué gusto ver a dos monstruos diciendo el texto como lo hacen ellas, como si realmente necesitaran decirlo y les naciera de las tripas. Esa naturalidad en un terreno tan artificioso como este es de quitarse el sombrero. Inmensas, divertidas, inteligentes, plagadas de recursos y dominando la comedia y sus trucos a la perfección. Paco Déniz nunca ha estado más gracioso. Otra bestia parda de la escena. Eso sí, en mi función me dio la sensación de que gritaban demasiado. No digo "proyectar" sino "gritar". Y con esas cosas hay que tener mucho cuidado. De hecho, al final de la función algún actor parecía estar tocadete. Cuidadín con las voces. 



Es más que sabido mi debilidad por el que puede ser uno de los mejores actores del país, Javier Lara. Pero es que está que no se puede estar mejor. Su trabajo corporal es inmenso, y su profundidad al trabajar un texto tan arduo como este es flipante. Al verle es como si estuvieras ante un documental en el que ves a alguien real, a alguien vivo. Javier es Azulcielo. Sin más. Habla por necesidad, se mueve por impulso, siente por naturaleza, sufre por carencia y ríe por plenitud. Grabaos esto a fuego porque con el tiempo me daréis la razón: Javier Lara de aquí a nada se va a revelar como el Bódalo del siglo XXI. Es el poliactor que hace de todo y todo lo hace bien porque lo hace desde el sitio justo desde donde lo tiene que hacer nacer. Todo elogio es poco. Y si no me creéis, id a ver "La ternura" y luego me contáis.

Porque "La ternura" es de obligada visión. Y de inevitable disfrute. Texto, lenguaje, colores, sensaciones, risas, frescura, actores, optimismo. Puritito goce.
      

jueves, 4 de mayo de 2017

Iphigenia en Vallecas. Pavón Teatro Kamikaze.

Cuando alguien pasa una mala racha, se replantea casi toda su existencia y su razón de ser y de pronto se topa con un texto del que se enamora, un proyecto que siente que NECESITA hacerlo, el resultado sólo puede ser un acto de amor. 
María Hervás; deslumbrante actrizón que ha demostrado ya sobradamente que es la rehostia en un escenario, se encontró con el texto de Gary Owen y se empeñó por pura necesidad en darle vida. Ella misma se encargó de trasladar la acción a España, a Madrid, a Vallecas y de firmar la fabulosa versión que ha estado regalándonos en el Ambigú del Pavón. Por cierto, si la programación de la sala grande es cojonuda, la del Ambigú ni te cuento. 
Bueno pues por decirlo en pocas palabras, lo que rezuma este espectáculo por encima de textos, de interpretaciones, de dirección, de luces y de lo que sea, es un amor descomunal por el oficio de actriz, una pasión por el curro y una valentía al enfrentarse al público admirables. 
Por supuesto no quiere decir esto que el espectáculo esté mal, ni ella, dios me libre, sino que esa es la moraleja que yo me llevo a casa. 



Por partes: el texto del que se enamoró María y adaptó es muy bueno. Desde su arranque nos sitúa donde quiere. Ella, Ifi mola todo y nosotros, cobardes acomodados agachamos la cabeza cuando nos la cruzamos. "Quinqui de mierda, pedazo de guarrrrra".  La traslación del mito griego es evidente. Pa qué explicarlo. Es tal cual. Ifi se sacrifica por el bien común. Lo peor es que incluso después de ese sacrificio seguimos pensando de ella: "quinqui de mierda, pedazo de guarrrra". 
Quizá haya algo en el texto como de reproche masticado. Quiero decir, el "recado" me lo dan por activa y por pasiva y por si acaso no me he enterado, me lo explica. Y vale que es verdad y que cuando uno se sabe culpable agacha la cabeza y recibe sin rechistar porque sabe que se lo merece. Pero quizá el mensaje sea demasiado evidente. Y reincidente. Quizá un pelín más de dejarme a mí que sienta lo que por otro lado YA estoy sintiendo podría molar más. Ya sé yo y encima, al ver la función ya siento yo como evidente que el sacrificio de unos sirve para el bien común como para necesitar que me lo digan con palabras. Por eso el epílogo podría sobrar. No lo sé, sólo pienso en voz alta. 
Durante el relato hemos pasado por que una jubilada trabaje (¿?¿?¿), o que un aprovechado y sus amigotes pasen por jóvenes educados y elegantes y terminen en los bajos de Argüelles... , por que  Ifi renuncie a lo que le corresponde, o incluso por que Ifi, superviviente, nini sin horizonte, sumida y asumiendo su destino cero sepa que tiene muy poquito margen de salvación. Hemos pasado por todo eso y lo hemos aceptado porque en el fondo es verdad. Un pequeño respiro para que uno mismo saque sus conclusiones no habría estado mal. Creo. 

Espacio escénico correcto, luces poderosas de Daniel Checa (qué grandes iluminadores hay en este país...), dirección correcta y por encima de todo y como principal baza el trabajazo histórico de María Hervás.



Engancho de nuevo con el principio; el amor y la pasión de María Hervás por el texto se nota. Y es lo mejor que puede pasar; que un actor ame lo que dice y revive. Y así María consigue un trabajo vocal acojonante, un alarde de expresiones, tonos, fonética y voz nasal totalmente barriobajera como pocas veces se han visto. Pero no sólo eso, que ya de por sí la convertirían (de nuevo) en una de las mejores actrices de su generación sino que además de todo eso, se lanza a revivir a Ifi (y de paso a su abuela, al Rique, a la Silvi, a la gorda, a cien personajes) con una valentía como pocas veces se puede ver en un escenario. Porque hay muchos actores y actrices buenos, los hay buenísimos, los hay entregados, los hay entregadísimos, los hay valientes, los hay suicidas, los hay generosos, y luego está María Hervás (y algún otro nombre que me viene la mente) que no tiene el menor reparo a la hora de soltar moco y de meterse en estados de ánimo peligrosos a 20 cm de tu cara, justo donde se descubre la mentira. Ella juega en un registro arriesgado, en el más arriesgado, y lo hace no sólo con valentía sino que se nota que eso le pone. Ella ha nacido para recrear vidas desde la implicación más absoluta. Y luego sale a recibir los aplausos con una carita de niña pequeña que te derrite. Porque encima es humilde. Pero no por pose, sino porque sabe y entiende que el riesgo y el peligro son la base de la actuación. No verás en ella ni un solo gesto acomodaticio, ni un momento de respiro. Vive y actúa en el filo. Eso justamente la convierte en una actriz que llega, que traspasa, que convence, que hipnotiza, que crea. 

Por el amor de dios, señores, si no han visto a esta Ifi, no se la pierdan, si lo ven anunciado en la otra punta del país, corran. No hay que perderse a María Hervás en esta historia (va más allá de ser un monólogo) porque pocas veces verán a una actriz arriesgando su alma por dársela a un personaje como hace María Hervás con Ifi. 

ABSOLUTAMENTE NECESARIO.  

miércoles, 3 de mayo de 2017

Blackbird. Pavón Teatro Kamikaze.

Llevo tiempo, pero tiemmmmpo diciendo que Carlota Ferrer es la ama de la escena madrileña. Es una artista estéticamente mágica, visualmente potente e intelectualmente privilegiada. Tiene una capacidad creadora bestial y además tiene la suerte de contar con los medios suficientes como para poder desarrollar sus ideas hasta el límite. Eso es una suerte que te cagas. Para ella y para nosotros.



Blackbird es un encargo del Festival de Otoño y hemos podido gozarlo en el Pavón Teatro Kamikaze. Otra vez estamos de suerte. 
Cuentan en el dossier que "Blackbird" (mirlo en inglés) es la mezcla de "Black", el mal, la muerte, el descenso al infierno y "bird", el ascenso a los cielos, la vida eterna. Simboliza, en definitiva "la tensión entre cuerpo y alma, entre lo espiritual y lo terrenal". El mirlo es también la forma que adoptó el diablo para tentar a San Benito y que este deseara a una niña. 
"Blackbird" tiene muchísimas bazas a su favor. El texto, cotejado, corroborado, llevado a escena en otras ocasiones es un valor seguro. Seguro no, segurísimo. Encima traducido por José Manuel Mora. Carlota Ferrer a los mandos. Irene Escolar y José Luis Torrijo dando la cara. Mónica Boromello creando otro espacio mágico de esos a los que nos tiene malacostumbrados. David Picazo iluminando el espacio y los rincones del espíritu a la vez. Una puta pasada.

Monia Boromello es una debilidad que yo tengo. Lo confieso y lo grito al universo. Me enloquece. 
Arriba, la "realidad", una especia de sala de espera de tanatorio o casi una planta nuclear, fría, gris, llena de basura que se escapa sin querer. Basura azul, vasos, bolsas, azules. Y en medio de esa desolación un rama. Azul también. Una brizna de vida que se cuela por el hormigón. Porque hasta en los más inhóspito cabe la vida. Hasta en la mayor crueldad puede haber amor. Hasta en lo más repulsivo puede haber algo puro. 
Abajo una ciudad que se queda pequeña, que es pequeña. Un sitio por donde huir pero que acaba sirviendo de trampa. Con casitas con ventanas circulares, como las casitas de los pájaros. En realidad SON casitas de pájaros. Y en cada casa un pajarito. En cada casa, una Una que quizá vuele o quizá no. Creo de verdad que es uno de los espacios más inspirados de Mónica. Por su simbolismo, por su dureza y por su poética. Es casi un resumen moral de lo que vamos a ver. No hay calificativos suficientes para alabar la visión y el trabajo de esta mujer. 
Y encima va y lo apoya todo la iluminación de David Picazo, otro genio. Pone luz a los estados de ánimo, a las emociones, crea sombras psicológicas e ilumina mentiras y traumas. Bestial, mágica, de visión obligada para cualquier estudiante de luces.



Tanto la trama como la forma en la que está presentada es de libro. Perfecta. Una historia dolorosa, de personajes heridos sin querer, en la que el "verdugo" ha conseguido pasar página y la "víctima" sin embargo se quedó pillada. Lo que en un principio parece claro pronto se enturbiará. La realidad no siempre es como parece y casi nunca es lineal. Sobre todo si el origen del torbellino es el amor. Amor sí. Y poder. Abuso de poder. Pero amor también. En definitiva, los miles de grises que hay entre el blanco y el negro. Carlota se coloca en su sitio y nos pone a nosotros a su lado. Y lo que nos pasa a nosotros es lo que ella ha pasado. Nos habla y nos trata de igual a igual. Al principio tenemos claro que Una está deshecha por culpa del abuso de Ray. Él sobrevivió y ella pagó por las culpas de él. Él se cambió de ciudad y de vida y ella se quedo y sufrió día a día la vida en su ciudad, en su barrio, rodeada de gentes compasivas y crueles. Ella pagó por las culpas de él. Pero los mil giros del texto te llevan exactamente a cada rincón que busca Carlota. 



Cuando se presentó la versión del Lliure, Lluís Pasqual lo definió como "teatro político". Teatro al que no llegas con una idea preconcebida, con una respuesta sobre lo que está bien y lo que está mal. Es evidente que si el texto hablara sólo de pedofilia, todos estaríamos posicionados. La pedofilia es mala. Punto final. Pero no, aquí se mezcla abuso, pedofilia, amor, culpa, ... A las preguntas que se plantean en este textazo no hay respuesta posible. Hay mil, y a lo más que hemos llegado es a crear un ordenamiento jurídico que diga que lo que a los 17 está prohibido, a los 18 ya no. ¿Dónde termina el amor y empieza la ley? ¿El amor es amor si el ilegal?   
El trabajo que hace Carlota Ferrer es el de un arquitecto. Aunque cada trabajador ponga su grano de arena para levantar un edificio sin entender o sin tener en cuenta lo que hace el de al lado, el edificio funcionará como una suma, y será al final cuando vean el resultado de todas las partes juntas. Carlota hace eso mismo, va llevando cada frase, cada escena, cada giro por donde sólo ella sabe y tú como espectador sólo sospechas hasta que al final, ves el edificio terminado, tus cimientos removidos, tus principios tambaleados y tu moral... accidentada. La labor de Carlota es ejemplar. Inteligente y sólida. Incluso la canción de Robbie Williams y la coreo que se marcan (resumen de su historia de amor) están encajadas de forma magistral.
Quizá hubo un pequeño detalle que a mí no me funcionó y que hizo que el edificio no terminase de parecerme una obra maestra. La dirección de actores. Me explico. Lo siento por Alba de la Fuente, pero aunque ella está bien, es evidente que el trabajo actoral debe centrarse en José Luis y en Irene.



A ver, Irene está fabulosa. Pero quizá el momento que más me tocó fue su monólogo en la ciudad, cuando narra lo que pasó aquella última noche. Tanto en la primera parte como en sus arrebatos me parece que está un poco subida de revoluciones. Y con eso quizá provoque (al menos en mí) cierto rechazo. Está demasiado desquiciada. No digo que no tenga que estarlo, o que no sea lógico, o que sea una mala elección. Pero en mí provoca cierto prejuicio que quizá no ayude a simpatizar del todo con ella ni al principio ni al final. Sólo en medio; cuando está más sobria. Porque la sobriedad me parece más dura y desoladora. Al menos a mí. Al contrario, Torrijo está frío y serio. Y cuando se derrumba y confiesa lo que pasó aquella noche, cuando se rompe, te pegas a su sufrimiento y tus principios se derrumban. A lo que voy con esto es que al verla a ella desquiciada y a él sufridor, se me produjo demasiado prejuicio. Ella me parecía demasiado histérica y él demasiado empático. Como siempre, habrá un 50% de decisión de la directora, que cuenta lo que quiere y como quiere, y otro 50% de mi propia percepción. En este caso me funcionó toda la maquinaria al 80%. En cualquier caso, tanto lo que hace Irene Escolar como lo que hace Torrijo es una cosa sobrehumana. Están ambos inconmensurables.   



Así que sí, grandísimo trabajo el de TODOS los implicados en este pedazo de obrón que demuestra una vez más que Torrijo es un gran actor, que Irene Escolar también es bestial, que Carlota es una mano sólida y potente, que Picazo y Mónica son dos seres tocados y que el gris es el color más rico del mundo.
Otra genia, Vanessa Rabade, ha hecho estas fotazas acojonantes. Supongo que no le importa que las utilice. Gracias.



Por cierto... el mirlo que se estrella contra el coche al final... ¿es el fin de la venganza, es Una que se suicida, es la irrupción de la culpa en esa nueva pareja, es...?  

martes, 2 de mayo de 2017

Las bicicletas son para el verano.




Una de las cosas que uno más agradece cuando se mete en una sala oscura es la honestidad. Lo he dicho mil veces y lo repetiré otras mil. Que no te la quieran meter doblada. Que no te quieran vender como "supermodernotíatelojuro" una cosa de los ochenta o que te quieran colar como "trabajo sincero" un catálogo de lugares comunes y "quieroynopuedos".

Producciones La Ruta, aparte de otras producciones exitosas, arriesgó con otro montaje, "Palabras encadenadas", brutal pieza de cámara que mereció una mayor repercusión y que afortunadamente se sigue representando por todo el mundo con un exitazo abrumador. Gracias, en buena medida, al trabajo arriesgado y bestial de sus dos intérpretes, dos de los más dotados del país, Cristina Alcázar y Fran Boira.



Bueno pues ahora cambia de tercio y se pasa al teatro de la memoria. 
A ver, es inevitable recordar la peli de Chávarri, eso es así. Está en el recuerdo de los que la vimos y en el subconsciente de los herederos de esa guerra, la peor de todas, la guerra entre vecinos y hermanos.
Esta versión teatral, con una ligera poda para reducir espacios, personajes y duración no veo quién la firma, pero merecería una mención porque consigue que no eches en falta nada, que la coherencia del texto sea incuestionable y que la emoción y el drama estén en su punto justo y necesario. 

Esta producción de La Ruta es sincera. Es honesta. Y prueba de ello es el efecto que causó en mí. 
Me explico, yo siempre hablo desde mí. No pretendo hacer una "crítica" general ni adoctrinadora. Siempre escribo única y exclusivamente lo que me producen a mí los espectáculos que veo. 
"La bicicletas..." me produjo un efecto precioso. Nada más empezar me rechinó un poco el tono y el espacio. Parecía la típica escenografía hecha con pocos medios y el tono algo chirriante. Tanto las voces como los tonos se me "desenfocaban". Pero esta sensación me duró dos minutos. Enseguida se produjo la magia de los espectáculos inteligentes y me captó para no soltarme. Tanto la escenografía como todos los elementos, los cambios, las sombras, las maravillosas luces, el fabuloso espacio sonoro, todo está impregnado de un realismo simbólico bellísimo y tiñe la historia casi te diría de un "realismo mágico" que cubre de cierto tono poético una historia tan dura como el drama de esta familia.



César Oliva se pone en el sitio justo desde donde poder contar con el corazón y con las tripas la dureza de unos años desoladores. La puesta en escena destila algo precioso y muy difícil de conseguir, y es que tengas la sensación de estar participando de algo "entrañable". Y no me refiero a la guerra, obviamente. Ese drama, esa tragedia desoladora es incuestionable, sino al tono del espectáculo que es exactamente el tono del texto de Fernán Gómez. La dureza de unos tiempos desérticos vistos con una perspectiva cálida. Ni el texto ni la puesta en escena quitan ni un ápice de dramatismo a la crueldad de la guerra. Ni mucho menos, está ahí, pero el talante "lírico" de ciertas imágenes ayudan a digerir tanta desolación. Ni el texto ni el montaje restan potencia a el horror de una guerra, pero en vez de optar por la crudeza, como en  "In memoriam: la quinta del biberón", por ejemplo, Fernán Gómez escribió casi el guion de una peli de Wylliam Wyler, con personajes arrasados mirando al horizonte mientras suena una banda sonora de estas estremecedoras. Es más un melodrama que un drama. Eso te deja más tranquilo. Y eso es justamente, creo yo, lo que buscan. Por eso hablo de honestidad. No creo que quieran contarnos "La lista de Schindler" sino "Los mejores años de nuestras vidas". Y como uno no siempre tiene el cuerpo revolucionario y a días prefiere, por propia supervivencia, una lágrima a un dolor de entrañas, agradecí infinitamente tanto el tono como el sitio como el clima creado en esa sala tan desagradecida como es la Guirau.

Tengo que poner dos pegas, eso sí. Por un lado, un par de actrices que creo que no están tan frescas y naturales como el resto... y las pelucas. No me gustan nada las pelucas, lo siento. 

Repartazo de lujo encabezado por unos grandiosos Patxi Freytez y Llum Barrera. Pero el resto (casi) están igual de brillantes. Teresa Ases mágica y dolorosa, Álvaro Fontalba divertido y chispeante, tragicómico y apagado. 

Aunque de momento han terminado en el Fernán Gómez, estoy convencido de que volverán a Madrid y de que seguirán girando por toda España, lo primero porque el montaje lo merece, segundo porque tiene calidad suficiente como para que quieran verlo en todo el país y tercero porque es un homenaje a Fernán Gómez, a la palabra bien dicha, a la emoción y a la historia.    



Las fotazas son de Pepe H y espero que no le importe que las haya usado, pero son tan brutales...  

jueves, 30 de marzo de 2017

Séneca. Valle Inclán.




Hace pocos días alababa la contención de Magüi Mira dirigiendo a casi todo el reparto de "Festen", salvo a su hija. Sin embargo, mientras ella está en la sala de arriba, en la de abajo, la principal, su marido Emilio Hernández firma la versión, la escenografía y la dirección de este texto de Antonio Gala con muy poco acierto. Bueno, para ser sinceros, con dos aciertos. No, qué coño, tres aciertos. 



El texto ya de por sí me parece que quizá en 1987 fuera más acertado e incluso novedoso al hablar de la delgada línea entre poder, corrupción, intrigas palaciegas y la dualidad gobierno/podredumbre. 
Tampoco es que me parezca ninguna joya, pero a día de hoy creo sinceramente que el texto ha envejecido mal y personalmente me atrae poco y me resulta muy poco seductor. Por supuesto, como siempre, esto es problema mío. Seguro que el texto es buenísimo y soy yo el que no dimensiona su poder y sus valores. Lo reconozco.
Haber añadido algún poema del propio Gala para introducir el personaje de Helvia, la madre de Séneca tampoco me parece un acierto. Sobre todo porque la presencia de este personaje no aporta nada ni a la trama ni al desarrollo de los personajes. Y el hecho de que lo interprete Carmen Linares tampoco es un acierto. No cantó especialmente bien, ni la música tiene mucho atractivo. Y como actriz, está como esperando a que le toque decir sus frases y entonces las dice dando la sensación de que está repitiendo tonos que ha aprendido de memoria. La única razón que veo para haber contado con la grandiosa Carmen Linares es para que cante esas piezas, quizá para recalcar que la mujer era de Jaén. 
Si la versión no me parece brillante, la segunda firma de Hernández, la escenografía, ni te cuento.
Es una especie de teatro pintado de negro de donde sale humo. Sale humo cada equis. Sale humo. Mucho humo. Quizá por alguna razón, pero confieso que no logré descubrirla. El caso es que sale humo. Mucho. Y los pobres actores van parriba y pabajo a oscuras jugándose la vida. Un espacio feo, poco útil y que me pareció nada simbólico y poco inspirado. Aparte del aire así como de la época por lo del semicírculo y los escalones, confieso que no me pareció nada acertado. 
La tercera firma de Hernández es la dirección de escena de este espectáculo. Y tercer patinazo. Hablo siempre desde mi gusto particular y único. Ni poseo verdades absolutas ni propongo mis ideas escénicas, simplemente expreso mis sensaciones y mis gustos. Afortunadamente vivimos en un mundo lleno de colores y de gustos. 
Pero a lo que voy. Me parece un desatino el montaje en sí. Las canciones y ese tono medio musical (encima medio, porque si fuera completo, todavía) no sólo no aportan nada sino que son feos, incómodos para los actores y muy, muy antiguos. Las canciones de Marco Rasa no son bonitas y sinceramente no añaden nada. Y algo que no aporta nada es gratuito y para mi gusto, prescindible.
Los actores están siempre colocados como de cara al público, como si fueran cantantes de ópera. En ocasiones eso les crea unos problemas tremendos de coherencia y de naturalidad. Como en el momento de la muerte de Agripina, salvada por el grandioso arte de Esther Ortega. 
En pleno siglo XXI ver una teta o un pito (o tres) no es nada rompedor. No me parece que sea una opción escénica filosófica sino simplemente "provocadora", como para demostrar una "modernez" artificial. 



Los actores no siempre están en escena. A veces, si van a tardar mucho en volver a intervenir, salen, se van a la parte de atrás supongo que a descansar. Pero si van a volver a intervenir en breve, se quedan por las gradas. Vamos, que las entradas y salidas son caprichosas. Aunque casi todo el tiempo están. Sentados por ahí, y cuando toca su escena bajan al centro, se ponen de cara al público, la hacen y se retiran. Muy poco o ningún punto de vista desde la dirección, ni ningún distintivo ético. Quiero decir, el director siempre se posiciona y habla desde un sitio. Y si encima es un creador, deja su sello. En esta ocasión, no noto punto de vista, ni que me hablen desde ningún sitio ni ningún sello. Lo que veo son elecciones caprichosas sin una base ética o filosófica, buscando impactar y si yo a algo le veo el cartón, no me funciona. Insisto, esto también es problema mío. Lo reconozco y lo asumo.
José Manuel Guerra ilumina bien la función. Puntualizo: ilumina bien lo que ilumina, pero las sombras no me convencen tampoco. Cuando uno ilumina, es tan importante lo que iluminas como lo que dejas en sombra y a veces da la sensación de que las sombras son sencillamente cosas NO iluminadas. 
Felype de Lima, grandísimo creador, aquí no me parece tan brillante como en otras ocasiones. El cuero me parece antiguo y no parece que les resulte muy cómodo a los actores.  



Y ahora voy a hablar de los TRES aciertos que yo veo como indiscutibles.
El primero, contar con José Luis Sendarrubias. Es un actor y bailarín brillantísimo que ha demostrado mil veces que baila como dios y que tiene una expresividad y un carisma aplastantes. Su presencia es solidísima y demuestra grandes dotes para la escena (aparte de las evidentes). 
El segundo y tercero es casi el mismo. Haber contado con dos actrices como Eva Rufo y Esther Ortega. Salvando las distancias de la dimensión de sus papeles, que es algo evidente, ambas son dos bestias pardas que lidian con todo lo que les echen encima. Obviamente Esther tiene un papel mucho más extenso que Eva, pero las dos hacen lo mejor que se puede hacer: sacar raza, voz, peso, dominio y temple y dejarnos a todos temblando. Eva es un hada, en este caso un hada mala, la bruja mala del oeste, e incluso vestida de Lady Gaga nos da un recital de escucha, de naturalidad, de sensualidad y de oficio bestiales. Esther lleva muuuuchos años demostrando que es una de las presencias más aplastantes del mundo de la interpretación. Da igual el medio y da igual el entorno, Esther Ortega es de las actrices más bestiales que hay en el mundo mundial. Es más, merece la pena ir a ver este Séneca sólo por ver el trabajazo que hacen tanto Eva Rufo (ojo al carrerón de esta mujer, que va a ser más imparable de lo que está siendo hasta ahora) como Esther Ortega. Voz, cuerpo, peso, caminar, dominar y llenar el escenario, helarte la sangre con un grito, mirar y derretir, seducir, jugar, morrear, TODO lo hace perfectamente. 




En definitiva, este "Séneca" merece la pena únicamente por el trabajo de estas dos bestias, aunque es un espectáculo olvidable. O mejor no, mejor recordarlo. Otro espectáculo fallido de este CDN errático y que sigue demostrando una y otra vez que no es ni la sombra de lo que fue. 

Las fotos son de MarcosGPunto. Bestiales.        

domingo, 26 de marzo de 2017

Festen. Valle Inclán.

A mí se me va la fuerza por la boca, no es ningún secreto. Vamos, que lo que pienso lo digo. 
Magüi Mira nunca ha sido santo de mi devoción. Sin embargo creo que este "Festen" tiene bastantes aciertos.
Todo el mundo seguro que conoce la famosa película en la que se basa y conoce perfectamente la trama. Bien, pues poner eso en pie sin caer en tópicos y transmitiendo cierto punto de vista no era fácil.



Primer acierto: contar con David San José para que componga la música. Es evidente y sabido que David es un pedazo de músico todoterreno y brillantísimo. Y aquí lo vuelve a demostrar creando una partitura invisible, de las que provocan su efecto pero sin que te des cuenta. La esencia de una "banda sonora". José Manuel Guerra ilumina de maravilla el espacio creado por la propia Magüi y por Javier Ruiz de Alegría. Una mesa, una puerta, un piano y un sinfín de espacios creados simplemente con la luz y las sombras. Muchas, demasiadas sombras. Buena escenografía y fabulosa iluminación. Lorenzo Caprile se encarga del vestuario. Sí, mucho poderío, mucho glamour, mucho modelazo, todo precioso.
En todo este planteamiento hay algo añejo. El espacio blanco, el vestuario negro y blanco menos el de la muerta, que es rojo (hasta que cumple su cometido, se hace justicia y el esquema se rompe) son elementos vistos mil veces. No es que no sea original sino que es bastante básico. Pero funciona. 
No funciona tanto el crear espacios distintos con la luz. La recreación de las habitaciones de la mansión es justita y no funciona demasiado bien. Especialmente cuando las parejas se van a dormir.



Magüi Mira mueve bien a los actores, ayudada por Rosángeles Valls y mide bien la tensión, la progresión dramática y algo vital: los silencios. Hay pausas y silencios eterrrrrnos en los que de repente, el ambiente en la sala se vuelve denso y espeso. El público necesita que alguien hable para destensar ese aire irrespirable. Y un buen rato después, sin prisa, alguien lo rompe. Dominar esos silencios sin que haya angustia ni prisas por volver a hablar es dificilísimo y ahí Magüi Mira demuestra control y poderío. Escénicamente el espectáculo aguanta bien, se ve cómodamente, todo fluye y es coherente y no nos arrastra ninguna desmesura sino que la coherencia y el control dominan todo. Bueno, todo menos el trabajo de una actriz que está absolutamente desmangada y haciendo justo lo contrario de lo que los personajes dicen de ella.
Lo único que me canta un poco es el excesivo aire melancólico de Isabelle Stoffel. Se pasea a veces de una forma demasiado lánguida. A ver, ya sabemos que es un fantasma, no es necesario que vaya flotando todo el rato ni mucho menos mirando al público. Somos espectadores mirando una especie de urna en la que pululan los personajes; acercarnos y hacernos cómplices con esas miradas es un poco romper un código. Es salir de esa urna y hacernos participar de una forma más implicada. Y no hace falta, es más duro dejarnos fuera, mirando fríamente ese mogollón. Evidentemente no cuestiono las decisiones de la directora, faltaría más, sólo comento que en mí, esas decisiones no funcionaron. 



Y luego hay otro lastre y es un reparto demasiado irregular. Aparte del tema de las edades, que en algunos casos es chocante.
Carmen Conesa está fantástica. En cada gesto, en su frialdad, en su monólogo, en sus miradas, en su presencia y su peso en escena. Fantástica. 
David Lorente es como un río en medio de las montañas. Lo que debía suponer para cualquiera una dificultad para él es un aliciente y saca provecho de cualquier traba. Es un actor descomunal y aquí vuelve a salirse. Gabriel Garbisu me sorprendió gratísimamente. Hacía mucho tiempo que no le veía y me gustó muchísimo su implicación y su poderío. Como el trabajazo de Manu Cuevas, al que desgraciadamente no conocía y ha pasado a ser ya un referente al que voy a seguir con fijación. 
Y por supuesto Jesús Noguero es un grandioso actor y aquí vuelve a demostrarlo. Como Carolina África, otra de mis debilidades. Mette es pa llevártela a casa, aunque reconozco que el acento... no me convenció. Casi me parecía innecesario (supongo que será una noruega entre daneses) y me sonaba casi más a rusa. En fin, cosas mías.

En definitiva, "Festen" me parece un buen trabajo, sólido y de altos vuelos. Aunque peque quizá de ciertos lugares comunes, el resultado es potente y sobre todo, sobrio y contenido.          

Ushuaia. Teatro Español

Hay una campaña despiadada contra "Ushuaia". Y no lo entiendo. No digo que haya una confabulación orquestada por nadie, ni mucho menos, pero sí una corriente desmesurada e injustificada. No sé en otras partes, pero en Madrid somos muy dados a encumbrar a alguien, subirle a un altar indiscutible y luego dejarlo caer. También es verdad que algo pasa con Alberto Conejero que parece que es responsable principal y último de los montajes de sus textos. Y ahora que toca dar caña, el palo se lo lleva él. Y no. No porque no es merecido ni justo.
A ver si me explico: evidentemente los montajes de sus textos han sido un exitazo por la calidad de los propios textos y por las poderosas direcciones que han gozado. Pero el éxito o no, la herencia, el recuerdo, la explosión y el goce extremo de un espectáculo tan vivo como el teatro son responsabilidad de todas las piezas. Afortunadamente, hasta ahora, los textos de Conejero han estado en manos privilegiadas y juntos han creado maravillas.



El texto de Alberto Conejero se publicó en 2014. En su momento se consideró un gran texto y así sigue siendo. El texto es el mismo que en 2014 (algo quizá haya tocado, pero vamos) y si entonces era brillante, ahora lo sigue siendo. Frases como las que se están leyendo y lindezas que bordean el insulto son aparte de injustas, totalmente equivocadas. 
Vale que cada uno tiene un gusto, que este es personal e intransferible y que la experiencia teatral es siempre íntima y propia. Pero que el texto de Alberto Conejero es seductor, bellísimo, oscuro, con una poética tenebrosa y torturada es un hecho. En este caso, si algo flojea o no ha encontrado el punto justo es la puesta en escena. A cada uno lo suyo.  



El texto me parece bellísimo. En el fin del mundo, en el último rincón de la última esquina del último lugar habitado vive recluido un ser oscuro y huraño, celoso de su historia y de sí mismo. Viven sólo con sus recuerdos, sus torturas y sus fantasmas. Lleva años intentando recomponer su propia historia, sus propios por qués. Un ser tan novedoso como dulce removerá los cimientos del pasado y del presente. El bosque que hasta ahora le cobijó se vuelve amenazante y los fantasmas que habitualmente le visitaban para ayudarle a recomponer piezas se descolocan y dejan de encontrar su sitio concreto en la memoria. Todo se tambalea; la verdad, el recuerdo, la razón y el destino. Entonces la ballena blanca acabará arrastrando al capitán y su venganza al fondo de la memoria y del olvido. 
Es bobada intentar defender un texto plagado de referencias y con un nivel de lirismo como el que tiene "Ushuaia". Es una maravilla el uso del castellano, el sonido, ritmo y la musicalidad de las palabras y por supuesto, su nivel dramático es de una altura indiscutible. Tanto la acción en sí misma como la progresión de la acción, la forma en la que avanza, el viaje que supone para los personajes y la profundidad de la metamorfosis que estamos viendo son fascinantes. Es un textazo con pocas fisuras. Y no hablo sólo de la trama tal cual; de la historia del nazi escondido y de su venganza, no. Hablo de todas y cada una de las capas que esconde el texto. Porque cada frase tanto de los personajes reales como de los fantasmas, arrastra un trauma, una capa nueva de verdades ocultas y tapaderas sentimentales.



Otro tema es la puesta en escena. El día que yo lo vi, no consiguió levantar le vuelo. Pasaban los minutos y no se producía la magia, la chispa, ese momento en el que el escenario se convierte en vida real y tú te dejas inundar. No había catarsis y no prendía el momento ese en el que ficción y realidad se  suman y confunden. Lo que pasaba sobre el escenario era teatro. Buen teatro, pero teatro.
Alessio Meloni me enloquece. Y las imágenes que había visto prometían un trabajazo. Sin embargo en vivo, el bosque no me parecía acogedor sino sólo amenazante y el cubo donde sombras, efectos y luces dan espacio al recuerdo borroso no me gustó. Me parecía que había un salto entre lo que se contaba y lo que estaba viendo. La desolación del último rincón del mundo y el cobijo de una mente torturada no se corresponden con lo que estaba viendo. Bellísimo, eso sí. 
Iñaki Rubio hace un trabajo magistral tanto con la música como con el espacio sonoro. Como Joseph Mercurio con unas luces que sí son del fin del mundo, son las sombras del recuerdo y de la culpa. Los rincones de las almas torturadas, unas por el deseo de olvidar, otras por la necesidad de recomponer. 
El uso de los micrófonos es desconcertante. En otras ocasiones los hemos visto en ese mismo teatro. No sé si tiene algún problema de acústica, aunque imagino que no. En este caso supongo que los usan para poder utilizar un tono de voz más susurrado, agravar las voces y dar más potencia al peso de la palabra que a su sonido. Pero no funciona bien. Creo que es una cuestión técnica, hay veces que se solapan unos con otros y provocan acoples y en otros momentos están descompensados y apoyan mucho a unos y poco a otros, creando un desconcierto espacial importante. En cualquier caso, ninguno de los cuatro actores hace un trabajo vocal como para necesitar apoyo. Ni siquiera Coronado, que es el que está con la voz más abajo, hace ningún alarde vocal ni saca una voz de ultratumba. 



En cuanto a las interpretaciones, Dani Jumillas vuelve a brillar con una presencia escénica aplastante y un desparpajo moviéndose por el escenario natural, orgánico. Aunque en ocasiones parece que el texto está a punto de suponerle un obstáculo, grita, susurra, aplasta y acojona sólo con verle. No pasa lo mismo con el resto del reparto. Sinceramente creo que tienen la partitura emocional de sus personajes clara; saben perfectamente de dónde vienen, a dónde van y por dónde deben transitar entre medias. Cada acción y cada repercusión están claras, están ahí y las hacen. Pero no nacen, no son vivas, no son reales. Falta que se produzca el milagro del rito teatral. Imagino que cuando esté más trillada la función descubrirán los procesos que ahora faltan. A Coronado el texto aún se le queda lejos. Comienza simplemente enfurruñado y de pronto se descompone en ese final más acertado pero sin el proceso intermedio. Está plano y le falta proceso. Como a Olivia Delcán. Físicamente está bien, su imagen es creíble y poderosa. Pero tiene un frialdad y una lejanía con el texto que se vuelve en su contra. No digo que no se sienta afectada por sus palabras, sino que algo pasa que no logra que eso que a ella le toca salga hacia afuera y se transforme en emoción real. Pasa por encima de muchas frases sin prestar atención a los signos de puntuación y eso le resta muchísimo peso a sus textos. 

En resumen, al menos lo que yo sentí el día que vi la función fue que a pesar de contar con un texto sólido, con infinidad de elementos tanto poderosos como líricos, y hasta de ultratumba, la puesta en escena no logra crear la magia necesaria para que la parábola alcance la altura que el texto necesitaría. La magia de la redención que Mateo no ha logrado alcanzar en toda su vida se produce en ese final poético como resultado de algo bestial que no vemos. Quiero decir, si hasta ese momento él no ha alcanzado esa catarsis y sí la consigue ahora es porque ha pasado algo extremadamente impactante. Algo que no está en la puesta en escena. Así pues, un textazo de mucha altura con una puesta en escena en la que aún no está ese puntito mágico que convierte una función de teatro en un ser vivo, emocionante y perturbador.  

Las fotos son todas una pasada y son de Javier Naval. Espero que no le importe que las utilice, pero es que no hay quien se resista.             

sábado, 25 de marzo de 2017

"Château Margaux" y "La viejecita". Teatro de la Zarzuela.

Lo mejor que uno puede hacer al sentarse en una butaca es dejarse llevar. Entornar los ojos, abrir el corazón, los recuerdos y la piel y dejar que pase lo que tenga que pasar. 
Este no es un programa doble. Es un espectáculo compuesto por dos obras pero que forman una. Una, fresca, divertida, ingeniosa y con muchísima luz. La luz de los recuerdos luminosos. 




Yo no viví la época recreada en estas obras, evidentemente, pero sí crecí escuchando la radio. Mi abuela amaba la Zarzuela y mi madre la radio. El sonido de mi casa era el de las ondas. Los seriales, Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Vilariño, las cuñas aquellas cantadas, los consejos, las canciones dedicadas, las competiciones culturales entre colegios... Noche tras noche me acostaba con un pequeño transistor pegado a la oreja y tal como me acostaba, me levantaba. La radio era el mundo de lo imaginable, de todo lo posible. La locutora era bella y el locutor un galanazo guapo y bien vestido. La música te hacía volar y las voces soñar.
Este espectáculo se estrenó hace unos años como homenaje a la radio, a los sueños y a la imaginación. 
Si yo fuera Daniel Bianco habría hecho exactamente lo mismo, pedirle al mejor director de escena del mundo que viniera a la Zarzuela con este espectáculo fresco, optimista, divertidísimo y formalmente brillante. Un encargo de hace años de Emilio Sagi a Pasqual.




Siempre insisto en que uno de los mayores valores de Bianco, y mira que tiene, es su obsesión por acercar el género a todos los públicos. En esta ocasión, "Château Margaux y La viejecita" forman el espectáculo perfecto para encantar al público más tradicional y al más moderni y aventurero. No quiero decir que sea un espectáculo añejo, sino que cubre las expectativas de quienes esperen un espectáculo formalmente impecable y de los que quieran una visión moderna y eminentemente fresca y divertida. 
Ricardo Gracián (un sólido Jesús Castejón) presenta un programa especial; la final de "Camino a las estrellas", un concurso en el que sus finalistas Ángela Sarmiento y Manuel Fariñas, "el ruiseñor de Lalín" lucharán por hacerse con el triunfo y con el honor de interpretar la nueva sintonía del patrocinador, Château Margaux. En la segunda parte disfrutaremos de la retransmisión de la zarzuela "La viejecita", del maestro Fernández Caballero. Ahí entra en juego la imaginación y el poder evocador y creador de la radio, la palabra y el recuerdo. Todo esto en medio de un libreto que Pasqual ha reconvertido pasando del original y creando esta nueva joy plagada de humor, referencias, guiños y derroches de inteligencia y sentido dle humor.   

Miquel Ortega dirige fantásticamente a la ORCAM. Suenan realmente a orquesta radiofónica, alegre, pícara, divertida y brillante. El coro titular del teatro canta bien, con gracia y la calidad vocal que les caracteriza. Aunque a las mujeres les falte un poco más de picardía y "salero" en sus bailes de "La viejecita". 
El vestuario de Isidre Prunés fantástico, como las luces del propio Pasqual y la escenografía de Paco Azorín. 
La dirección de escena es brillante y sabia. Saca lo mejor de cada pieza del engranaje, mueve como debe a todos y sobre todo, impregna todo el espectáculo entero del aroma de los cafés antiguos, del recuerdo como lugar cálido y de la imaginación como cobijo. Lo recuerda le propio Pasqual, y es cierto; dice "tenía razón doña Rosita la soltera cuando decía, "no hay nada más vivo que el recuerdo". Pues eso hay sobre el escenario, alegría, diversión, vida, luz y optimismo. 




Si la música te afecta sin filtros y te provoca reacciones sin que puedas evitarlo, la música del maestro Fernández Caballero y la puesta en vida del dios Pasqual te alegran la vida, te regalan luz y ganas de vivir y de reír, te inundan de optimismo y de alegría de la necesaria, de la de primavera. 
El reparto entero es sólido y fabuloso. Pero es de ley destacar a Emilio Sánchez, divertidísimo cantando (de mearte vivo) y hablando. Ruth Iniesta, que aparte de tener una gran voz y cantar con desparpajo y alegría, está fabulosa como actriz, aunque se Ángela Sarmiento (heredera directa de la Lolita Sevilla de "Bienvenido Mr. Marshall")  sea más acertada que la Luisa de "La viejecita". 




Y por encima de todos, Borja Quiza, un barítono de grandísima voz y una capacidad interpretativa DESCOMUNAL. Si ya de por sí canta que te caes de espaldas, cantar como lo hace él con ese acento argentino desternillante es un prodigio. Tiene un sentido del humor y una capacidad escénica abrumadora. Sin duda, el superhéroe de la función. 


Otro acierto más (y van... ni se sabe) de Daniel Bianco. Exitazo en la puesta en escena de Lluís Pasqual y triunfo para la orquesta y el elenco entero, especialmente para Borja Quiza, un animal escénico. 
Risas, diversión, luz, recuerdos, nostalgia de la calentita y una sensación de que el mundo es bonito y la vida merece la pena.




Unas fotos son de Enrique Moreno Esquibel y otras de Javier del Real, todas fabulosas. Gracias por dejarme usarlas.