lunes, 30 de enero de 2017

El cartógrafo. Sala Fernando Arrabal.

Juan Mayorga ha escrito el texto y además se pone al mando para ponerlo en pie, para darle vida. Claro, nadie mejor que él para saber exactamente qué quiere decirnos, cómo y desde dónde.
No sólo sale airoso del empeño sino que consigue dar vida a una historia de muerte de forma brillante. Aunque para ser sinceros, esta aventura es una aventura a tres bandas. Mayorga, Blanca Portillo y José Luis García Pérez. Tres pilares bestiales.



Mira, para no hacer lo de siempre voy a empezar por lo que menos me ha gustado. 
Intentaré no destripar nada del argumento, cosa difícil. Así que el que no quiera saber, que no lea. Bueno, no, qué coño, voy a destriparlo todo, así que NO sigáis leyendo si no queréis que os reviente la función.
Esta función para mi gusto tiene un hándicap. Es demasiado buena. Me explico: la historia del abuelo y la pequeña en el gueto es sobrecogedora, descomunal, interesantísima y emocionante. Tanto que mi cuerpo me pedía más desarrollo todavía. Creo que esa historia se merecería una función para ella sola. La historia del matrimonio en crisis me interesa tanto y es tan rica que se merecería una función para ella sola. Y la historia de la cartógrafa errante me interesa tanto y es tan dura que se merecería una función para ella sola. La pena es que al juntar y mezclar todas estas historias estremecedoras e interesantísimas el espectáculo que y dura dos horas y pico se pondría en cuatro horas y claro, no es plan. 
En serio, el texto es una maravilla, una joya de esas de relojería en las que cada pieza, cada elemento, cada frase dicha significa algo dentro del orden universal. Una bomba. 
La puesta en escena es igual de sólida. Un espacio delimitado por unos actores que incluso antes de empezar ya dejan claro que son dos actores, que lo que cuentan es una historia escrita. No crean "verdades" falsas, las interpretan. Salen, pegan una cinta adhesiva en el suelo, hacen señas a los técnicos y comienza el rito. Un rito falso en el que ellos solos interpretan todos los papeles. Sin "meterse" en el personaje, ni haciendo ninguna ouija, tal cual, poniéndose una boina o arqueando la espalda. Incluso en un momento dado el dolor es tan insoportable que los propios actores paran la función y "confiesan" que es tan tremendo lo que cuentan que han sido incapaces ni siquiera de ensayarlo y montarlo. No sé si es cierto o si es parte del "montaje" , en cualquier caso podría ser perfectamente cierto, lo primero porque efectivamente lo que cuentan es tan duro que es insoportable y lo segundo, porque ya han establecido la premisa de que lo que vemos es ficción y ellos dos actores. Que de pronto paren la función entra dentro de lo posible. Además, qué quieres que te diga, pero hasta yo como espectador necesitaba un momento de oxígeno y distanciarme aunque fuera unos segundos me ayudó a sobrellevar tanta intensidad. 
Mayorga mueve a sus actores con total impunidad por el espacio, les coloca, les descoloca, les da poder y les hace vulnerables con un simple oscuro. Y a veces ni eso. Por tol morro. Y ellos, como dignos emisarios de su mensaje en el escenario, actúan, recrean, crean, viven y sufren  por tol morro también. Todo el engranaje es sólido y funciona a la perfección. Cada piececita. Eso convierte a "El cartógrafo" en un ejemplo de TEATRO así con mayúsculas bien hecho. Sincero y bien hecho. Sí, el tono es el drama mezclado con pinceladas de melodrama, pero es lo que es, es sincero y como tal funciona. Y yo como espectador me seco las lágrimas que me provoca ver las lágrimas de Blanca y quiero consumirme viendo cómo se consume José Luis. 



Alejandro Andújar ha creado un espacio mágico y lo ha vestido y decorado de rojo. Todo es rojo. Sí, rojo. Rojo sangre, rojo pasión, rojo muerte o rojo rojo. Pero rojo. Y lo que parece un recurso antiguo no lo es porque milagrosamente cobra vida y lo evidente pasa a ser mágico y el sufrimiento, la duda, el dolor y la búsqueda se hacen cuerpo. Cuerpo rojo. Maravillosos vestuario y espacio escénico.
Las luces de ese mago que es Juan Gómez Cornejo son sencillamente magistrales. Son unas luces salidas del interior de los personajes. Los únicos momentos azules y blancos. Frío, muerte, soledad y vacío. 
Mariano García creo un espacio sonoro y una música vibrantes y estremecedores. Puras sombras. 

Blanca Portillo y José Luis García Pérez son indiscutiblemente dos de los mejores intérpretes de este país. Y de cualquier país. Así, en general. 
Aparecen, se arrancan, desnudan su alma, ponen en medio de la sala los lugares más dolorosos de sus propios seres, cambian, intercambian, suben, se tiran, nadan, bucean, se flagelan, se hieren y se dejan morir. Si piensas en dos actores hiperdotados, con una capacidad infinita de convertir en "real" cualquier texto y de dar vida y cuerpo a un puñado de personajes apenas con dos pinceladas, esos son ellos dos. Además del texto, ellos son los máximos responsables de que la función sea una apisonadora. Son una pantera y un león enjaulados y pasan del grito estremecedor de la muerte a la dulzura de una caricia pequeñita. Dos prodigios. 



Fabuloso espectáculo que merece una muy larga vida. Texto fantástico (quizá demasiado), luces dolorosas, vestuario perfecto, espacio de diez, música estremecedora, muy buena dirección y sobre todo, dos ACTORES prodigiosos regalando unos trabajos comprometidos, dolientes y generosos.        

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