lunes, 23 de abril de 2018

Elvira. Pavón Teatro Kamikaze.

Lo que no puede ser es que uno se suba a un escenario y no esté comprometido con el escenario. 



Recuerdo con cariño y nostalgia el antiguo Festival de Otoño, cuando se celebraba en otoño y era un festival. Había que comprar las entradas en las taquillas de los teatros y ese mes era una locura para poder verlo todo. Yo me guardaba un dinerillo de lo que ganaba con mis bolos para gastármelo en ver lo mejor de cada casa. Este año, gracias a la amorosa e hiperprofesional labor de Carlos Aladro y de su equipo, al menos hemos podido ver una selección gloriosa de lo mejor que se hace en el mundo. Ese era antaño el espíritu del festival y ese es ahora. Sólo falta que sea en otoño y que nos estresemos para cuadrar agendas. 
A lo que voy; este año hemos visto joyas, algunas de ellas con la palabra como eje. De la palabra barroca y rellena de carne y de sentido de "Pequeño misterio ácrata" de Mauricio Kartun, posiblemente uno de los mejores espectáculos vistos en Madrid este año a la palabra sonoramente sólida de esta "Elvira". Sonoramente sólida. Punto.

Pasa una cosa y es que si viene a Madrid alguien con la fama (y el talento, por supuesto) de Toni Servillo, las entradas vuelan. Todo vendido en minutos. Normal. Como normal es que todos demos por hecho y a priori que lo que vamos a ver va a ser una joya. Yo confieso que en mi prejuicio, en mi juicio previo, partía de la seguridad de que "Elvira" iba a ser una joya. Luego uno entra al teatro, nervioso por ir a ver una joya, se apaga la luz, comienza la vida sobre el escenario y te encuentras con lo que se produce realmente sobre el escenario. O entre el escenario y tú. Ese día, entre lo que ves y lo que tú eres esa noche, cómo estás, cómo eres y cómo te dejas. Eso pasa siempre. Pero también parece que es necesario explicar por qué algo tan incontestable como "Elvira" me dejó como estaba. 

Me pasa con muchos espectáculos; que los veo y confieso que son impecables, cada gesto, cada frase cada tono, cada mirada están en su sitio, son impolutos, impecables, intachables, limpitos y precisos. Pero para mi percepción del espectáculo les falta vida. Les falta nacer y "ser" en ese momento. Tengo la sensación de que sí, de que son perfectas, pero que si veo la función de ayer y veo la de mañana van a ser exactas. Siento que la función es siempre la misma. Exacta, clavada. Y puede que sea porque el proceso creativo ha sido bueno, se ha llegado a donde ellos querían, y lo han fijado. Sí, claro que hay que fijar y hay cosas que tienen que ser iguales porque la función es la misma, el texto es el mismo, el espectáculo es el mismo. Pero también es otro. Y tiene que ser otro. Porque eso es lo jodido del teatro; que siendo todos los días lo mismo, sea nuevo, nazca en ese momento. Que los actores vean nacer la energía esa tarde, la recojan, la utilicen y la expriman para hacer entre todos, la función única, la de cada día. La función viva. Si eso no pasa, las funciones serán perfectas, pero estarán disecadas. Perfectamente disecadas, pero disecadas. Y es que lo que no puede ser es que uno se suba a un escenario y no esté comprometido con el escenario. Puedes ser un funcionario de la escena impecable, incluso magistral, el más grande, pero no será un espectáculo vivo. Al menos para alguien no lo será. Y no digo que yo sea más listo que nadie ni tenga la sensibilidad en otra parte del cuerpo, para nada, solo digo que a mí no me coló, le vi el cartón. O esa fue mi sensación. 
Obviamente es un gran espectáculo. Indiscutible. Y escuchar a Toni Servillo es música. Qué gusto da oír las palabras cuando las palabras son seres vivos. Cuando las palabras son música, son notas que suenan y resuenan desde la maestría del que sabe lo que dice, por qué lo dice y para qué lo dice. Y se regodea en su propio sonido. Un gustazo cerrar los ojos y simplemente escuchar el sonido de sus palabras. 



Pero en mí se produjo desde el principio una especie de cortocircuito entre lo que estaba oyendo y lo que estaba viendo. 
Louis Jouvet trabaja con una joven actriz y alumna, Claudia en el París del año 40. Ella intenta preparar y descubrir el monólogo final de Doña Elvira. La forma de trabajar de Claudia no le gusta al director y este pide a la actriz que trabaje desde la emoción. Porque el teatro sin emoción no es verdadero teatro. 
Año 40, Stanislavski ha muerto hace nada y el método está extendido. Guay. El personaje de Servillo defiende que el teatro debe buscar el sentimiento, que la actriz ha de encontrar las emociones del personaje para así poder trasmitirlas. Sin artificios escénicos. Sólo con la pura emoción. 
Sin embargo lo que yo veo es una función disecada, una función que me hace sospechar lo que decía antes, que es clavada a la función de ayer y será clavada a la de mañana. Magistralmente montada, sí, minuciosa y detallista, pero YO sospecho que es y será la misma. Por eso me cortocircuito, porque me cuentan una cosa, la defensa de los sentimientos reales como única forma de acercarse a un personaje y a un espectáculo pero lo que veo es justo lo contrario. Insisto, esto es lo que YO siento, no digo que sea verdad. Que aquí a veces hay que cogérsela con papel de fumar...
El maestro hace uno, dos, tres, dieciséis análisis del texto, desgrana las palabras en un trabajo de mesa que quizá debería ser todo el curro previo a empezar a montar. Pero bueno. Yo lo que veía era a Servillo destripando una y otra y otra y otra vez el texto y pidiendo sentimientos, emociones sinceras y reales. Sin embargo lo que va marcando a la actriz es que entre más despacio para crear mayor impacto, que no haga pausas porque escénicamente no funcionan, ahora que no, que entre más deprisa... en fin... que en realidad está marcando justamente los recursos escénicos que le pide a la chica que NO utilice. 



En medio de ese cortocircuito mental mío entre lo que me dicen y lo que veo confieso que el texto da muchas vueltas sobre lo mismo. La misma escena se repite una y otra vez con el único aliciente de escuchar la melodía de la voz y la forma de hablar de Servillo y las mutaciones que sufre esa inmensa actriz que es Petra Valentini. Lo siento mucho pero me parece que ella es la verdadera ganadora de la función. Cuando ves que esta acorralada y que ni ella sabe cómo ni desde dónde retomar el texto otra vez, ella da un giro y te sorprende rebuscando en su interior el matiz minúsculo que marca la diferencia. Sinceramente, Petra Valentini me pareció prodigiosa. 
Además... y esto ya es una cosa personal... yo no creo que haya que buscar el sentimiento real ni la emoción verdadera. Sí y no. Lo que hay que conseguir es que el que mira se emocione, no que se emocione el actor. O no siempre. O no como regla, o no como axioma. Otra cosa es trabajar desde la sinceridad, buscando la verdad y desde la honradez. Eso sí, claro, siempre. Hay que ser honesto con las palabras, con lo que significan, con el hecho de elegir unas y no otras y de darles sentido desde ti con los seres que comparten el compromiso contigo. Pero la verdad de los sentimientos, las emociones reales, etc... sí pero no. Yo creo más en vivir y hacer nacer el momento único y especial, en alimentarlo y darle espacio. Y dejar que viva. Que sí, que lo otro también, pero esto más, jajaja.
Por cierto... hablaban de emociones sinceras y sentimientos reales pero solo se ocupaban de buscar los recovecos del texto, no buscaban las emociones de la actriz. Solo cuál era el significado real de las palabras y cuál debería ser el resultado final. De la búsqueda de la emoción de la actriz, nada. 
Aunque claro, esto es el texto y uno puede o no estar de acuerdo con el texto. 

Bueno, pues eso, que yo aquí haciendo amigos, como siempre.  
Pero insisto en que eso es lo que yo veía, lo que yo oía y lo que yo sentía. Tres cosas que no llegaron a juntarse. Y es una pena, porque con lo bien que suenan las palabras dichas como las dice Servillo y con un actrizón como Petra Valentini habría dado lo que fuera por haber salido más tocado.            

        

jueves, 19 de abril de 2018

Spanish Suite. KOR'SIA

Hay artistas y hay ARTISTAS. 



Hay quien quiere contar cosas, compartir experiencias, lucir palmito o hacer que la peña flipe con sus contorsiones físicas o emocionales. 
Y luego están los ARTISTAS que necesitan un medio de expresión más allá de las formas conocidas escénicamente hablando. Ni la palabra, ni el gesto, ni el músculo ni la voz ni la música. KOR'SIA  nace de la necesidad de buscar un lenguaje propio. 
Todos somos únicos, exclusivos, diferentes y distintos a los demás. Eso nos hace a todos y cada uno, especiales. Explotar esa diferencia, aprovechar lo que tenemos único, distinto y exclusivo es lo que crea el lenguaje personal y la creación particular; justo lo que necesita un artisssssta para pasar de divino a NECESARIO.
KOR'SIA son necesarios para el mundo del goce, del placer, de la belleza, del disfrute, del humor y de la comunicación entre el planeta ARTE y los humanos. 
Claro de KOR'SIA cuentan con ventajas. Para empezar dirigen la compañía dos animales, dos seres consecuentes, exclusivos, bellos de gritarles y con un sentido y una necesidad de expresión de esas que son únicas e infinitas. Antonio de Rosa y Mattia Russo son dos elfos que han nacido en el sitio equivocado. En este mundo terrenal, donde la etiqueta y el concepto marcan la diferencia, ellos beben, miran, deciden, tragan, digieren, cuentan y lanzan al espacio exterior SU forma de expresión, su manera de comunicarse con el mundo. Son, sencillamente, dos seres siameses, con un sentir único y una forma de expresión que habita a dos palmos del suelo. 
Y para remate cuentan como dramaturga con María Velasco, ahí es nada. Quizá una de las mentes más personales, afinadas y vertiginosas que conozco, un raudal de sabiduría, falta de pudor y valentía. Las armas perfectas de un dramaturgo. Y con intérpretes de esos celestiales, con los que soñaría cualquier compañía. Te digo dos nombres. Mar Aquiló, los tobillos y las manos más independientes y vivos del universo, una mujer con una capacidad de traspasar el escenario asombrosa. Y bella como un atardecer cuando se mueve. Y Agnés López, seguramente el espíritu más personal, amoroso, creativo y sabio de su cuerpo y de su entorno que yo he conocido. Agnés se mueve por necesidad y se expresa por supervivencia. Llena el aire que hay a su alrededor y estruja os sentimientos en un radio de varios kilómetros. La capacidad de transformar el mundo que tiene un simple arqueo de cejas sería razón suficiente para querer vivir. AMO a Agnés. 
¿Quieres más? Monica Boromello como escenógrafa. Dios. Punto. Chimpún.


    
El artista debe ser único y especial. Además debe saber que lo es y sentirse como tal. Sin modestias ni pollas. Y luego trabajar desde la humildad. Desde la humildad del que se sabe especial y trabaja rompiendo los límites entre la comunicación y su YO. Si uno cuando se sube a un escenario o se muestra ante los demás no es honesto, no es nada, se traiciona. Saberse único y especial es vital y logra que uno, desde su centro gravite en torno a los demás, a los que miran con ojos de ver. 

"Spanish suite", dentro de mi corto conocimiento teórico, bebe de otro genio, quizá uno de los mayores coreógrafos del mundo mundial, Marcos Morau. A mí, al menos me lleva a Morau y a La Veronal. Por su necesidad de romper moldes, de mostrar que son uno y son distintos. Y por la forma de romper las formas. Si Kylián y otros dioses rompen la geometría del cuerpo y de los miembros, y celebran que los brazos tiene codos y muñecas y las piernas, tobillos, Antonio y Mattia toman ese lenguaje y le añaden la espalda, los hombros, arqueándolos hacia dentro, hacia el lugar menos danzístico posible, y llenándolos de sufrimiento, de tortura, y en el caso de "Spanish Suite" de guasa y cachondeo. Me paso las tradiciones y los tópicos por el forro del suspensor, pongo a un puñado de estudiantes del Conservatorio con tantas ganas como arte, les lleno de lunares y arriba España. Y te montas una coreografía única, distinta, diferente y personal. Con la belleza rabiosa del que está de vuelta de todo y la sabiduría del que se sabe y se reconoce como especial. 
"Spanish Suite" es divertida, con momentos de una belleza acojonante, con una deconstrucción de los brazos y de los desplazamientos como sólo los genios pueden hacer y con un virtuosismo formal avasallador. 
Voy a ponerle varios "peros" al trabajo de KOR'SIA. para que nadie diga que si son colegas y que si he cenado un plato de Mimosín.. 




El grupo con el que han trabajado son todos de quitarse el sombrero. Veintitrés artistas entregados y sublimes. Todos ellos sabían lo que hacía y se han comprometido con lo que estaban haciendo y con cómo lo estaban haciendo. Menos alguna chica que se notaba que estaba algo pudorosa. Y el arte con pudor se llevan fatal. No digo que bailaran mal, sino que alguna chica, sobre todo, tenía una tensión corporal y una forma de estar tiesa, estirada. Cuando TODOS entiendan lo que hacen y por qué lo hacen, eso será la rehostia. Y alguna chica aún no lo sabe del todo. 
El otro "pero" es no contar (de momento) con el ser nacido para sobrepasar los límites de lo humano, el artista que con una mirada hace temblar los muros de Ávila y de Lugo a la vez, el ser que con un simple meneo de brazo provoca tsunamis. El mayor y mejor "expresador" de sensaciones con su cuerpo, un ángel que quizá ni él sepa lo que traspasa un movimiento de pelvis. No diré su nombre por si se pone tonto.
Sólo diré que KOR'SIA es lo mejor que le ha pasado al mundo de la danza en los últimos tiempos, que esta "Spanish Suite" debería convertirse en un espectáculo de una horita y girar por todo el planeta. Que de momento ya forma parte de la iconografía de la danza, que es una puta joya y que donde la veáis anunciada, id como locas posesas a pillar, porque lo vais a flipar.

Y si Mattia y Antonio son dos seres bellos y perfectos y el prototipo de lo que YO considero un artista, cuando bailan con Mar, o con Agnés o cuando bailen con Isaac, te digo yo que el mundo se resquebraja y nos traga a todas porque ya no habrá nada más allá. 

Si KOR'SIA son lo más, mejor y más único y especial que conozco, (con permiso de Kukai y de la Veronal), lo que van a dejarnos Mattia y Antonio al resto de los humanos es sólo belleza, una expresión única y particular y la certeza de que cuando uno se expresa por necesidad saltándose las barreras de lo establecido y buscando la coherencia, la belleza y la comunicación vienen solas.    

Gracias David, Rocío, Claudia, Sara, Emma, Elena, Claudia, Aurora, Julia, Pilar, Hugo, Laura, Xián, Francisco, Pablo, Iris, Inés, Mireia, Rosella, Mario, Laura, Luna y Cristina por el fabuloso espectáculo que nos regalasteis. Y gracias, Antonio y Mattia por existir y dejarnos verlo.  



              

martes, 10 de abril de 2018

The show must go on.

"... y se llenó el escenario de gente. Eran hombres y mujeres y ninguno se parecía a nadie".





Necesitamos, no sé por qué, poner nombre a las cosas. No sé si es porque creemos que si algo no se nombra no existe. Yo más bien pienso que algo no existe si no se piensa. O si no se sueña. O si no se recuerda. Aunque quizá sea cierto, que si no se nombra, no existe. Por eso a la experiencia de colocar a un grupo de ejecutantes y a un grupo de ojos que miran juntos, en un mismo espacio, para que los ojos miren lo que los ejecutantes hacen hemos acordado llamarlo "hecho escénico". 
Ese término suena pelín petardo. Pero lo usamos. Hemos acordado hacerlo. Así que voy a usarlo ahora como lo he usado muchas otras veces.  
El hecho escénico es el mayor acto de amor que hay entre el artista y el público, los ojos que miran, los oídos que oyen. El encuentro entre ojos que miran y personas que muestran debe ser amoroso y generoso. Por ambas partes. Si intentas irte a la cama con alguien y vas pensando en lo bien o en lo mal que va a salir, ese polvo será como mucho gozoso, pero no será cósmico. Y si un polvo no es cósmico es una mierda.
"The show must go on" es, como cualquier hecho escénico, un acto de amor y como tal debe ser mirado. Con la mente abierta, con los ojos dispuestos a mirar y dejar ver, con los oídos abiertos para escuchar y dejarles oír y con las ganas vírgenes de dejarse jugar. 
El encuentro entre seres únicos, individuales, distintos entre sí y distintos a los demás, y los espectadores igualmente únicos, individuales y especiales debe partir del amor. Del amor de unos por otros. Sin prejuicios, sin frenos, sin remilgos y sin pudores. 
Arriba, cuerpos dejándose mover por las ondas de la música. Eso es energía pura. Es algo físico. Que ni está bien ni está mal. Es así porque así nace. Y nace de verdad. El ojo que mira debe hacerlo con amor y generosidad. No para perdonar nada, sino para dejarse tocar libremente, de forma líquida, de forma universal. 
Abajo no sirve con sentarse a mirar. En CUALQUIER espectáculo, el ojo que mira debe querer ver y debe saber y querer hacerlo. 
El camino es fácil. Tanto que parece que asusta. Empieza. "Tonight". Esta noche. "Let the sun shine in", deja que surja la luz. "Come together", vayamos juntos en esto. "Let´s dance", bailemos. Y sigue. 
Hasta que el espacio se abre, la luz inunda de amor el patio de butacas, la cuarta pared y la quinta y la sexta se derrumban y se funden en un plato de mermelada de fresa el escenario y el patio, el que hasta ahora miraba con el que era mirado. 
En ese momento puedes hacer dos cosas, puedes parar y decir que tú en una primera cita no follas, o puedes dejarte mecer y aceptar el reto de ser activo. Activo desde el placer y el goce. Y si quieres bailas y si quieres no bailas y si quieres lloras y si quieres no lloras y si quieres imaginas y si quieres escuchas el sonido del silencio. Polvazo cósmico.
O puedes acojonarte y querer sólo mirar sin ver. Dejarte querer y ya. Echar la cabeza hacia atrás, dejar que te la chupen y pirarte como has entrado. 
¿Que "The show must go on" está muy visto, está trasnochado o tiene muchos años? Sí, más tiene "La Traviata" y si te relajas y la escuchas con deseo seguro que te mola y te la lloras. Chimpún. Mientras funcione... 
El sentimiento de estafa mola. Bailarines que no son bailarines, otros bailarines que no bailan, unas canciones deconstruidas, en medio la puta Macarena, la danza muy poco bella, la estructura rota, el poder en manos del público. ESO ES ESTAFA PURA. Y esa estafa es sana, viva, energética. Para mí, ir a ver "Jacinto y Juanita, dramón en tres actos" o "Historia del suburbio" y encontrarme JUSTO lo que debo encontrarme me mata, me quita vida, me pudre entero. Si el arte no es estafa no es nada. Estafa de lo previsto, toma ya, por listo. Estafa de lo burgués, estafa de lo premeditado, estafa de lo cómodo, estafa de lo sano, estafa de lo que te deja a salvo, estafa de lo que te deja igual, estafa de lo que tú, marisabidillas previsto para ti y para los tuyos. El arte es estafa, señoras, es el choque que te remueve, te conmueve y te trastoca. Es la estafa de la vida, esa que te hace cambiar, ver, ver de otra forma y salir de ti. Lo otro es cine. Es ver un documental.   
Me permito ahora copiar unas palabras que escribió un amigo. Pero es que es de los mejores escritores, poetas y seres humanos del mundo y mejor que él nadie lo expresa.  Dice "Yo pasé del enfado ("dejad imaginar, coño! Apagad los putos móviles y dejad imaginar!") a caer rendido ante la evidencia de lo que estaba pasando. Esa otra cosa que siempre es lo que pasa. Lo que pasa es siempre esa otra cosa que nos excede. Y si la vemos, ilumina."

Termino con otra cita copiada. La compartió otro ser único e iluminado. Un ser que cuando le conocí por primera vez me hizo tener ganas de morir para nacer otra vez e intentar parecerme a él.

Gracias, Javi, por la cita.Te la pillo.

"La Naturaleza no es bella, bellos son los ojos que la miran. 2008, 2009, 2010... La noche cae sobre el mundo. ¿Qué hacer? ¿Callar? Siento un sincero respeto por todos aquellos artistas que dedican su vida a su arte: ése es su derecho o su condición. Pero prefiero a aquellos que dedican su arte a la vida. En defensa del arte y de la estética, en tiempos de crisis y de paz. El Arte no es adorno, la Palabra no es absoluta, el Sonido no es ruido, y las imágenes hablan."

 
 
Gracias, Monsieur Bel.

Anabel, Agnes, Mar, Sara, Jose Manuel, Jorge, Víctor, Emilio, Shani, Victor DJ, Inés, Charo, Daan, Ana, Óscar, Eduardo, Paola, Christian, Kike, Aida, Andrea, Dina, Henrique... OS AMO.

lunes, 19 de marzo de 2018

El tratamiento. Kamikaze.

La comedia es un género endiablado y difícil de cojones. El chiste puede valer, pero son las situaciones las que deben despertar la carcajada. En "El tratamiento", Pablo Remón recurre a la comedia para colarnos un dramón de cagarte por las patas. 
Remón domina todos los géneros. Pero no porque tenga un don especial, sino porque escribe desde el corazón de la verdad. No tiene ningún pudor (o eso parece) y se coloca en el epicentro del mogollón y te habla desde ahí. Ya sea contándonos los traumas de la Historia y de las heridas que deja, o hablando del amor y de las múltiples formas de defenderse y de atacarse que puede tener una pareja o hurgando en las cicatrices de una familia desestructurada. Y que quede claro, no digo que no tenga mérito y que no tenga un don especial para escribir; obviamente lo tiene, pero para mí su principal valor es el sitio desde donde te cuenta las cosas. Siempre es desde el más arriesgado, el que hace más pupa.
Ahora te toca el turno a la vida. Así, muy sencillo él. 



"El tratamiento" nos cuenta supuestamente la historia de un escritor, Martín que una vez cumplidos los cuarenta se encuentra divorciado, vendiendo su alma y su "arte" al show bussiness, con un hermano ausente al que necesita y un amor soñado que también se fue. Frente a nosotros, en un tiovivo de situaciones rocambolescas, personajes frikis y encuentros más o menos desafortunados llevarán a Martin a plantearse por fin para qué y por qué escribe.
Esto es lo que parece y de hecho de esto habla la función. Pero no sólo de esto.
Remón utiliza herramientas cinematográficas para llevar al teatro una forma de contar muy, muy del cine, pero trasladada a las tablas con genio. Desde el uso de narradores (varios y variados) que nos van contando como si de una voz en off se tratara las acotaciones y las elipsis de la acción hasta saltos temporales y casi, casi te diría que de eje. Incluso recurre a personajes que de repente empiezan a hablar de los demás. Martín habla de sí mismo, sí, pero los demás personajes interrumpen la acción para hablarnos de él, para describirle, para ubicarle. A fin de cuentas, la historia de uno está hecha por las visiones de uno mismo y de los demás. 
La forma en "El tratamiento" es un peldaño distinto dentro de la obra de Pablo Remón.  En cada obra suya ha empleado una "forma" distinta. Ni mejor ni peor. No es que vaya avanzando, es que para cada texto utiliza un material escénico diferente. "La abducción" hay que contarla como él lo hizo, y "Barbados etcétera" también. Lo que pasa es que en este caso, la "forma" parece más llamativa. Pero porque la historia lo necesita. En esta ocasión necesitaba hacer "cine dentro del teatro" o "teatro dentro del cine". 
"El tratamiento" habla de Martín, sí, de cómo olvida por qué y para qué escribe, de cómo vende su tratamiento con tal de ver su peli estrenada, de cómo la vida pasa veloz, de cómo es imposible fijar fotográficamente los momentos clave de nuestra vida, de que aunque los fijemos, su recuerdo siempre será manipulado, del vacío de un amor soñado, de la ausencia de amor paterno/materno/filial, de la fragilidad de los recuerdos, de lo que soñamos que sea la vida y el amor y lo que luego es y de la muerte como ser abstracto, frío y silencioso. "El tratamiento" es un puñetazo al hígado, es retorcerte los huevos con las dos manos y dejarte tirado en medio de un charco, es una apisonadora. Peeeero con el envoltorio de celofán de la carcajada y la situación esperpéntica. 
La obra está dirigida con ritmo de cine. Creo que si cronometras las escenas saldría incluso un algoritmo con un resultado pacífico. Porque "El tratamiento" tiene una capa no muy alta, una nariz dulce, con notas de confitura de frutas rojas con un amargor soportable, un paso en boca equilibrado, con alguna arista cómica equilibrada con el drama justo y sin embargo con un regusto amargo de cojones. Porque "la vida es un momentito" y eso no hay dios que lo soporte. Porque todos querríamos recordar aquel baile como si hubiera sido con un italiano viril con una melena como una cascada. Todos querríamos haber entendido mejor a aquel amor que llegó, duró y se fue. Porque a todos nos han dicho un día por teléfono, fríamente que nosequién ha muerto sin decir adiós. Porque todos hemos cedido parte de nuestro ser para conseguir eso etéreo que creemos que es lo que buscamos. Porque todos echamos de menos a nuestro hermano ausente. Porque la vida, por muy bien que vaya, es una putada. "El tratamiento" consta de tres partes, una presentación, un nudo y un desenlace particulares. Son tres tempos, tres estilos y tres conceptos distintos. 



Si la dirección y el texto son dos obras maestras, el trabajo de Monica Boromello no se queda atrás. 
Para esta ocasión ha creado como el cajón donde uno guarda los objetos sueltos que conforman una vida. Esa caja que todos tenemos en la que duermen desde el posavasos de aquella disco teen a una postal del año del pedo o un cacharrito que en su día significó algo. Es la caja de los recuerdos, esa caja donde todos los chismes juntos significan algo pero por separado sólo son partes de un todo. Maravilloso espacio sonoro de Sandra Vicente-Studio 340 y fabulosas luces de David Benito. Hasta la paleta de colores es magistral e invisible, de los azules brillantes al blanco y a los tierras. Magia pura. 
Y cinco seres tocados por el genio dando la cara.
Lo primero que quiero destacar es algo que consiguen los cinco a la vez, los cinco juntos. He visto el espectáculo dos veces. Lo vi el martes  y he repetido el domingo. Y debo decir que los dos días han sido perfectos y en ambas ocasiones he visto lo mismo. A ver si consigo explicarme: los dos días los cinco han ido alimentándose de lo que estaba pasando en escena. La energía y la densidad del aire sobre el escenario la recogían entre los cinco y la transformaban en energía escénica. Eso es JUSTO lo que debe suceder en un escenario, que lo que fluye, lo que se crea entre todos, lo recojan los cinco y lo utilicen para seguir creando algo juntos. Eso es algo inexplicable e invisible, pero que se nota, se distingue, se percibe, se huele, se algo. Y gracias a eso, lo que yo he visto cada día era lo mismo y era nuevo. Así debe ser el teatro, lo mismo pero nacido cada día. Para que esto pase hay que ser un actor/actriz grandioso y hay que estar abierto y respirando lo que pasa en el escenario. Eso hace que cada día sea único. A pesar de ser lo mismo. 



Bárbara Lennie, Ana Alonso, Francisco Reyes, Emilio Tomé y un cada día más perfecto Francesco Carril son el quinteto celestial que dan vida a veinte personajes. Los cinco están asombrosos, no sólo por lo que acabo de decir, sino porque son capaces de adueñarse de las palabras de Remón, de pasarlas por su sistema digestivo y de soltarlas en escena como si fueran el vapor de un géiser. Sus palabras son pura necesidad y sus acciones, impulsos. Ana, Bárbara, Emilio, Francisco y Francesco (no se puede ser más guapo) son los mediums PER-FEC-TOS para traer a la Tierra las palabras de Remón. Y entre ellos consiguen dos de los momentos más poéticos y dolorosos del teatro contemporáneo: el encuentro en el spa y el estreno de la peli. La aparición de Emilio y el giro que da ahí el texto es de esos momentos en los que el alma te da un vuelco y quieres morir de amor. Es tan estremecedor como cuando Yuri veía a Lara o cuando Stefan se daba cuenta de que ella era... Lisa, o cuando Nené decía que ella era Nené. 
¡¡Y qué decir del enano!!  Para la historia del teatro.  

Kamikaze lleva tiempo presentando y produciendo el MEJOR teatro que vemos en Madrid (aparte de la cósmica programación de Rígola en Canal) y con "El tratamiento" vuelven a demostrar algo que es obvio. El teatro está hecho, está ahí. La gente HACE buen teatro, buenísimo, sólo hay que ver quién y ponérselo fácil. Bravo de nuevo por Kamikaze, los madrileños nunca les agradeceremos lo suficiente lo que están haciendo.  

Las fotacas... de Vanessa Rábade, IMPRESIONANTES!!!!!       

domingo, 11 de marzo de 2018

Aida

Tampoco hay que ponerse exquisitas, a ver, a todos nos mola ver una "Aida" así, mogollónica, fallera y tocha. Claro, ya de hacerla, hacerla a lo grande, no con tres figurantes, escenario vacío y todo conceptual. Bueno, igual también mola, pero está bien ver un espectáculo grandilocuente de vez en cuando. Y ya puestos, pues si recurres a un montaje ya probado, rodado y comprobado, el éxito lo tienes garantizado. Y yo que me alegro. Asó los miembros del patronato se pueden ir de cóctel  tranquilos sabiendo que lo han petado. A 250 nardos, eso sí, pero lo han petado.  
Claro que si en veinte años no se ha hecho ninguna otra "Aida" así chula, mal vamos.    




Muchísima gente en el escenario. Eso es de agradecer porque significa trabajo, cotizaciones y sueldo  para muchos cantantes, actores y bailarines. Es de ley reconocer que TODOS, bailarines y actores estuvieron entregadísimos y sobresalientes. BRAVO. Sin duda, lo mejor de la noche. 

Nicola Luisotti dirige la orquesta. Y según mi parecer, bien. Verdi suena  Verdi y la orquesta vuela entre enérgica y apasionada. Hay momentazos de exaltación adrenalínica que funcionan a la perfección. Aunque tuve la impresión de que en el "Celeste Aida" se recreaba demasiado. Me parecía como que Gregory Kunde iba un poco ahogado y quería darle más marchita y Luisotti no le hacía caso. Lo mismo me pareció en el "O patria mia". El coro sonó bien en los momentos más épicos, aunque la parte femenina estuvo algo deslavazada a ratos.   
Personalmente quizá habría evitado las proyecciones sobre el tul. En general no me gusta mucho que siga bajado durante toda la función, pero en ese caso, las proyecciones de ordenador son algo molestas, no es necesario que veamos la silueta de las palmeras o de las pirámides para saber dónde estamos. Además, la escenografía es lo bastante explícita como para no tener que necesitar de tanta proyección. 
La escenografía de Hugo de Ana es grandiosa. Pirámides, obeliscos, desierto, esfinges... todo lo que uno espera ver en Egipto. Aunque también es curioso ver que ya en esa época las esfinges estaban rotas y las pirámides medio derruidas. Pero bueno, también es un cliché que está admitido. Hasta Leontyne Price cantó junto a esfinges mochas. Pero también es verdad que el suelo parecía estar bastante machacado. ¿Será el mismo de hace 20 años?




El montaje en sí es impresionante y es lógico que funcione estupendamente. Tiene mérito, es lucido, grandioso y muy aparente. Y bueno. Pero para mi gusto adolece de una inexistente dirección de actores. No digo dirección escénica, porque todo el coro, los actores, bailarines y toda la parafernalia está muy bien movida. Pero en los momentos íntimos y en la dirección de actores yo noto fisuras importantes. 
Es lógico que haya que intentar que los cantantes canten de cara al público. De otra forma puede que se pierdan las voces y no se oigan bien en el teatro. Pero cantarse amores y delicadezas con los dos interfectos mirando al frente y sin dirigirse entre ellos una miradita cómplice se hace muy cuesta arriba. Daba la impresión de que Hugo de Ana lo había dado todo con los mogollones y a los pobres solistas les había marcado arrodillarse y levantarse, arrodillarse y levantarse y así todo el rato. Ah, y tirar de los vendajes esos que parecían simbolizar las ataduras del poder.
Vocalmente el elenco en general es bastante compacto. Todas las voces son voces de calidad y la media es bastante más alta que la que a veces escuchamos. La agencia esta vez ha mandado a gente más equilibrada. 




Pero interpretativamente es como si cada uno navegara a su bola, guiándose por la capacidad y experiencia de cada uno. Por eso Violeta Urmana domina el escenario mejor que nadie. Es capaz de sostener la escena del juicio ella solita en escena. Con gestos afectados y tal, sí, pero lo domina. Y convence. Gregory Kunde va y viene y a ratos está más centrado. Vocalmente le noté como un velo todo el rato. Llegar llega y da las notas con poderío y maestría, pero le falta algo de implicación y de limpieza en su timbre.  George Gagnidze  cantó un Amonasro justito vocalmente y totalmente errático en escena. Su dúo con Aida fue realmente dantesco. Ni una mirada, ni una reacción a lo que el otro decía, ni una gesto de vergüenza, de pudor, de valentía, de orgullo, de poder, de algo.
Y Liudmyla Monsatyrska cantó bien (aunque escatimó agudos de esos que lucen tanto) con una voz algo aburrida, monótona y no muy brillante para este rol. Pero como actriz hay yo personalmente le doy un suspenso. Ya el "Ritorna vincitor" fue terrible. Vocalmente no, lo cantó de forma correcta, esquivando los graves que no tiene y salvando los agudos. Pero si la mirabas, no sentía absolutamente nada. No había diferencia entre el amor y el deber. Cantaba igual a su padre y a su país que a su amado. Nada, ni la más mínima emoción. Todo igual. Algo más entregada estuvo en el "O patria mia", pero vamos, poco. Como actriz demostró que ni roza la emoción, no se implica ni busca nada que justifique las notas que canta ni las palabras que dice. Sí, la partitura la da, la canta y no la canta mal. Pero emociona cero y se deja inundar por lo que pasa menos cero. Sólo mantuvo algo de emoción en le dúo final, donde la cercanía de la muerte justifique ella sola la quietud y la inmovilidad. Pero porque lo da la situación, no porque ella lo consiga por méritos propios. 




En resumen, un espectáculo grandioso, que espero que llene el teatro (incluso con los precios del Real, siempre tan.. populares) que merece la pena. Yo me lo pasé pipa, la verdad. Un poquito de cartón piedra y clasicismo a veces no está mal. Ya de ver "Aida", lo suyo es verla así. Grandísimo trabajo de bailarines y actores con papeles pequeños. Muy bien la orquesta y el coro. Buena dirección musical, buen trabajo de luces, vestuario y escenografía y dirección de actores nula. Elenco vocalmente sólido y actoralmente muy, pero que muy desigual, salvando cada uno sus muebles a base de profesionalidad. 

Lo van a petar. Fijo. Y me alegro. Ver un teatro lleno siempre mola. Uno privado con una pequeña participación estatal también.    


Fotacas de Javier del Real, fabulosas. 
     

sábado, 10 de marzo de 2018

La casa del lago. Teatro Fernán Gómez.




Uno es muy dueño de ir al teatro buscando lo que quiera. Si quieres pasar un buen rato disfrutando de unas buenas interpretaciones, un buen texto y una buena puesta en escena, "La casa del lago" es perfecta. Pero si lo que quieres es sentarte durante hora y media, dejarte llevar por los miles de pistas que va soltando cada gesto, desde la luz al espacio sonoro o al vestuario o la escenografía, si quieres flipar con dos intérpretes que viajan por mil seiscientos treinta y ocho estados de ánimo, y tratar de bucear por las capas y capas y capas que se esconden bajo esa factura sólida, "La casa del lago" es más perfecta aún. 




Porque desde que entras ya está servida la trama. Una habitación creada por Javier Ruiz de Alegría. Una habitación en blanco y negro. Sólo la lucecita roja de la cámara. Una cama, una mesilla, una cámara y una puerta. ¿De hospital o de prisión? No queda muy claro si estamos en un sótano o en una planta alta. La iluminación del mismo Javier nos sugiere que podría ser un sótano, de hecho parece que se sugieren las sombras de unas rejas reflejadas en el suelo. Quizá. Fernando Soto y Mariano Marín crean un espacio sonoro heredero de los grandes compositores de cine de los años dorados de Hollywood. Notas inquietantes, música nerviosa, en continuo crescendo, sonidos metálicos y alguna referencia lejana que vuelve a apostar por no dejar muy claro si es de día, de noche, si estamos en el campo, en una ciudad, si el edificio es una cárcel, un hospital, un manicomio... Como con el resto de los elementos escénicos, toda la información está ahí, las pistas están servidas, asomando, sugeridas, de ti depende si la quieres o logras descifrar o no. 
Óscar Almeida, supuesto abogado supuestamente se despierta en la cama de una habitación de un supuesto hospital. Supuestamente no sabe cómo ni cuándo ha llegado hasta ahí. Alicia abre el cerrojo y se presenta como la supuesta doctora que le va a ayudar a recuperar la memoria y los recuerdos supuestamente perdidos. Óscar recuerda quién es pero no sabe por qué está ahí. 
Desde ese momento comienza a montarse el puzzle. Miento, se monta ya desde antes, desde que entras en la Jardiel Poncela y ves ese cuerpazo de Fran Calvo revolviéndose en la cama. Está soñando, tiene una pesadilla. Pero, ¿con qué sueña? ¿Por qué está inquieto?
"La casa del lago" es un texto del australiano Aidan Fenessy trufado de pistas y de una atmósfera cada vez más enrarecida. La influencia de Hitchcock es clara y mola todo. 




Fernando Soto maneja a la perfección la información y dosifica como quiere lo que quiere desvelarnos y cuando quiere hacerlo. 
Insisto en que como el buen thriller que es, en "La casa del lago" tenemos mil millones de pistas ahí delante. La luz no deja claro ni dónde ni cuándo estamos. Se intuyen rejas, las sombras se mueven con el cambio de las horas y tanto la intensidad como los ángulos iluminados sugieren cambio e imprecisión. Gran trabajo. Como la escenografía sugerente. Cama, mesilla, puerta de hospital/prisión. Y ya. Un cerrojo invisible y una cámara. ¿Quién está detrás de esa cámara? ¿A quién mira Alicia cada vez que quiere salir?
Y la trama sutil que va desvelando poco a poco detalles que quizá estén ahí y no los veamos hasta que resultan evidentes. Vería otra vez el espectáculo sólo para comprobar si en determinados momentos Óscar no esquiva una mirada, o si recibe con un escalofrío una pregunta, o si Alicia no se asombra ante una respuesta o si hace una pausa antes de preguntar algo. Es como cuando en "Sospechosos habituales" quieres volver a ver la peli una vez que sabes de una puta vez qué coño ha pasado. ¿Es cierto todo lo que sale por la boca de Óscar? ¿Cuándo miente y cuándo no? ¿Recuerda más de lo que dice? ¿Cómo se pueden dosificar la verdad y la mentira para que parezcan lo que son y lo que no son? ¿Pregunto realmente lo que quiero o en mi pregunta hay una trampa? ¿Qué quiero saber en realidad? ¿Quiero saberlo? 
Todo el espectáculo es un vaivén de sombras, dudas, pistas, mentiras, medias verdades, verdades a medias, trampas, cazadores y presas.




Verónica Ronda pisa con fuerza el escenario. Deja que entre un poco de aire a la claustrofóbica habitación cada vez que abre ese cerrojo bestial. Pregunta, sugiere, sirve, duda, presiona y mantiene el tipo como una grande de la escena. Brava.
Y Fran Calvo se exhibe. Así, directamente. Es un actorazo inmenso, el actorazo que me gustaría ser.
Mira, escucha, mide, deja asomar, sugiere, frena, grita, sufre, busca, recoge lo que flota sobre el espacio, lo traga, lo asimila, lo asume, lo digiere y lo transforma en energía teatral. Se alimenta de escena. No se puede ser más guapo y tener mayor peso escénico. Es tan impactante como Robert Mitchum y tan torturado como Burt Lancaster. Y la dosificación que hace de las emociones es simplemente perfecta. Y qué quieres que te diga, pero la mirada final es como para hacerte una camiseta. Es un icono como las grandes imágenes del Hollywood más negro.  














No se le puede poner NI UNA pega a este trabajo. De verdad, esperes lo que esperes de un espectáculo, "La casa del lago" lo tiene. De ti depende que quieras buscar más o menos, mirar más o menos, pensar más o menos. TODO está ahí. Delante de tus morros. 
  
Una última cosa: ¿Os habéis fijado en las impresionantes fotacas de José Antonio Alba para TeatroMadrid? ¿Son o no son una puta pasada? GRACIASSSSS.