sábado, 11 de junio de 2016

Yogur/Piano . Espacio Labruc

Algunas veces me ha pasado que he ido a ver un espectáculo del que todo el mundo habla bien y me he encontrado con joyas auténticas. Pero Yogur/Piano no es un espectáculo. O no es sólo un espectáculo. Más bien es una experiencia. Pero no es sólo una experiencia. Es uno de esos acontecimientos en los que uno se ve metido de pronto que suponen una transformación, que se te meten queriendo o sin querer en tu interior y te traspasan. Y es que cuando uno entra en Yogur/Piano acaba modificado, mejorado y estremecido. 



¿Qué tiene de especial Yogur/Piano? Todo o quizá nada. Tiene ante todo, en todo y por encima de todo la inteligencia personalísima, única y sobrecogedora de su creador, Gon Ramos. 
Voy a contar una de abuelo: la primera vez en mi vida que vi a Gon nos tocó hacer un ejercicio que era una especie de primer acercamiento a "La gaviota". Claro, todos nos pusimos como trascendentes , en plan sufrimiento, lirismo, romanticismo, vaivén. Y llegó Gon, agarró una escoba y se puso a barrer la sala del Teatro del Barrio. Y yo flipé, porque aquella era la única "Gaviota" de la clase. Lo demás eran clichés y lugares comunes. Gon pilló la puta esencia y nos la puso delante de los morros como lo más natural. Si Paco Bezerra es capaz de mirar un patio de vecinas y ve dieciséis capas de podredumbre y de mierda oculta que el resto no somos capaces de ver, Gon mira a una persona y ve en ella diecisiete capas de soledad, inquietud, duda, nervio, ganas, amor, necesidad, perturbación, asco, rabia, ternura... Gon Ramos, sin ningún género de dudas es un puto genio sobrehumano. 
Por eso es capaz de regalarnos este trabajo, que arranca con una escena larguísima en la que unos seres solitarios lanzan fragmentos de monólogos casi como si se tratara de una tormenta mental en la que soledad, desarraigo, falta de cariño y búsqueda de calorcito humano se envuelven de una música repetitiva y desasosegante. Se alcanza tal nivel de presión, agobio, desesperación y energía que casi es inaguantable. Te juro por Chejov que estuve a punto de salirme porque NO lo podía soportar. 
Y en medio de ese catálogo casi enfermizo de soledades y desafectos surgen momentos realmente antológicos como el de la chica que lleva veinte años bailando igual (y la consiguiente metaescena en la que se nos desgrana la forma de trabajar de Pina; repetición y repetición para conseguir una emoción más real). Esta escena en la que por tol morro nos explican qué van a hacer a continuación es totalmente brillante. Te cuentan qué vana hacer, lo hacen y entrasssss gustoso. ¡¡¡Es una puta obra maestra!!!! O esa otra escena en la que Marta Matute (angelical, sabia, madura y todo un catálogo de vida en un escenario) boxea y golpea repetidamente mientras mantiene un diálogo con su hijo y con su entorno. Creo que pocas veces se ha visto algo así. Por intensidad, por profundidad, por ingenio, por buscar y encontrar otra forma de contar las cosas y de darles vida.      
Esa repetición la llevan al extremo según avanza la experiencia hasta llegar al como de los colmos, que es cuando tocan el tema de Sigur Rós todos juntos, mano con mano. Paroxismo estético, orgasmo general entre le público y lagrimones rodando por mis mejillas del tamaño de los melocotones de Opencor. 



No puedo contaros mis sensaciones con un cierto orden, porque se me avalanzan los recuerdos y los estremecimientos y no sé ni ponerles freno ni colocarlos. Ni quiero, vamos. 
No soy yo muy de considerar que escribo críticas sino "comentarios" o "visitas" a espacios donde vivo experiencias. Por eso Yogur/Piano me vuelve a la mente y la estómago agolpado, desordenado. Y como mi intención es compartir sensaciones, sigo a mi bola. 
A ver, Yogur/Piano evidentemente tiene una estructura pensadísima y por supuesto certera. No es producto de la casualidad sino de la sabiduría, está claro. De la vorágine de la primera y eterna escena se pasa casi a lo tonto a los sentimientos a palo seco. Tras un lamento de Dido helador y sobrecogedor que nos regala Jos Ronda (grandioso) nos movemos de piel a corazón y de tripa a víscera. La escena en la que Nora Gehrig intenta componer una pregunta acompañada de sus razones, sus consecuencias y sus límites debería pasar a la historia del teatro. 
Algo tan sencillo, tan pulido y tan sensible como es mirar a los espectadores, compañeros de trance se convierte en una catarsis para todos los mirados. Esos minutos eternos en los que ejecutantes se funden emocionalmente con los miradores es de un lirismo seco, de una intensidad emotiva descomunal y por sí sola da sentido a lo que es le teatro. Yo hago esto para ti. 
Voy a hacer otra de mis comparaciones chorras. Recuerdo una peli de Kiarostami, "A través de los olivos" que terminaba con un plano eterno de cerca de cinco minutos o más (que en cine es una salvajada) en el que se veía simplemente a un hombre alejándose entre los olivos. Bueno, pues si aquel plano era poesía pura, desnuda y de una belleza sobrecogedora, toda la escena final de los actuantes tocando juntos el piano y saliendo de escena es posiblemente el momento lírico más profundamente emotivo que he vivido en un teatro en muchos años. No puede ser más pacificador y celestial. No hay mayor belleza. 
Tengo poco más que decir de Yogur /Piano. Que tanto la idea, los textos, la puesta en escena, cada decisión, cada medida, los cinco actuantes, la música, el músico, las luces... todo es PERFECTO, rompedor, elaborado, estremecedor, acojonante y de una belleza sublime. 

El teatro no sé qué es. El hecho teatral quizá sea o tenga que ser un milagro. Un trozo de vida real o no, inventada o robada pero que se debe regalar con amor. Gon, Dani, Marta, Nora, Itziar y Jos sacrifican sus cuerpos y sus emociones más sinceras y nos invitan a visitar nuestros sentimientos. Por si nos pensábamos resistir ellos nos guían y nos conducen al cielo. Y nos dejamos querer. El teatro es bucear en nuestro interior, revolver pasado, presente y futuro, poner delante de nuestros morros lo más movedizo y dejar que la realidad inventada y recreada nos invada, nos cambie y nos mejore. Gon y su equipo hacen un mundo más bello, más sano y mejor cada día que deciden prestarnos sus emociones y regalarnos este viaje. El que se lo pierda, morirá con un trocito menos de felicidad en el corazón. Y sería una pena.  










      

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