miércoles, 18 de octubre de 2017

Bodas de sangre. María Guerrero.

Lorca es Dios.


Pero Dios tiene mil formas, mil representaciones, mil imágenes y mil lecturas.
Hace tiempo que Ernesto Caballero estaba detrás de montar un Lorca. Finalmente el afortunado ha sido Pablo Messiez, posiblemente el director de escena más personal, consecuente e inteligente de hoy en día.




Hay nombres sagrados e imponentes en todas las artes. Aunque en nuestro afán etiquetador y fanático convertimos los nombres imponentes en iconos esculpidos en nuestra imaginería y en vez de otorgarles un lugar de honor les hacemos una putada que te cagas.
Sí, Lorca es Dios. Pero si quieres trabajar con Dios, o representar a Dios, tienes varias opciones: cagarte por la pata abajo, mirar desde la admiración grupie y sentir que hagas lo que hagas todo va  ir  por delante de ti o puedes acercarte al mito (al puto mito), mirarle a los ojos, cogerle de la mano, hacerte su cómplice y dejarte guiar por su amistad.
Es cierto que están muy arraigados ciertos clichés con la obra de Federico. Y enfrentarte a "Bodas de sangre" sin imaginarte Andalucía, las navajas, las guitarras, su poquito de flamenco, mantones negros y una luna en el escenario parece inevitable. Pues no, señoras, de eso nada. Esas imágenes, no sólo no ayudan nada sino que son una tumba para el propio trabajo del autor. Federico decía " yo siempre haré el teatro que me guste, el que siento. Y lo haré como me dé la gana". Así quería Federico hacer teatro y así ha elegido hacerlo Pablo Messiez. Messiez ha decidido ser fiel a Federico, no a la idea que tenemos del pobre Federico.
Lorca decía del teatro que se hacía en su época que era "un teatro de y para puercos. Así, un teatro hecho por puercos y para puercos". Nada que ver con esa imagen de señor cantarín y alegre, educado y señorito. Por ejemplo.
Por eso Messiez ha traído al presente las palabras de Federico, para que así tengan sentido y vida. Montar unas bodas con llantos, pañuelos negros, caballos, folclore y arriquitaun habría sido empolvar más aún la ya de por sí demasiado empolvada huella de Lorca.




Porque para que el teatro esté vivo tiene que cohabitar con nosotros. Tenemos que verlo en paralelo. Y por muy Lorca que sea, si no está en presente no vive. Además el propio Federico en su corta vida tuvo la valentía y la ocasión de dejarnos una extensísima "bibliografía" para que buscáramos las respuestas a todas las preguntas en él mismo. Conferencias, obra dramática, versos, canciones, dibujos, miles de cartas... ahí están sus palabras para darnos respuestas, para ayudarnos y para completar la ingente dimensión de su figura y de su libertad creativa. Y de paso para encarnarle, para hacerle humano y real, no mítico, lejano y arquetípico.
¿O no es de una libertad creativa absoluta poner a hablar a la luna en ese acto tercero mágico y perturbador después de haber navegado entre versos, costumbrismo, tragedia, fatalidad y comedia? Eso es precisamente "hacer el teatro que me guste, el que siento. Y hacerlo como me dé la gana". 
Una libertad creativa que él mismo definía hablando de la "cualidad anarquista" del artista. El artista y su capacidad de escuchar únicamente tres voces: la voz de la muerte, con todos sus presagios, la voz del amor y la voz del arte.
Sin ir más lejos, en sus propias palabras está lo que sintió al viajar a Estados Unidos y a Cuba, el descubrimiento de las razas y de la llamada de la naturaleza.
Descubrir a Lorca no es mirarle con devoción, respeto, idolatría y un acojone interior por la dimensión "creada" alrededor de su figura. Descubrir a Federico es verle humano y escarbar en sus palabras y en su desinhibición. Él sólo te dará las repuestas y la ayuda necesarias para ser consecuente con su trabajo y respetuoso con su intención. Y siempre desde aquí, desde hoy, desde el mismo nivel, cogiéndole de la mano (mejor del brazo) y saliendo a pasear como dos amigos.




Y como Pablo Messiez es más listo que un ratón colorao, eso es justo (creo) lo que ha hecho. Ha bajado a Federico del altar, le ha pedido respuestas y le ha escuchado cuando se las ha dado. Así, los dos agarraditos del brazo.       
Por eso comienza el espectáculo con la luna (o la muerte) adueñándose de las palabras del Autor de "Comedia sin título" que podían haber sido perfectamente las del director de "El público". Por eso el padre recita "Cielo vivo" en la boda (y encima lo adorna con unas palabras bellísimas en las que viene a decir: "no entiendo qué significa, pero me gusta mucho, me conmueve y ya está", todo un homenaje a lo de "hacerlo como me dé la gana"). Por eso, ¿qué mejor vals para cantar que el "pequeño vals vienés"? Porque Federico es un artista global y toda su obra es un conjunto. Y la respuesta a sus preguntas está en él mismo. Genial, Messiez. ¡Qué coño, si caber caben hasta Juana Reina y su vibrato!




En lo estrictamente escénico este espectáculo es un derroche visual, estético y emocional.
Tras ese arranque demoledor, Messiez nos mete de lleno en el mundo de "Bodas" tal y como el propio Federico lo describió. En una habitación pintada de amarillo. Si ya desde antes de comenzar el espectáculo, quizá desde su propia concepción la libertad inunda las salas de Messiez, en lo que vemos a partir de este momento está Federico, Pablo, la palabra y el encuentro de esa palabra con el hoy y el ahora. Único e irrepetible como nunca. 
Pablo ha optado por la lucha entre el orden establecido y el deseo. Entre el poder irrefrenable del cuerpo y de la carne y la limitación del propio ser humano. Entre la libertad de las palabras y la propia cárcel que estas pueden generar. Entre moral y pasión. La madre no es una doliente magdalena sino una señora de su tiempo pero muy, muy jodida por haber perdido su carne y haber tenido que lamer su sangre. Teme la soledad y la inutilidad de una vida dedicada, no vivida. Messiez quiere a sus personajes, les comprende y les mima. Y recrea todo el subidón trágico sin caer en amaneramientos ni en disfraces culturetas. Deja que la pasión fluya por las venas de esa novia calentorra y sonríe y sufre con la criada/madre. Agarra a Federico, le estudia, le entiende, le mima y juntos transitan por ese bosque mágico, casi shakespeariano. 
Su sitio es la fraternidad y el calorcito. Nada de altares ni hostias. De tú a tú con Fede. Hablando el mismo idioma y usando sus mismas armas. Las palabras que tocan, las imágenes que te cambian y las tentaciones físicas a las que sucumbes. 
Esos deditos acercándose entre temblores son puro Lorca, son pasión, temor, calentón y poesía.




Los espacios que crean a pachas Elisa Sanz y Paloma Parra son gloriosos. Son puro brillo, pura tragedia y puro viaje a la esencia del drama. Si las palabras mueven, tocan y cambian, la gama de colores, texturas y calidades de los espacios creados por Elisa son puro interior. Son lo que pasa por dentro, son lo que se calla y sólo se siente, son "el sitio donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito".  De los colores y las formas libres, juguetonas y densas hasta el vestuario colorido y atemporal. Pues sí. ¿O es que esa boda tal y como la vemos no puede celebrarse hoy mismo? 
Las casas de los novios, los troncos, el banquete de bodas, el bosque, la sala de espejos... todo es puro ardor. 
Y como complemento perfecto las luces, las sombras, los brillos, los fogonazos, los reflejos y las linternas de Paloma Parra. Creo que la escena de la huida de los amantes por el bosque no podría estar mejor iluminada. Es pasión, es terror, es deseo y es semen y fluidos. 
El espacio sonoro de Óscar G. Villegas mezcla fábula y realidad. Tierra y noche. Pez luna y cuchillos. Es teatro y es noche. Y fiesta y compañía. Y pueblo. 




Gloria Muñoz es una madre sin nombre seca, sufrida, con la palabra "muerte" escrita en la frente y con el cuerpo blando por la pérdida. No es la madre coraje que pelea, ni la sufridora que araña las paredes. Sufre y llora por dentro, como si su dolor fuera agua. Por eso su cuerpo ya no sostiene con fuerza, sino con inercia. Claudia Faci se adueña de las palabras y se alía con ellas para ir poco a poco taladrando nuestra seguridad. Es un espectro, la muerte, la sombra, la oscura raíz, un espejo, la navaja y la serenidad del autor demiurgo. Carmen León borda una creación sensible, sabia y con el poderío de la tierra. Es ancestral y primitiva. Sabe que siente aunque no comprenda y se mueve por el escenario con un peso brutal. Francesco Carril vuelve a demostrar su inmensa capacidad de adueñarse de los sentimientos de sus personajes y de "crearlos" en el momento, de "hacer que nazcan" y que parezcan únicos y surgidos en el momento. Estefanía de los (dioses) y de los Santos se marca una criada antológica. Fani tiene un don especial y es que haga lo que haga no puedas quitar tus ojos de ella. Absorbe las miradas. Y tiene una intensidad y una dimensión en su mirada que traspasa escenarios y leches. Su forma de mirar a la novia es real. Como real es su mirada profunda y trágica durante esa boda que sólo ella sabe ya de antemano que está muerta y teñida de rojo. De un rojo sangre con el que sólo ella se atreve. 




Carlota Gaviño es la novia terrenal, la novia cuyo cuerpo cambia y muta al enfrentarse al amor, al deseo, a la carne alterada para siempre y al sexo febril y apasionado que ha mutado su corazón y su coño para siempre. Porque desde que cede al deseo, es como si atrajese a la muerte a la vez. Es fatalidad, tragedia pura y calor de recién parida. Grandiosa hembra removida que comienza a temblar sin querer antes incluso de saber que su pasión es inevitable, que "cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque". Prodigiosa Carlota, suicida y amorosa. La mejor novia imaginable. Es un algodón de azúcar lleno de calor, de pena, de muerte, de fatalidad, de sexo, de vida y de saliva. "Una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera". Es una Julieta que sabe que puede follar y que sabe que follar mola, conmueve y perturba. Virgen quizá, pero con el cuerpo y la carne tocados para siempre. Y eso ya no se cambia.       
El resto del repartazo lo completan Pilar Gómez, Julián Ortega, Guadalupe Álvarez, Pilar Bergés, Juan Ceacero, Fernando Delgado-Hierro, todos ellos vivos y brillantes. 

Ya lo dice Messiez: todos los apellidos que derivan en adjetivo tienen un peligro reduccionista enorme. Ahora que su obra ha pasado a ser de dominio publico, tengamos cuidado. No es que desde hoy se puedan hacer chuminadas sin sentido ni respeto, pero hablemos de tu a tú con Federico y dejemos atrás eso de hacer algo "lorquiano". Se acabó lo de mirarle desde abajo, con devoción, con miedo, con el acojone de quien mira a lo inalcanzable. Yo ya dije hace unos días, que viendo estas "Bodas de sangre" de Messiez, me vuelvo Lorca!!!!!
Que sí, que Lorca es Dios. Pero es más sano ser ateo.   




       

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